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Opinión

El Chile que cambió

El Chile que cambió El Chile que cambió

"Dentro de una semana, el Partido Demócrata Cristiano de Chile se enfrentará a su última Junta Nacional, donde deberá internamente, entre todos sus militantes, hacer una catarsis de su pasado reciente, su presente y su futuro".

Alexis Ceballos

Por


Empresario, Ignaciano y Militante PDC

Pocas veces, quizá, hemos tenido la ocasión de leer a la sociedad chilena tan claramente como hoy. Las elecciones presidenciales y ahora, tras la visita del Papa a nuestro país, nos entrega una lectura sumamente precisa del sentir popular, y tenemos la obligación de entenderlo así, de abrir los ojos y caer de una vez por todas que Chile cambió, que es un país que ha experimentado una transformación cultural total e irreversible, sin punto de retorno. Y para bien.

Tan malamente acostumbrados al cálculo de la bola de cristal, creyendo a rajatabla que la sociedad nacional funcionaba aún como en los setenta, los ochenta o los noventa (dependiendo de cada trinchera personal), todas las hipótesis respecto a la vida política como a la espiritual, que cristalizan finalmente a la vida social, han errado de forma violenta, como quien se cae de un columpio. El triunfo del Frente Amplio, de Sebastián Piñera y ahora el cuestionable éxito de la gira papal, ensombrecida por encubridores de pedófilos dentro del seno de la Iglesia chilena, nos han mostrado el rostro de una ciudadanía empoderada, clara en sus opiniones y que simplemente no está dispuesta a dejar pasar por alto nada que no le parezca aceptablemente transparente. Y al fin del día ha resultado ser una alegría.

El jesuita Alberto Hurtado Cruchaga preguntaba en su época ¿Es Chile un país Católico? Ahora, en la nuestra, la respuesta es contundente: No, no lo es. Tras la visita del sumo pontífice, quedó demostrado que Chile jamás fue un país más laico que en estos momentos, y así lo demostró. Y no ser un país católico no quiere decir que sea una orgullosa sociedad occidental tremendamente cristiana y humanista, y así también lo ha puesto de manifiesto. El apoyo masivo y transversal a las víctimas de abusos sexuales por parte de la curia, las manifestaciones en la calle en contra de sus encubridores, la quema de iglesias, helicópteros y una explosión de sensibilidad a través de las redes sociales fueron señales muy concretas, demasiado directas como para no darle importancia. Durante tres días, Chile fue conocido y reconocido por el resto del globo terráqueo precisamente por esas señales. Desde The New York Times hasta Le Monde, pasando por cabeceras como The Guardian o el Washington Post, hicieron correr ríos de tinta de qué era lo que pensaban y sentían los chilenos, y no se equivocaron.

Respecto a ese fallido baño de masas eclesiástico, resultaba sumamente curioso que si bien gran parte de los ciudadanos cuestionaban la posición de Jorge Mario Bergoglio, esa misma comunidad comulgaba con el claro mensaje de otro jesuita (como él), Felipe Berríos, desde el más intrínseco y revelador sentido común, en una suerte de lógica épica que si teníamos a Berríos, no necesitábamos a Bergoglio. La población cuestionó los 7 millones de dólares que costó su paso por Chile, que podrían haber, en su opinión, solucionado en parte la gratuidad en la educación pública o la mejora de centros de atención primaria en salud para miles de familias, o ayudar a que nuestros ancianos tuviesen una mejor pensión, o aliviar sustancialmente las condiciones de vida a nuestros niños del Sename. Esa lógica popular parecía tener más sentido y consecuencia que la lógica del Estado, que salió a todas luces trasquilada.

Si miramos las elecciones presidenciales ocurrió exactamente lo mismo. El triunfo del candidato de centro derecha Sebastián Piñera puso arriba de la mesa una realidad estimable: que los chilenos y chilenas ya no están dispuestos ni interesados a que les regalen las cosas, y lo demostraron en las urnas. La sociedad chilena quiere la seguridad de poder tener un centro, un punto medio (sea cercano a la izquierda o la derecha, les da igual) que les asegure trabajo y comodidad, que les proporcione beneficios monetarios, que les entregue libertad de poder decidir si matriculan a su hijo en una escuela pública o en un colegio particular, tener acceso a los últimos avances de la tecnología y a fin de cuentas, tener la posibilidad de ganarse por su propio esfuerzo y medios lo que sean capaces de tener y darle a sus familias, a sus hijos. No están dispuestos a ceder en eso ni un milímetro, dándoles igual cualquier clase de discurso político que consideren vaya en contra de sus aspiraciones personales. Podría entenderlo personalmente, a ratos, como el triunfo de la individualidad y el egoísmo propio del capitalismo y el libre mercado, pero esa hipótesis se me cae al constatar que siguen año a año llegando a la meta, por más alta que sea, para lograr cubrir los gastos anuales de la Teletón… la chilena sigue siendo a su vez una sociedad que es capaz de sensibilizarse ante las tragedias colectivas, organizándose de forma casi natural para prestar la ayuda que haga falta, como buenos hijos de terremotos y tsunamis que somos, y de forma inmediata. Ni siquiera se discute. Desde ese punto de vista, la clase política ha cometido una falta imperdonable de superioridad moral que la ciudadanía no lo ha aceptado, de ninguna forma. Y han tenido toda la razón. Qué quieren que les diga.

