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Opinión

Alberto Plaza: no le pidamos más de lo que puede dar

Alberto Plaza: no le pidamos más de lo que puede dar Alberto Plaza: no le pidamos más de lo que puede dar

El mosquita muerta de la canción chilena abrió la boca y dejó la embarrada, y lo hizo atacando a los más débiles: a las minorías sexuales, a las mujeres, a los chilenos faltos de una mejor educación, los “flaites” como él los llama.

Johanna Watson

Por


Publicista, escritora especializada en rock y sus ramas. Investigadora de la historia de la música chilena.

Hace exactos 1 año y 8 meses, Alberto Plaza descubrió la manera perfecta de volver a la pantalla chica. Y no sólo eso, también logró estar en la palestra del debate, en el trending topic de Twitter, en la conversación de los programas de radio y en las columnas de prensa. El regreso a las pantallas de Plaza no fue por su música, fue gracias a que manifestó su inquietante percepción sobre el show del humorista Juan Pablo López y de la comediante Chiqui Aguayo en el Festival de Viña del Mar 2017, con quién protagonizó un decadente espectáculo en el programa “Vértigo” de Canal 13 por esas fechas.

Pero se había preparado: previamente había elaborado milimétricamente un discurso que divulgó por la red social YouTube, y gracias a la cantidad de visitas y repercusiones que tuvieron sus dichos en el video, sus sospechas se concretaron: tenía la gallinita de los huevos de oro en sus manos, simplemente por el hecho de decir cosas impopulares, retrógradas y carentes de todo sentido común.

El mosquita muerta de la canción chilena abrió la boca y dejó la embarrada, y lo hizo atacando a los más débiles: a las minorías sexuales, a las mujeres, a los chilenos faltos de una mejor educación, los “flaites” como él los llama. Así mismo, arremetió contra los tratamientos convencionales de las enfermedades mentales, y defendió el abuso de poder empleado por carabineros en el caso Catrillanca. No siendo suficiente con esto, desconoció el derecho de los transexuales a establecer su verdadera identidad de género y además le puso nombre y apellido, citando a la actriz Daniela Vega.

Todo esto no deja de ser sorprendente, porque siempre fue cauto Alberto, nunca tuvo opinión, jamás alzó la voz. Él era el cantante correcto, el “Perfecto Bandido” que tampoco vimos en una polémica, ni haciendo maldades como aclamaba tímidamente en su canción. Muy por el contrario, siempre llegaba a los estelares de la televisión chilena de camisa a cuadros y pantalón pinzado, cantándole al amor con guitarra en mano. Pero su música era plana, aburrida, las letras de sus canciones eran más bien las de un jingle bien estudiado: cuadradas, delimitadas y extremadamente pobres musicalmente.

Artísticamente Alberto fue cómodo. Nunca arriesgó, nunca se permitió explorar con su guitarra, nunca experimentó con su voz y nunca se la jugó por su performance. No, no se atrevió, no fue creativo. Prefirió quedarse en su zona de confort, y se auto plagió hasta que a él mismo le dieron arcadas. Siguió sacando del horno canciones carentes de pasión, que no movían ni un pelo, que no remecían ni almas en pena y que explicaban su existencia sólo como música de fondo en bancos, isapres y supermercados.

Basta recordar su intento de himno futbolero “Vamos Chile” que compuso bajo los efectos alucinógenos de Té Ceylán, para el mundial de Francia ´98, evento que por lo demás estaba lleno de sueños, de un Chile que quería ver meter goles a la dupla ZaSá y al que Alberto le hizo un himno a la desesperanza. Los efectos del té le alcanzaron para vislumbrar incluso que su música era afrodisíaca, como él mismo aseguró en un programa de televisión hace ya muchos años.

Para qué estamos con cosas, nunca fue cool escuchar a Alberto Plaza, el prototipo de sus seguidores eran justamente aquellos nerd, esa triste proporción de chilenos reprimidos, de polera con cocodrilo, short y calcetines largos estirados hasta la rodilla. Esos mismos que ahora -en su triunfal regreso a los medios- apoyan sus dichos llenos de misoginia, machismo, intolerancia y notoria incomprensión de que el mundo cambió.

Pero a él, qué le han dicho, “Alberto Plata” le dicen. Se recluyó unos cuantos meses, y apareció con “Claro Que No Da Lo Mismo” su libro de opiniones debajo del brazo, dejando la escoba donde sea que vaya, pero en la palestra al fin y al cabo. Ni él lo puede creer, pero es cierto, Alberto Plaza por fin ha concretado lo que con su música jamás lograría: ser el centro de atención.

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