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Opinión

Camila Flores y el pinochetismo que nunca murió por culpa de esta democracia

Camila Flores y el pinochetismo que nunca murió por culpa de esta democracia Camila Flores y el pinochetismo que nunca murió por culpa de esta democracia

Flores no es una casualidad. Es, en cambio, el triunfo de las formas y no el fondo en el desarrollo democrático chileno. Es también el fracaso de fuerzas democráticas que prefirieron no mirar debajo de la alfombra y, en cambio, optaron por obviar la existencia política de una manera de hacer las cosas que se encontraba latente.

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Columnista.

En un consejo de Renovación Nacional realizado este fin de semana, la diputada Camila Flores dijo abiertamente ser pinochetista. Ante esta revelación nada de sorpresiva, la gente que la escuchaba, también militantes de RN, la aplaudían y, de alguna manera, salían de un clóset que ellos mismos se impusieron para despolitizar las atrocidades de la dictadura.

Hoy la cosa es distinta. Por estos días pareciera que ya no tienen que separar la brutalidad pinochetista de sus doctrinas políticas y económicas, ya que la democracia, al fin y al cabo, no hizo nada por recordarles lo que significaba el pinochetismo. Y el motivo es simple: no romper una “convivencia democrática” construida sobre la base del miedo y simbolismos estériles.

Porque eso fue nuestra transición: un terreno en el que las palabras de buena crianza nublaron los objetivos políticos realmente democráticos, para así no destrozar un equilibrio que desequilibraba profundamente las cuotas de poder. Y eso lo recordó Camila Flores con su discurso. Trajo a la memoria de los militantes del partido patronal de la derecha, que, en el fondo, no tenían que temer ser lo que eran, porque, realmente, no había nada, ningún límite ético ni moral que se lo impidiera.

El pinochetismo fue reducido a una “forma de pensar” para no nos acordáramos que era el gran instrumento de la derecha para llevar a cabo la institucionalidad post dictatorial. ¿La razón? Simple, porque no se podía satanizar a quienes implementaron las reglas del juego.

Por esto, Flores no es una casualidad. Es, en cambio, el triunfo de las formas y no el fondo en el desarrollo democrático chileno. Es también el fracaso de fuerzas democráticas que prefirieron no mirar debajo de la alfombra y, en cambio, optaron por obviar la existencia política de una manera de hacer las cosas que se encontraba latente y que en cualquier momento saldría a cobrar lo que le pertenece.

Tal vez nos perdimos mucho en palabras buenistas. A lo mejor, sin darnos cuenta, aplaudimos la superación de algo sin haberlo superado, sin haber desplegado las ideas necesarias para desarticular la mediocridad agresiva del pinochetismo. Y la razón es porque poner ideas sobre la mesa era provocar, molestar, desafiar a ese régimen democrático que consistía en no tocar ciertas teclas que activaran lo que hoy está explotando.

Pero no hay que olvidar que lo que estamos viendo se suma al ambiente que está reinando en el mundo por estos días. Este en donde la honestidad mentirosa se ha tomado la agenda y en donde el sentido común “universalista” de una derecha más parlanchina (pero no por eso necesariamente diferente a las otras) dice mentiras como si dijera cosas indudables. Nada más oportuno, porque, ¿no es eso el pinochetismo? ¿No son acaso la ignorancia y la mentira las que alimentaron el discurso pinochetista? Por lo menos eso se desprende del análisis histórico.

Por lo tanto, Camila Flores es también producto de una pestilente brisa mundial de honestidad deshonesta, la que se mezcla de manera bastante fácil con una derecha que se aburrió de simular cosas para mantener sus intereses intactos. Y nada mejor que hacerlo de la mano de un sujeto popular sumido en la mediocridad consumista, aquella en la que no se comprenden otras razones que las de la solución inmediata y en la que se parte de la premisa de que el cliente, y por ende el ciudadano, siempre tiene la razón. Afirmación completamente falsa.

Por lo expuesto, es que al espantarnos estamos negando lo que vimos con nuestros propios ojos. Estamos midiendo desde una perspectiva moral lo que se solucionaba haciendo política. Y ese es el principal problema: no hay ganas de hacer política para que el pinochetismo no siga agarrando fuerza.

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