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Opinión

Chile Actual; políticas de la interdicción. Fusiones, travestismos y mixturas

Chile Actual; políticas de la interdicción. Fusiones, travestismos y mixturas Chile Actual; políticas de la interdicción. Fusiones, travestismos y mixturas

"Cuan profunda es la crisis con un peregrinar de capataces simbólicos del presente: me refiero a esas generaciones muertas que oprimen el cerebro de los vivos y que gozan de todo tipo de redes corporativas, enlaces elitarios y recursos mediáticos".

Mauro Salazar

Por


Ensayista

Nuestro péndulo político se nos presenta como un terreno espinoso y grisáceo. De momento abundan un conjunto de desplazamientos, mutaciones y mixturas propias de un “régimen político” que se mueve en direcciones oscilantes. La masificación populista de los servicios y la expansión del sistema crediticio han sido los antídotos para pacificar el grueso de los antagonismos. A ello se suma la devastación del “campo político” so pena de nuevas insurgencias y movimientos de resistencia.

En nuestra escena parroquial las coaliciones de turno, y a no dudar nuestras elites, carecen de horizontes, mitos y textualidades -NO reactivas- que puedan desbordar tibiamente la fuerza expansiva del mercado y construir mediaciones ciudadanas. Todo ello en aras de resituar las cosas en una perspectiva de futuro (sí, de futuro). Cuan profunda es la crisis con un peregrinar de capataces simbólicos del presente: me refiero a esas generaciones muertas que oprimen el cerebro de los vivos y que gozan de todo tipo de redes corporativas, enlaces elitarios y recursos mediáticos. Y ahí están los niños símbolos de la transición: Pancho Vidal y nuestro Bolsonaro (Kast) que más allá de su cruzada evangelizadora, también clama por antiguos acuerdos. En suma, y ello es parte de la evidencia, aún existen amplios ámbitos decisionales que provienen del concubinato transicional. Pero ello arroja más respuestas que preguntas.

En efecto, ¿A partir de que “referente” crecen los partidos de la transición fundados para y desde la matriz Boeninguer y que al mismo tiempo deben resguardar determinados “logros” de la propia modernización? Todo resulta tautológico, o bien, circunvalar. Qué hacemos con la tipología PPD si asumimos que su “sala de parto” fue la transición per se, cuál sería el diseño de un PPD post-transicional -¿más pragmático y exponencialmente ajeno a todo cuerpo doctrinal? ¡Too much¡ Y ello más allá de apelaciones genéricas, a saber, progresismo, justicia social, distribución de la riqueza. Es un enigma saber en qué dirección se expanden los nuevos discursos y qué ritos y gramáticas invocarán ante una colosal crisis de legitimidad y deterioro institucional. En suma, aquí está en juego la producción de recursos semióticos y aparatos emotivos que puedan vitalizar la alicaída política institucional y proyectar el esperado relato con algún grado de credibilidad pública.

A propósito de riesgos, el Atrismo asomó como una rica fuerza innovadora y de articulación entre izquierda institucional y el polo deliberativo, todo indica que su paradero final -altamente probable- será agudizar una competencia de oligarquías políticas, eventualmente más ilustradas, pero con una marginal legitimación ciudadana. Y ello pese a toda la propaganda crítica, so pena de que nos “hundamos separados”. Tras una fase de iconografías populistas y vértigos verbales el sistema político expulsa a la ciudadanía de todo presente y la reduce a un target financiero, o bien, la consagración irreversible de una sociedad de indicadores.

De un lado, prima una “realidad líquida” (subjetividades plásticas) y, de otro, se agudiza como nunca antes la competencia partidaria exacerbando exponencialmente la fractura con la ciudadanía y expandiendo los procesos de elitización. Todo ello migra en el marco de un rebrote de minorías invertebradas o evangélicas (sin programas ni partido) y esencialmente anti-establishmentt. De ello podemos sugerir la huella de una compleja triangulación que pareciera ser el escenario más provisorio en el corto plazo, a saber, una i) sociedad gaseosa en el plano socio-cultural, y de b) “minorías duras” o evangelizadoras en el terreno ideológico y, por último, c) una nueva insurgencia de collage que no necesariamente se encarnará en un sujeto masivo o espinoso como ocurrió el año 2011 -beligerancia sin sujeto político-hegemónico-.

A la sazón el mundo integrista (UDI) experimenta un fenómeno parcialmente similar, a saber, una fuerza guardiana de la era transicional que padece el agotamiento de sus energías gremialistas. No es fácil descifrar la viabilidad de una racionalidad conservadora-punitiva en un contexto que mezcla nihilismo y secularización. A modo de síntoma, muerto Bellolio -él mismo que apoyó un minuto de silencio en el marco de los 45 años de la UP- la “Coca” de Bolsonaro se impondrá en las internas de la UDI, haciendo una especie de trato friccionado con la extrema derecha. Pero, nuevamente ¿se trata de una recomposición institucional, o bien, de una revolución conservadora? Inclusive el discurso sanguíneo de “Acción Republicana” puede ser un “pretexto” para producir algún grado de aglutinamiento en la desmedrada izquierda institucional y producir una ofensiva aglutinante -remeciendo la distribución elitaria forjada en el bipartidismo de los años 90′.

