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Opinión

¡Bienvenidos al futuro!

¡Bienvenidos al futuro! ¡Bienvenidos al futuro!

Durante este año habrá que consolidar la Red de Parques de la Patagonia, reforestar con cinco millones de especies nativas nuestros bosques.

Antonio Horvath Kiss

Por


Senador de la República por Aysén

Este año que se va ha sido de dulce y de agraz para nuestro país y, en particular, para nuestra querida Región de Aysén. La vida es así. Cómo no reflexionar en torno al sufrimiento de los familiares y compañeros que durante el invierno quedaron a merced de la furia descontrolada del lago General Carrera, que segó la vida de dos de los suyos en la mina Delia II, en Cerro Bayo, los mineros Jorge Sánchez Martínez y Enrique Ojeda González, cuya partida habremos de lamentar por siempre. Y, como si semejante sufrimiento no bastara para ahondar la tragedia, hace pocos días la naturaleza se desató sin piedad sobre el poblado de Santa Lucía, demostrándonos nuestra fragilidad como seres humanos.

No obstante, tan desafortunados hechos, deben generar un cambio de paradigma respecto a la actividad minera y a las reglas para autorizar asentamientos humanos en zonas de riesgo, teniendo presente todas las consideraciones geográficas y antropológicas que ameriten. La minería es una actividad que puede desarrollarse, siempre y cuando se garanticen ex ante condiciones de seguridad laboral y se generen compensaciones económicas que hagan de ella un espacio de desarrollo para sus trabajadores y familias; lo mismo a la hora de planificar el lugar elegido para la construcción de escuelas, servicios y comercios para las personas; un espacio que debe ser el más apto para la vida humana en todas sus dimensiones socioculturales y espirituales, y también, amable con el medio ambiente, mediante el uso de energías no contaminantes para no desbaratar las nobles intenciones de ocuparlo, convencidos que en ese suelo están sus raíces, o que las nuevas generaciones quieren construir allí su futuro.

En lo positivo, este año en nuestra Patagonia vio la luz un anhelado sueño, el nacimiento de la Universidad de Aysén, con sus 92 alumnos y sus seis carreras. Ella viene a satisfacer las necesidades de educación superior que por tantos años nuestra juventud debió ir a buscar a otras regiones, sin desmerecer en absoluto el inconmensurable aporte de otras instituciones que apostaron por esta tierra, como la Universidad Austral de Valdivia o la Universidad de Magallanes, cuando muchos en el centro del país pensaban que en estas soledades no cabía sino criar animales y arañar las pampas.

Termina el año y Aysén queda a las puertas del futuro. Habrá un nuevo gobierno y la certeza que también se elegirá por votación popular un gobernador regional, que se dirigirá a un consejo regional que dispondrá la adecuada inversión de los recursos propios y allegados desde el erario. Durante este año habrá que consolidar la Red de Parques de la Patagonia, reforestar con cinco millones de especies nativas nuestros bosques, desarrollar las caletas artesanales que ocupan los más de 83 mil kilómetros perimetrales de costas, desde el hito 1 en Arica hasta el Cabo de Hornos, y convertir el 46 por ciento de nuestros mares en Áreas Marinas Protegidas, entre otros desafíos.

La gran tarea es apalancar el futuro de esta región, remar todos para el mismo lado, privilegiando lo colectivo sobre lo particular. Si esa es la voluntad mancomunada de todos, por qué tendría que ser una quimera, si en los hechos, nuestra Patagonia requiere de toda su gente para caminar hacia el futuro, donde el turismo bien podría sustentar nuestra economía. Somos conscientes de los errores cometidos, pero también lo somos de los aportes que hemos hecho para su desarrollo, cada puente, cada metro de Carretera Austral, cada cama hospitalaria, cada escuela o población, cada ley, cada día sobre el lomo de los glaciares y cada brisa sobre los fiordos, hoy no tendrían sentido sin que en todos estos hechos no fuera posible encontrar una gota de sudor de quien eligió estas soledades de Dios para escribir el relato de vida.

Quiero simbolizar –sin dejar de tener en mi corazón a tantos otros compañeros de ruta y de sueños– en las figuras del Padre Antonio Ronchi y del explorador don Augusto Grosse, a una pléyade de amigos iluminados que fueron capaces de ayudarme a descubrir tras los riscos dos elementos copulatvos: naturaleza y humanidad. Nada seríamos ni nada habríamos descubierto y puesto en valor en nuestra Patagonia, sin tamaña generosidad y conocimientos.

Feliz Navidad a todos nuestros queridos y fieles lectores, a nuestra gente.

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