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Opinión

Desbrutalizar la ciudad

Desbrutalizar la ciudad Desbrutalizar la ciudad

En todos estos años, ¿cuántos arquitectos de renombre internacional han sido convocados para pensar nuestros edificios y espacios públicos?

Alexis Ceballos

Por


Empresario, Ignaciano y Militante PDC

En este segundo mes del año que ya termina, los ciudadanos que no pudieron disfrutar de sus vacaciones en el centro de la capital, se han visto enfrentados a una seguidilla de eventos urbanos que han sido evidentemente violentos, probablemente no por mala fe, sino por desconocimiento y por dejar de lado la opinión de los propios habitantes. Sin contar la transformación de las vías centrales de tránsito por la visita del papa Francisco, partió con la polémica Fórmula E, la carrera promocionada como un evento de renombre internacional que sacaría a Santiago al mundo y que se saldaría con la destrucción de la emblemática obra de la escultora chilena Rebeca Matte, en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes, uno de los edificios más bellos de la ciudad.

Terminada la carrera, que tuvo un poco más de tres semanas a los vecinos sin poder dormir debido al trabajo nocturno de sus instalaciones, se anunciarían los beneficios económicos que dicha competencia dejaba al municipio: un total de 468 millones de pesos, menos de un millón de dólares. Con ese dinero, el alcalde Felipe Alessandri notificó públicamente que esa cifra se destinaría a una serie de proyectos de mejoramiento urbano: aumentar el alumbrado público, crear una zona de recreación canina, borrar rayados de las fachadas, reemplazar los bolardos ubicados en el barrio Lastarria, instalar señaléticas y plantar 584 árboles de plátanos orientales en el Parque Forestal.

Si la fórmula E puso a gran número de vecinos en contra de la Alcaldía y la Intendencia, la idea de los plátanos orientales fue otro disparo a los pies del alcalde. Al día siguiente, la inmunóloga de la Clínica Las Condes Macarena Lagos manifestaba que la idea no era sensata, pese a que ese número de árboles no generaría gran impacto a nivel de ciudad considerando los que ya existían, conocidos por el efecto alérgeno que producen sobre la población en su época de polinización, en primavera principalmente, con presencia sobre excesiva en la ciudad. No alcanzaría a pasar ni una semana de aquello, cuando los arquitectos volvían a poner el grito en el cielo por la decisión conjunta entre el edil Alessandri y el directorio de Transantiago de retirar los adoquines del eje de Compañía-Merced, además de reasfaltar los tramos entre Teatinos-Morandé, Bandera-Ahumada y Casa Colorada-San Antonio. Dicha decisión fue argumentada por el deterioro de los bloques, afirmando que no tenían valor patrimonial, cuya inversión en la pasada administración edilicia de Carolina Tohá alcanzaron los 1.484 millones de pesos, bastante más de la cifra que entró en caja por concepto de la carrera automovilística.

Por una parte, la arquitecta Pía Montealegre lamentaba la decisión acusando la ignorancia en desconocer el valor patrimonial de los adoquines, fabricados a mano en su totalidad, es decir, una artesanía, y por ende, un producto de lujo. Por otra, el presidente del Colegio de Arquitectos Sebastián Gray denunciaba los defectos técnicos en su instalación, consecuente con su rápido deterioro. Quien haya pisado alguna vez París, Londres o Nueva York, vería con sus propios ojos los avanzados sistemas de mantención que los municipios de esas respectivas metrópolis utilizan para la mantención de sus calles de piedra, bastante más antiguas que las que pretenden ser removidas.

Otro de los problemas resulta ser el comercio ambulante en el centro cívico de la capital, respecto al cual el alcalde Alessandri llamaba a los transeúntes a no comprar sus productos en el centro, idéntico al problema que padece el emblemático persa Bio Bio. ¿No sería más acertado, acaso, transformar el problema en oportunidad y con el cofinanciamiento de esos mismos vendedores ambulantes, en la medida de sus posibilidades, levantar atractivos, sobrios y pintorescos puestos de venta con los que puedan comercializar sus productos, ganarse la vida dignamente, pagar impuestos, ingresar caja al municipio y revitalizar esos mismos barrios para darles una segunda vida para el goce de visitantes, vecinos, turistas y locatarios? A veces es mejor transformar los traspiés en soluciones, dice un dicho muy antiguo pero a su vez muy actual.

Los continuos desaciertos del nuevo alcalde de Santiago abren una pregunta importante, y es el como debiésemos pensar nuestras ciudades, y desde esa pregunta, necesitamos hacer el ejercicio de abrir la ventana a cómo deberíamos aportar para gatillar la desbrutalización de la ciudad, y de forma muy práctica. No hay que ser arquitecto ni urbanista (con todo el respeto y la profunda admiración que les profeso) para darse cuenta cuáles son las falencias de nuestras ciudades. Es más, basta ser un simple ciudadano de a pie para entender, pensar o soñar cómo deberían ser, en especial quienes vivimos y nos desenvolvemos diariamente en ellas. De ahí la importancia a la consulta fundamental de sus habitantes. Sería injusto desestimar el cómo se ha ido construyendo y reconstruyendo la ciudad de Santiago, donde el saliente intendente Claudio Orrego ha sido un visionario desde su trabajo público, al igual que muchos de sus antecesores. La implementación de ciclovías, el nacimiento de BikeSantiago abierto a la población o la apertura de una decena de plazas de bolsillo le han cambiado la cara a los barrios, reinventando la vida de los habitantes, históricamente deprimida, haciéndola más lúdica, más agradable, más amigable. La importancia de construir una ciudad que le facilite la vida a quienes viven en ella es de un valor capital, porque es en la ciudad donde la gente se encuentra y se reencuentra, donde se vive en toda su épica la sociabilización entre las personas. Como decía recientemente la alcaldesa de París Anne Hidalgo al diario español El País, son las ciudades el antídoto contra el populismo. Existen preguntas interesantes respecto a la ciudad. ¿Cómo se golpea la violencia, la pobreza y la brutalidad de la gente? Mejorando la ciudad. Así de simple. Embelleciéndola, haciéndoselas más cariñosa. Las ciudades deben querer a los ciudadanos, cuidarlos y hacerlos partícipes, tanto a quienes las habitan como a quienes las visitan.

