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Opinión

El errado “gustito” de pegarle a Kast

El errado “gustito” de pegarle a Kast El errado “gustito” de pegarle a Kast

"Hoy está amparado por un espíritu democrático en el que nunca creyó; se ha servido de leyes que nunca apoyó y muchas veces condenó, debido a que un sector no ha sido capaz de entender por qué es que su violento discurso ha tomado tanta fuerza".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Luego de la golpiza que recibió José Antonio Kast en Iquique, muchos han debatido acerca de la libertad de expresión, de la violencia y de los discursos de odio que pueden provocarla, si es que existe justificación alguna para esos actos. Ha nacido una nueva víctima, según consignan los principales medios nacionales.

Por esto, mientras se repetían una y otra vez las imágenes de un grupo de estudiantes que desataron toda su rabia en contra del polémico ex candidato presidencial, este no sólo aprovechaba de culpar a toda la izquierda de lo sucedido, sino que también sacaba provecho de los efectos de tal vez el acto más beneficioso para el movimiento que pretende formar.

Sí, porque Kast ganó en esta vuelta. O mejor dicho, nos demostró que le viene ganando hace bastante rato frente a un progresismo que no ha sido capaz de desarticular su discurso y demostrar lo peligroso que es para la convivencia democrática. Por el contrario, se ha dedicado a gritarle que es un fascista, sin poder demostrar por qué lo es, ya que ha creído que haciéndolo desaparecer, sus ideas también lo harán.

Lo cierto es que así no se logra nada. José Antonio Kast hoy está amparado por un espíritu democrático en el que nunca creyó; se ha servido de leyes que nunca apoyó y muchas veces condenó, debido a que un sector no ha sido capaz de entender por qué es que su violento discurso ha tomado tanta fuerza.

Es que resulta fácil gritar bonitas frases o darse un “gustito” heroico de golpear a quien resulta ser tu adversario más visible. Lo complicado, en cambio, es dejarlo en evidencia y demostrar por qué su postulado no es más que un conjunto de palabrerías que se alimentan en un clima de ignorancia y miedo hacia lo diferente.

Nada de eso se ha querido hacer. No se ha invertido tiempo en hacer política en el barro, construyendo un relato lo suficientemente fuerte para que las palabras de Kast no sean más que vestigios de un pasado dictatorial; como tampoco se ha intentado desmembrar el centro de una visión que aún respira en Chile, escondiéndose en frases democráticas de buena crianza como esa de que “todo el mundo tiene derecho a decir lo que piensa”.

Tal vez yo no tenga la respuesta, pero sí se me ocurren cosas como, por ejemplo, evitar que aparezcan esos grupos desarticulados y comenzar una discusión ideológica en serio; defender logros como la gratuidad y explicar por qué es que son beneficiosos para quienes no tienen recursos para pagarse los estudios universitarios. Cuestión que no se está haciendo en lo absoluto frente al fuerte aparato comunicacional que está destruyendo esas acciones ante el ciudadano desinformado.

Pero quizás lo más importante es dejar en claro que la política y el fortalecimiento de las certezas en materia de derechos sociales y sexuales son los caminos que conducirán a que las clases o minorías excluidas puedan emprender realmente el camino de la libertad, si es que realmente existe algo parecido a ser libre. Sin olvidarse de establecer que lo que creemos diferente no es necesariamente algo amenazante, y que los países no se construyen con la uniformidad nacionalista, sino que con la libre convivencia de culturas, por muy extrañas que estas puedan parecerle a nuestras castrada cabezas.

Si es que se logra instalar esto, de la mano de soluciones a problemas estructurales de fondo, entonces los discursitos populistas de Kast se acaban. O por lo menos sus fanáticas posturas tendrán menos influencia en un sector de la sociedad que ha sido abandonado por una izquierda que ha olvidado sus funciones pedagógicas. Porque al ex parlamentario no se lo combate con esos “gustitos” personales disfrazados de acciones colectivas, sino que con un trabajo político que logre que a algunos deje de hacerles sentido lo que él abraza como una bandera de lucha.

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