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Opinión

Apología de la exploración espacial

Apología de la exploración espacial Apología de la exploración espacial

La exploración espacial ha avanzado a distintas velocidades desde que el cosmonauta Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar el espacio exterior en 1961.

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Astrónomo y académico de la Universidad Diego Portales.

6 de Junio de 2020

Este fin de semana la nave Dragon-2 de Space-X despegó en Cabo Cañaveral y llegó a la Estación Espacial internacional (EEI), en lo que fue el primer lanzamiento tripulado desde este centro espacial en casi una década, y la primera misión de estás características de una empresa privada.

En medio de una pandemia global, estos hitos pueden parecer intrascendentes. Incluso nos podríamos preguntar cual es el punto de esta actividad, habiendo tantos problemas sin resolver en nuestro planeta. Esa visión peca de cortoplacista. Rechazar la exploración espacial en el siglo XXI es equivalente a rechazar la exploración marítima en el siglo XXX A.C. Los seres humanos somos exploradores y persistentes por naturaleza.

Nos demoramos 3.500 años en poblar las innumerables islas del Océano Pacifico, partiendo desde Taiwán en al año 3000 A.C. y llegando a la Isla de Pascua cerca del año 500 de nuestra era.

¿Donde estaremos en 3.500 años más? Si transitamos exitosamente nuestra adolescencia tecnológica y aprendemos a vivir con nosotros mismo, existe solo una respuesta posible: nuestros descendientes se encontrarán en diversos rincones del Sistema Solar. Pensar que nos quedaremos quietos en nuestro planeta indefinidamente es desconocer una parte esencial del espíritu humano.

Existen además grandes beneficios a corto plazo de la exploración espacial. A nivel individual, pocas actividades inspiran tanto a las niñas y niños a estudiar ciencia y tecnología. A nivel global, esta exploración representa una inmejorable oportunidad para las naciones de ejercitar la tan necesaria capacidad de trabajar en conjunto en búsqueda de un objetivo común.

Explorar el espacio también nos ayuda a valorar más nuestro delicado planeta: incluso los rincones más inhóspitos de la Tierra son más acogedores que la Luna, Marte o el vacío del espacio exterior.

La exploración espacial, por sobre todas las cosas, nos brinda un sentido de unidad como especie antes la inmensidad del cosmos. Quienes son mayores de 60 años, seguramente recordaran en momento exacto en que el ser humano llegó a la Luna. En 1969, yo todavía no había nacido, pero habiendo tenido la fortuna de estudiar a pocos km de Cabo Cañaveral durante la construcción de la EEI, pude contemplar una decena de lanzamientos del Trasbordador Espacial y en cada uno de ellos experimentar la sensación de estar presenciando un hecho histórico.

La exploración espacial ha avanzado a distintas velocidades desde que el cosmonauta Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar el espacio exterior en 1961. Pasaron solo 8 años desde ese hito hasta nuestra llegada a la Luna, pero el ritmo de avance se ha enlentecido en las últimas décadas.

Si los programas espaciales hubieran continuado su velocidad inicial, ya hace tiempo existirían bases permanentes en la Luna y en Marte.

Probablemente también habríamos enviado misiones robóticas a explorar los océanos de las lunas del Sistema Solar exterior en búsqueda de vida compleja. Es verdad que el gasto hubiera sido alto, pero para contrarrestar esa usual critica basta decir que todo esto hubiera constado solo una fracción de los recursos invertidos por nuestra especie en armamento, guerras y muerte.

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