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Opinión

Colaboración: un valor y un imperativo

Colaboración: un valor y un imperativo Colaboración: un valor y un imperativo

"Profesores y directivos que colaboran más y mejor, son un eslabón indispensable para que los estudiantes, futuros profesionales y ciudadanos globales aprendan a trabajar de manera asociativa y lo hagan a cabalidad. Colaborar es más que la suma lineal de contribuciones individuales, es llegar a una nueva síntesis, en que algo distinto surge, con fuerza y originalidad".

Mauricio Soto Retamal

Por


Director territorial Fundación Educacional ARAUCO.

Hace ya algunos años UNESCO proyectó cuáles serían las habilidades fundamentales que las nuevas generaciones debían desarrollar para ser personas plenas, no sólo en el ámbito privado, sino que en lo comunitario y especialmente en lo laboral. De la misma manera, atribuyó una marcada responsabilidad a los principales agentes de socialización, es decir, a la familia, la escuela y las redes en que cada niño y adolescente crece, para contribuir a este proceso de formación.

Entre estas competencias, ha ido ocupando progresivamente un lugar cada vez más relevante la capacidad de colaboración. Es innegable que hemos transitado, en la organización social, escolar y profesional, desde un paradigma netamente individualista, en que las funciones eran únicamente personales, y aún más, hasta solitarias, hacia una visión en que la complejidad y multideterminación de los desafíos sólo son factibles de abordar con un dispositivo integrado en que, sin perder la identidad, cada miembro aporta su talento para diseñar e implementar mejores soluciones a nuevos problemas, en entornos que cambian de una manera continua e impredecible.

Sin embargo, y a pesar de que existiría una tendencia natural en el ser humano a lo que podría llamarse sentido gregario o actitud prosocial, cuando se trata de la colaboración en entornos educacionales o productivos la dinámica no es tan fluida, permanente ni eficaz como se requeriría. Una vez más, la sociedad pone sus ojos y expectativas en la escuela, en los profesores, como verdaderos modelos de colaboración para que esto se haga de manera planificada y ya no sólo como una habilidad transversal, de las mal llamadas “competencias blandas”.

En nuestro país se ha puesto de relieve este tema si miramos la evaluación docente, en que la colaboración es un criterio de análisis que cobra mayor importancia. Otra expresión de este esfuerzo han sido las redes de colaboración inter-escuelas que, sobre todo en el sector rural, han permitido integrar capacidades y paliar el consabido aislamiento en que desempeñan -por lo general- su labor los maestros de estos establecimientos.

Profesores y directivos que colaboran más y mejor, son un eslabón indispensable para que los estudiantes, futuros profesionales y ciudadanos globales aprendan a trabajar de manera asociativa y lo hagan a cabalidad. Colaborar es más que la suma lineal de contribuciones individuales, es llegar a una nueva síntesis, en que algo distinto surge, con fuerza y originalidad, si cada uno deja en parte su propio enfoque y se funde con otros para alcanzar una respuesta integrada. El desafío es doble, colaborar efectivamente y trascender al mismo tiempo, sin perder la individualidad que nos define como seres humanos únicos e irrepetibles.

 

 

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