En principio y dado el estado de cuestionamiento moral a las estructuras conservadoras, la derecha no tiene alternativa viables si prescinde del texto de Piñera y su apertura gradual hacia Evópoli. No hay gobernabilidad posible si la idea es reponer una derecha de visos neo-conservadores, y retrotraer la discusión a un programa neo-gremialista en una sociedad de identidades líquidas y entornos libidinales. Y aquí el mapa se comienza a mover, a darnos sus primeras pistas. A manera de hipótesis si la UDI hace un giro endogámico será Evópoli la que en el mediano plano -y NO antes, cabe remarcarlo- podría capitalizar un “centro liberal” abrazando un tibio pluralismo de derechas, como una zona de crecimiento que está al margen de los universos transicionales de la derecha (Lavín, Larraín, etc).

Por fin, a modo de breve sinopsis, el Frente Amplio, la biodiversidad y sus ideólogos orgánicos. Resulta enigmático descifrar cuál será el derrotero de un movimiento político donde no existe claridad respecto a su “cohesión discursiva”; cómo ponderar el aporte de una coalición que aún no se constituye como tal en el sentido fuerte del término. Es viable un movimiento que aún está en deuda con un relato en construcción y que pese su exitosa “plataforma electoral” (su bullado éxito) aún no represente una tercera fuerza política. Pero concedamos un escenario ideal o idílico, un camino amistoso que se aleja de la Realpolitik. Vayamos por un “tipo ideal”. Si el FA es idealmente capaz de elaborar un texto aglutinador en las próximas municipales podría alcanzar (dicho ligeramente) en torno a 10 Municipios adicionales, y ello al precio de establecer acuerdos muy puntuales con la actual Concertación, la izquierda conservadora se vería en un problema de mayor calado. Más aún como la expansión demográfica de los partidos de la transición está en una zona grisácea (desde el PPD a la UDI), el dilema es la residual demografía de extensión de los partidos transitólogicos. El FA a la hora de constituirse como una coalición consolidada, podría reducir sustancialmente la fuerza electoral de partidos de genética (pos)transicional. Ello sería una forma de derogar o “llamar a retiro” las voces anquilosadas de Pancho Vidal, Carlos Ominami y Clarisa Hardy. El corolario de este escenario ideal sería un Frente Amplio que en el mejor escenario podría competir en las presidenciales del 2026 con la derecha. A decir verdad es un escenario bastante improbable, pero tampoco se trata de una idea descabellada. En una sociedad cincelada “desde arriba”, como dice Gabriel Salazar, los partidos políticas sobrevivirán junto a las elites. A ello se agregan los obstáculos esperados por el ambiente político, a saber; la falta de disciplina política, una heterogeneidad indomable, hasta los deseos explícitos de RD por establecer una nueva trama de pactos.

Por fin, y de esto debemos tomar nota, nunca podremos subestimar las fuerzas institucionales y la capacidad elitaria de un menguado “socialismo de clase” que aunque averiado tiene a su haber una masa crítica más reducida, pero igualmente observante e incidental sobre el nuevo mapa político. Un Think Tank como “Chile XXI” importa más como articulación de prebendas, vínculos inter-elitarios con la elite conservadora, pero es casi irrelevante como producción de un nuevo pensamiento político. Por ello, negar la lucidez política y el sentido de oportunidad de transitólogos con oficio como Martner, Escalona y Solari -con agendas y matices mediantes- sería perder el “principio de realidad”. Se podrá imputar que durante casi tres décadas han estado en “posiciones de poder” y en redes transversales con la derecha chilena, pero desconocer las capacidades de proyectar escenarios y construir plataformas compartidas -extremadamente elásticas- sería desconocer las claves del proceso político chileno. Hay que considerar este punto, no podemos descartar que, a sabiendas del malestar ciudadano, los hombres de la transición a punta de audacia y afasia diseñen otra plataforma política. Ya lo hicieron el 2013 cuando las elites de la Concertación decidieron autoproclamarse como Nueva Mayoría -incluir al PC- y administrar un relato cuya simbolicidad decía abrazar las reivindicaciones ciudadanías ¿Por fin? Esa elite del arco-iris no sólo mantiene su “alma gris”, sino que aún posee activos y redes que seguirán siendo incidentales en las nuevas alianzas instrumentales con el Piñerismo. ¿De otro modo cómo circulan por los canales de televisión, corporaciones y directorios -henchidos de modernizaciones faraónicas- los mismos rostros que administraron el país por 25 años? Por fin Piñera ya orientó su discurso a los actores del maridaje transicional aunque la literalidad de los “acuerdos nacionales” aún no goza del sentido de oportunidad que reclama la política. Pero es cosa de tiempo, la nueva arquitectura política en construcción -ya sea una mixtura entre partidos y movimientos- aún penderá de este núcleo gravitacional. Nuevamente, la imaginación política o la producción de discursos será diezmada por la operatoria del poder prescindiendo o administrando el campo de los malestares post PNUD.

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