Todos nuestros jóvenes, esos cientos de miles de millennials que nacieron en democracia y que ahora son la principal fuente laboral de nuestro país, no sienten cercanía alguna con el trauma que significó la dictadura militar ni el enorme proceso por tratar de devolver la gobernabilidad y estabilidad a lo nuestro. Esa nueva generación está hambrienta de avances, de tener buenos puestos de trabajo, con buenos salarios, que les permita trabajar lo mínimo para viajar lo máximo, que no están dispuestos a que una AFP juegue con su dinero y si lo pierden que nadie se haga responsable, que quieren y defienden la legalización de la marihuana, que apoyan el aborto, también la identidad de género, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental, que han luchado en la calle por no pagar ni un solo peso por educarse. Los jóvenes chilenos, al contrario de los de mi generación, no crecieron con el veneno de la polarización política acarreada de los tiempos más oscuros y siniestros de nuestra historia a sus espaldas como nosotros, muy por el contrario. Son capaces de convivir de forma pacífica, independiente de sus opciones políticas, y ser respetuosos con ello. Pero eso no significa que tengan una pasividad de opinión, mucho menos de acción. Lo demostraron igualmente en las urnas. Lo vieron todos con sus propios ojos.

El 266° Papa de la historia del Cristianismo bajaba de un avión italiano en un país donde el mismo día se inauguraba el Congreso Futuro, una cita anual que reunió a lo largo del país, lisamente, a las mentes científicas más importantes de todo el mundo, incluyendo un incontable número de premios Nobeles, desde las ciencias hasta las humanidades. Mientras la cabeza del catolicismo occidental se esforzaba por salvar su iglesia en la nación menos creyente de América Latina, respaldando a un encubridor de abusos sexuales, al mismo tiempo los chilenos escuchaban conferencias respecto a la biodiversidad endémica de sus mares, el impacto del Big Data o los materiales de construcción biológicos que aseguraban la eternidad de sus infraestructuras, entre otros muchos temas que terminó por convencer a la Fundación Nobel Prize a coorganizar en nuestro país uno de los eventos de divulgación científica de referencia internacional. Al mismo tiempo, gravemente, el economista jefe del Banco Mundial pedía disculpas a Chile por alterar a propósito las cifras en el ranking de competitividad para las inversiones en desmedro del gobierno de Michelle Bachelet. Por primera vez en nuestra historia como país, los ciudadanos opinaban sobria, y también apasionadamente, sobre la responsabilidad de un organismo internacional para con nosotros, cuestionando una vez más la impresentabilidad de la corrupción, a todo tipo de escala.

Dentro de una semana, el Partido Demócrata Cristiano de Chile se enfrentará a su última Junta Nacional, donde deberá internamente, entre todos sus militantes, hacer una catarsis de su pasado reciente, su presente y su futuro. Pero para que esa tarea sea efectiva, para que esa tarea sea útil, deberán todos esos camaradas, antes que solucionar sus divisiones internas, tener una visión sumamente clara y real del Chile que tiene frente a sus narices, de sus virtudes, de sus anhelos, de sus necesidades y también de sus aspiraciones antes de mirarse las caras. La Democracia Cristiana deberá entender que Chile se transformó, y bajo ese prisma, ponerse de parte de los ciudadanos, de la innovación y la vanguardia, saber leer la tecnología, donde las nuevas verdades son las opiniones compartidas, no solamente de los militantes, sino de todos y cada uno de los ciudadanos de esta larguísima franja de tierra. ¿Por qué? Porque solo tenemos la seguridad de una única verdad: que Chile ya cambió. Si no lo entendemos, entonces estaremos destinados al fracaso, y no será así.

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