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Opinión

El día después de una interpelación

El día después de una interpelación El día después de una interpelación

La muerte de Camilo Catrillanca, recuerda el modelo de Estado Nación que se tiene. Unitario, centralista, racista y no inclusivo. En el fondo, el reclamo mapuche, como el de todos los pueblos originarios, es avanzar en mayores grados de autonomía.

José Orellana

Por


Académico Escuela de Ciencia Política y RR. II. Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Doctor en Estudios Americanos Instituto IDEA, USACH.

13 de Diciembre de 2018

La interpelación de la diputada mapuche Emilia Nuyado al Ministro del Interior, Andrés Chadwick por el caso Catrillanca, se desarrolló en un Congreso donde primó el apoyo a la representante huilliche, pero también vestigios de la pena que Arauco tiene desde hace mucho tiempo. Desde antes de los versos de Violeta Parra. Nuyado enfrentó al hombre “al que nadie podría jamás pedirle la renuncia”, según ha definido ella y esto no dejó de constatar la existencia real e inapelable de la vulneración de derechos sobre nuestros pueblos originarios. Sin ir más lejos -pudiendo hacerlo- en la misma sesión el diputado Ignacio Urrutia de la UDI, se refirió con sorna a la alocución introductoria de Nuyado que se realizó en mapudungún preguntando: “¿Está hablando en inglés?”, lo que fue duramente criticado por algunos de sus pares en el hemiciclo y la opinión pública.

Aparentemente estamos ante una idea compartida sobre lo que significan estas vulneraciones no sólo contra la dignidad (y la vida) mapuche, sino a los de derechos sobre cualquier integrante de un pueblo originario, a saber aimara, rapa nui, entre otros, por lo menos en Chile. También hay que reconocer otras afrentas ante la comunidad, su sistema democrático representativo y participativo.

La muerte de Camilo Catrillanca, recuerda el modelo de Estado Nación que se tiene. Unitario, centralista, racista y no inclusivo. En el fondo, el reclamo mapuche, como el de todos los pueblos originarios, refrendado en los acuerdos internacionales que Chile firma pero que su sociedad política y civil no cumplen a cabalidad y en convicción (169 de la OIT), es avanzar en los mayores grados de autonomía, que como indican varias y varios tienen múltiples instrumentos legales y políticos, los cuales van desde modificaciones constitucionales que derivan al sistema político (reconocimiento constitucional), judicial (flexibilidades) y de organización interna del Estado (territorios ad hoc). Por descontado, se encuentran los mecanismos de descentralización interna del Estado, sistemas de salud y educación.

Además, hay múltiples experiencias en otras latitudes que permiten en clave comparada (Nueva Zelanda, Colombia, Ecuador, Bolivia), recoger nutritivos mecanismos posibilitadores de comunidad más integrada y no más asimilada, o extinguida. Por lo tanto, como indica el actual senador Francisco Huenchumilla, más que colocar el acento en los mecanismos, que siempre hay que considerarlos, lo que importa es avanzar en un pacto social y político sostenible que permita “querer” avanzar en el verdadero reconocimiento de las culturas, etnias, naciones u otras denominaciones que den cuenta de los pueblos originarios.

Querer hacerlo, implica costos políticos, económicos, sociales y culturales. En la clave política y económica el modelo de desarrollo económico chileno, a buenas y primeras, haría inviable o por lo menos muy difícil su avance, ello corroborado por los emprendimientos forestales, administración de las aguas superficiales y subterráneas, uso del espacio geográfico en su plenitud en cuanto Estado nación occidental v/s la cosmovisión activa de las comunidades diversas, más radicales o más moderadas.

Si lo anterior, es complejo, la dimensión cultural, lo es aún más, ya que es en ésta donde aparecen los fenómenos de racismo y xenofobia, que sí se mezcla con la relación de mapuches y terrorismo, caricatura esculpida desde hace algunos años, el consenso político regularmente se aleja, entorpece y dificulta una salida comprensiva de la problemática. Con ello, varios ganan y de todos los sectores políticos y sociales, perdiendo regularmente la democracia, la comunidad y los mapuches.

Así, cultura y política, son dos vectores centrales para avanzar en un pacto de reconocimiento de la problemática, la cual encontró, encuentra y seguirá encontrando en el territorio un momento que de obvio, por lo menos para el huinca, se soslaya, ya que lo circunscribe sólo a la dimensión de la propiedad privada (desarrollo económico) y no desde las cosmovisiones ancestrales de los pueblos originarios.

El eje territorial, en función de la identidad mapuche es el nudo gordiano, no quererlo gestionar en esa clave es continuar administrando penas en Arauco, hoy con Camilo Catrillanca, antes con varios más … ¿mañana cuántos serán?, más cuando la cultura de la violencia en la zona, blindada con la introducción del “Comando Jungla”, el que parece ir en retirada, sólo puede dar paso a otra solución armada institucionalizada. Un temor muy probable.

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