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Opinión

El insulto de comparar a Allende con Maduro

El insulto de comparar a Allende con Maduro El insulto de comparar a Allende con Maduro

Por


Periodista, columnista.

4 de Febrero de 2019

Hay algo en lo que cierta parte de la izquierda y la derecha completa están de acuerdo: Nicolás Maduro es el nuevo Salvador Allende. Los izquierdistas irreflexivos, lo dicen casi con orgullo, tratando de emplazar a los allendistas para que defiendan el desastre del chavismo en Venezuela; mientras que quienes se encuentran en la derecha, señalan esta semejanza tratando de recordarnos el porqué del golpe y la masacre encabezada por Pinochet.
Si bien puede haber alguna similitud entre lo que pasa en Venezuela y lo que pasó en Chile en 1973, esta sería el eterno interés ideológico de una potencia que quiere intervenir lugares que levantan banderas de izquierda. Es la vieja historia en que, a pesar de que la Guerra Fría terminó, Estados Unidos disfraza de ansias de libertad su rol de actor injerencista en lo que sucede en el mundo, siempre y cuando haya una retórica discursiva que atente en contra de lo que creen correcto.

Dicho esto, cabe decir que en Venezuela, a diferencia de lo que sucedía en la Unidad Popular, existe un régimen que desconoce instituciones liberales (recordemos que la idea del chavismo era tratar, al igual que Allende, de hacer una revolución mediante una institucionalidad democrática clásica) y tiene politizadas a las Fuerzas Armadas no en torno a la defensa del Estado de Derecho (cuestión que en Chile a los militares se les olvidó para priorizar intereses de clase), sino al relato político del gobierno.

Eso no pasó en Chile y, si bien se incluyó a militares en el gabinete en forma desesperada y totalmente equivocada por un tiempo, para tratar de dar una muestra de unidad, no se intentó hacerlo. Cuestión que algunos piensan que fue un error.Pero más importante aún: Salvador Allende fue un político que, a pesar de muchos de sus cercanos, estaba convencido de que la vía democrática podía construir otro tipo de revolución; y lo pensaba porque su oficio político fue edificado en el Chile de fines de los años treinta, cuando vio y vivió en carne propia los avances del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda, siendo ministro de su gobierno. Por lo tanto, creía que en Chile debía aplicarse la política de conglomerados, llevando a cabo la politización de las capas medias y bajas democráticamente. Cuestión que no pudo lograr del todo con la UP, al dejar a la clase media sin politizar, lista para ser capturada por el relato del “sentido común” de la derecha golpista y de una Democracia Cristiana obstinada en no ceder.

Maduro, en cambio, muy poco sabe de democracia. Si bien la nombra muchas veces, lo cierto es que su gobierno es más bien un autoritarismo sin pies ni cabeza, que intenta conservarse en el poder para probar un punto político. Esto lo podemos observar si es que miramos hacia atrás y constatamos que se perdió la oportunidad de hacer un trabajo más allá de las consignas y los discursos altisonantes; porque se pudo construir algo modificando las relaciones sociales, pero, por el contrario, solo se logró acentuar las antiguas y se prefirió optar por poner énfasis en un gobierno cívico-militar, antes que en uno que pudiera modificar estructuras de manera permanente e inteligente.

El mandatario venezolano debería ser la vergüenza de todo quien dice levantar banderas de izquierda. Tanto él como su antecesor, con sus grandes diferencias para ejercer un rol público, se creyeron héroes antes de hacer realmente un acto heroico; y se convencieron de que se podía crear un proyecto sustentable, sin tratar de hacerlo. Las ganas de pasar a la historia y tratar de ser un Allende sin golpe de Estado, los convirtió en algo totalmente diferente a lo que representaba el presidente chileno: en gorilas vestidos de revolucionarios; en reaccionarios que creían ser rebeldes; en quienes transformaron lo que pudo ser una gesta histórica, en otra oportunidad desperdiciada. Por esto es que comparar a Maduro con el líder de la Unidad Popular no solo es una falacia histórica conveniente para varios sectores, sino también un insulto bastante inaceptable.

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