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Opinión

Créeme, soy doctor

Créeme, soy doctor Créeme, soy doctor

"Simplemente me recuerda que la gran sabiduría de la ciencia reside en su método para concordar la realidad más plausible, incluso si nunca llegamos a estar completamente de acuerdo en lo particular".

Óscar Marcelo Lazo

Por


Neurobiólogo y Doctor en Fisiología. Investigador en el UCL Institute of Neurology. @omlazo

Por afeitarme con demasiado entusiasmo la barba, me corté una pequeña lonja de piel y sangré un montón. Todavía sangraba cuando me bajé del metro, aunque yo había aceptado ya el ritual de secarme cada cierto rato el pómulo con un pañuelo desechable. En el ascensor, una desconocida pareció preocuparse un poco y me miraba insistentemente el pómulo. Cuando nos bajamos, lanzó la instrucción: “presiona por dos minutos y va a parar de sangrar”. Sonreí, porque había pasado 45 minutos haciendo eso mismo y en verdad ya chao. Pero le respondí “¿tú creís?”. Entonces ella lanzó un rotundo “créeme, soy doctor” y se fue.

Mientras quedaba perplejo ante el despliegue de autoridad médica, pensé inevitablemente en una conversación que había tenido la noche anterior: qué exasperante es esa gente que se niega a aceptar los consensos científicos y prefiere anteponerles su propia opinión. Comentábamos lo odioso de ese grupo de personas que sencillamente no legitima la autoridad científica, declaran sentirse violentados por ella y se defienden poniendo en duda todo en nombre de la suprema libertad de pensar lo que uno quiera.

¿Era de pronto yo uno de ellos, anteponiendo mi experiencia primaria (mi pómulo porfiadamente sangrante) a la divina y sacrosanta palabra de su majestad la evidencia (presiona por dos minutos y va a parar de sangrar)?

Lo grave con quienes se sienten agredidos por ese despliegue de poder consensual, es que por defenderse en la trinchera, a menudo terminan con el barro hasta el cogote: promoviendo métodos pseudocientíficos para predecir terremotos, terapias para revertir la homosexualidad, cuestionando las políticas de vacunación o negando la existencia del cambio climático.

Por supuesto, no es que se abstraigan completamente de la evidencia. Muchos grupos tienen a sus propios expertos disidentes, cuya evidencia ellos han visto y les ha convencido. Ven con horror cómo el resto de la comunidad científica no toma en cuenta estas importantes investigaciones independientes, aún cuando no sepan decir qué es lo que encuentran valioso de ellas. Están en el mundo de los anti-vacunas y se les sigue citando a pesar de que todos sus artículos han tenido que ser retractados. Están los citados por los grupos que descartan la existencia de géneros femenino y masculino, tildando ese enfoque como “ideológico”. También los libertarios que apoyan a Trump en su decisión de no dejarse comprometer por el Acuerdo de París. Según sus seguidores, el consenso científico es simplemente un ejercicio de autoritarismo, una consecuencia del lobby de grupos privilegiados, una mentira orquestada por partes interesadas.

Otros grupos simplemente padecen una enorme insatisfacción que han denominado “duda razonable” y esgrimen que mientras la evidencia no sea absolutamente definitiva, ellos tienen todo el derecho del mundo para pensar en contrario. La duda razonable persiste en los grupos conservadores que se oponen al uso de la píldora del día después por considerarla abortiva, aún cuando la evidencia indica contundentemente que no lo es. Persiste en los padres que no quieren vacunar a sus hijos porque nadie puede garantizarles de manera total y absoluta que sus hijos no harán una reacción adversa a algún componente de la vacuna. Pero la presentación de efectos adversos es escasa y poco peligrosa, comparado con el enorme riesgo de tener brotes de enfermedades ya erradicadas y eventualmente mortales. Y no lo digo porque pueda ocurrir, lo digo porque ocurre y en varios lugares del mundo la justicia ha condenado a padres de niños no vacunados, que terminaron muriendo de sarampión o meningitis bacteriana por la negligencia de quienes se supone que debían cuidarlos. Italia ha anunciado mecanismos para hacer su plan de vacunación legalmente obligatorio. Chuta. Algo que debería ser obvio, ahora hay que hacerlo legalmente obligatorio. Válgame Dios.