Hablando intrínsicamente sobre los habitantes de la ciudad de Santiago (extendiéndolo a todo el resto de ciudades del país), es importante hacernos ciertas preguntas. ¿Por qué solamente las zonas residenciales de los sectores altos deben tener amplias áreas verdes, infinidad de parques con el césped perfectamente bien cortado, disponer de máquinas deportivas y juegos infantiles de primera categoría?, ¿Y el resto?, ¿Acaso las comunas pobres no son residenciales, o no tienen derecho a tener las mismas áreas verdes e instalaciones por el solo hecho de ser pobres? La falta de áreas verdes es también una forma terrible de desigualdad. Y no puede ser. ¿Por qué un estudiante o un obrero no podría salir al alba de su casa rumbo a su escuela o a su fábrica y no poder disfrutar de caminar por parques ornamentados con esculturas de nuestros mejores escultores, por veredas o calles recién lavadas, con iluminaria de primer nivel, con paradas de autobuses cómodas o basureros en cada esquina donde pudiesen reciclar o botar sus desperdicios para mantener limpios sus barrios? Resulta doloroso constatar la irritante desigualdad urbana de nuestras ciudades, donde una vez más, la realidad de la lucha de clases se vuelve inaceptable.

En todos estos años, ¿cuántos arquitectos de renombre internacional han sido convocados para pensar nuestros edificios y espacios públicos?, ¿Por qué no tenemos nada ideado y ejecutado por Norman Foster, por Jean Nouvel o Richard Rogers, considerando las millonarias inversiones que hemos como país realizado en nuestras infraestructuras públicas? Estimando la preocupante contaminación de nuestras ciudades, con índices muy por encima de lo aceptable, en especial en el área metropolitana, ¿Por qué nadie ha tenido la voluntad política para replicar la idea de Manuela Carmena en Madrid, de cubrir las azoteas de los edificios públicos de verde y crear jardines en solares vacíos por ejemplo? ¿Piensan Ustedes que la gente los destruiría?, ¿Por qué no tenemos un estadio nacional o un Museo de Arte Contemporáneo a la altura de cualquier gran capital internacional de los cuales pudiésemos sentirnos orgullosos, donde nuestros niños y nosotros mismos pudiésemos soñar con la posibilidad real de convertirnos en grandes artistas o deportistas?, ¿Por qué las viviendas sociales destinadas a la población más vulnerable de nuestro país deben ser miserables? Alejandro Aravena, chileno, ganador del Pritzke, el nobel de la arquitectura mundial, liberó sus planos de viviendas sociales premiadas y reconocidas globalmente por una razón muy clara, y también muy noble. Porque son nuestros pobres quienes deberían tener las mejores casas y prometerles una aceptable calidad de vida a sus hijos, y no al contrario.

Por otra parte, pensando en los más de seis millones de turistas que visitaron Chile durante el 2017, que cada año se incrementa, ¿Cómo es posible que el metro no llegue hasta el aeropuerto internacional, o como no contamos con un tren que una Santiago con Valparaíso o Viña del Mar en menos de una hora, considerando que es Patrimonio de la UNESCO y visita obligada para esos millones de visitantes que pisan nuestro país? No tiene explicación lógica.

La seguridad que transmite a un turista al llegar a cualquier país, o de cualquier ciudadano al llegar a cualquier ciudad, son principalmente sus infraestructuras. Desde ese punto de vista, ¿es normal que llegar a cualquier terminal de buses sea más que una invitación a descubrir ese nuevo paraje, una advertencia a cuidar su equipaje? Nuestras terminales rodoviarias a lo largo de todo el país son vergonzosas, las cuales colapsan en cada una de nuestras épocas estivales. En todo aquello, tanto las autoridades gubernamentales como municipales tienen una responsabilidad absoluta, que deben ser capaces de abordar y solucionar si pretendemos ser realmente un país que aspire a la competitividad turística y urbana.

Llegar a una alcaldía, una intendencia o a una presidencia de la República implica, sobre todo, responsabilizarse por el bienestar de los ciudadanos. La responsabilidad de cada persona que administre y ejerza el ejercicio del poder, de acuerdo a cada realidad, es asegurar el Estado de Bienestar que todos merecemos, y eso implica, entre otras muchas cosas, garantizar la felicidad de las personas, y donde primero se ejerce, donde primero se manifiesta ese sentimiento, es en el espacio público, en el espacio urbano, en la ciudad, donde todos compartimos. Como todas las capitales del mundo han replicado, en ello consiste la principal tarea: la desbrutalización de la ciudad, que se traduce finalmente en paz social. Tenemos un camino largo para ello, pero podemos lograrlo, con voluntad y altura de miras, siendo visionarios.

Muchos dirán que parece un sueño, una locura irrealizable, pero precisamente, si las principales ciudades del mundo fueron capaces de hacerlo hace tantos años atrás, fue precisamente por eso, por tener esa mirada. Por ser visionarios. Podemos hacerlo, porque existen los talentos, y porque los ciudadanos lo merecen. Debemos desbrutalizar la ciudad, y para eso, primero debemos desbrutalizarnos nosotros mismos.

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