Todos ellos negacionistas delirantes, sí. Pero parado afuera del ascensor del metro, pensando en la autoridad con que me habló la doctora del metro (presiona por dos minutos y va a parar de sangrar), creo que en algo tienen razón: que haya consenso no significa nada.

En serio. Hay muchas razones por las cuales un grupo de personas, por muy razonables y estudiosos que seamos, podemos estar de acuerdo en una conclusión. Por ejemplo, si la evidencia disponible es escasa, si estamos expuestos a los mismos sesgos, o si por alguna razón hemos pactado un acuerdo de forma deliberada. Por eso, no es el consenso de la comunidad científica lo que tiene un valor especial, sino algo que está escondido debajo y que es mucho menos obvio para quienes no están familiarizados con el lenguaje de la ciencia: lo que hace valiosa la opinión concertada de la comunidad científica es lo que me gustaría llamar el equilibrio de la controversia.

Me explico: no es la evidencia, sino el desacuerdo lo que está en la base de toda actividad científica. Una parte importante de nuestro trabajo como investigadores es responder al escrutinio de nuestros pares. Cada vez que tratamos de publicar nuestros resultados de investigación, hay otros científicos tan buenos como nosotros o mejores, que tienen la tarea de encontrar todas sus inconsistencias, vacíos argumentales y exigirnos evidencia. Al menos en teoría, mientras esos pares no estén de acuerdo con que nuestro trabajo cumple el estándar, no será publicado ni validado por la comunidad científica. Por otra parte, nosotros estamos permanentemente evaluando tesis de nuestros colegas, revisando sus manuscritos y sus proyectos. La mayor parte de nuestra energía está invertida justo ahí, en el desacuerdo, en la diferencia irreconciliable, en discutir la teoría que mejor explica las observaciones de los distintos investigadores.

Y este ejercicio de discrepancia ordenada y revisión mutua es importante por dos razones. La primera, es que consigue que la producción de conocimiento tenga que ser independiente de quien lo generó. Es decir, todo resultado —todo experimento, análisis o medición— debe funcionar en manos de otro. Si el dato no se puede reproducir bajo las mismas condiciones de la primera vez, significa que no lo hemos entendido del todo bien y que probablemente fue causado por variables que nosotros no manejamos. Es decir, fue casualidad. Esto no significa que sea falso, porque pudimos haber tenido la suerte de achuntarle, llegando a una conclusión perfectamente verdadera. Pero no es ciencia.

La segunda razón por la que la controversia es importante es porque nos permite superar el sesgo de confirmación, esa tendencia a hallar regocijo y paz en los propios argumentos y juzgarlos como verdaderos. En su lugar, la comunidad científica aprovecha que somos mucho más agudos y racionales cuando calificamos el trabajo de otros.

Y considerando el ego de los académicos, ¡vaya si resulta difícil convencer a la comunidad de algo verdaderamente revolucionario! Esto hace que los consensos científicos tiendan a ser un poco conservadores y difíciles de revertir, pero también que sean tremendamente difíciles de alcanzar. Para que aparezcan, entre los científicos debe haber un considerable volumen de evidencia, argumentos sólidos como roca y una masa de gente distinta que viene pensando por distintos caminos cosas similares. Solo de ese modo es posible un cierto equilibrio de las posiciones y el acuerdo.

Eso es lo valioso. No la comunidad científica como si fuera el consejo de ancianos sabios, la junta de gobierno o la corte del rey; sino como la portadora de un método independiente, reproducible e informado de alcanzar consensos.

Cuando la doctora me dice que le crea, no es autoridad lo que está ejerciendo. Simplemente me recuerda que la gran sabiduría de la ciencia reside en su método para concordar la realidad más plausible, incluso si nunca llegamos a estar completamente de acuerdo en lo particular. Porque totalmente de acuerdo no vamos a estar nunca. Menos mal.

A todo esto, me apreté de nuevo dos minutos y paré de sangrar.

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