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Opinión

Es mejor visto ser Javiera Suárez que Álvaro Henríquez

Es mejor visto ser Javiera Suárez que Álvaro Henríquez Es mejor visto ser Javiera Suárez que Álvaro Henríquez

"A Henríquez se lo condena por hacer, mientras que a Suarez se la enaltece por no haber hecho y ser la víctima de algo que está contra su voluntad. Es decir, es inocente".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Tal vez me esté metiendo en un lío, pero a veces hay que hacer preguntas en días en que las certezas no son más que discursos fáciles o emociones poco racionalizadas. Pensar más allá está condenado por algunos, y hasta puedes ganarte el infierno, solamente por el hecho de irte en contra de lo que se establece como “lo cierto” o “el sentido común”.

Quienes salimos a preguntarnos por qué Álvaro Henríquez no podía estar en una lista de espera de un hígado, nos encontramos de inmediato con los “buenos” y “justos”, los que a argumentaban que quien había tomado de la manera en lo hizo Henríquez, no merecía estar antes que niños o jóvenes sanos y puros. Ni siquiera aunque fuera el caso de mayor gravedad en Chile. Al parecer, las razones de esta gravedad lo harían merecedor de la muerte.

Mientras tanto, quienes osan en preguntar sobre la forma en que los medios han tratado el tema del cáncer de la periodista Javiera Suárez, son pecadores. Ella no ha hecho nada, no es merecedora de ninguna crítica porque está luchando por una vida que cuidó, que mantuvo intacta y que no arriesgó en ningún momento.

¿Por qué la periodista le sigue el juego a una casa comercial y aparece como rostro de esta solamente para relacionar su enfermedad con la bondad de la tienda? Eso mejor no cuestionarlo, tal vez necesite el dinero. Y si no lo necesita, no somos nadie para preguntar. Ella es muy buena.

Por el contrario, Henríquez fue irónico, pesado, mal agestado e hizo videos y canciones en las que hablaba violentamente y daba a entender cosas que no están bien vistas. Pertenece al Chile noventero, a ese lleno de progres barbudos que dijeron más cosas sin querer. Es parte del pasado, de una tradición de izquierda que hoy es mejor ocultar y ponerse en su contra, ya que los excesos ya no son algo por lo que uno deba enorgullecerse. Es parte de los que se equivocaron, de quienes tal vez prefirieron perderse en una botella de whiskey antes que sacarse lindas fotos en Instagram o dar bellos mensajes sobre la vida. Sus letras no son inspiradoras ni pretenden darte el ánimo para que comiences el día, por lo que ponerse de su lado resulta más bien difícil.

La rubiedad y cristalina sonrisa de Suárez sí son una buena forma de abrazar algo cercano a un cielo terrenal. Su hermosa familia debe seguir unida. Tratar de obstaculizar esa hermosa foto familiar poniendo en entredicho cosas es casi diabólico, mala clase, mala gente. ¿Cómo no te puede emocionar la cobertura mediática a su enfermedad con pianitos lindos y coloridos? ¿Acaso no tienes corazón?

Con esto no quiero poner a uno sobre otro personaje, sino notar la diferencia con que se les trata. A Henríquez se lo condena por hacer, mientras que a Suárez se la enaltece por no haber hecho y ser la víctima de algo que está contra su voluntad. Es decir, es inocente.

¿Acaso los no inocentes no tienen derechos? ¿Acaso hay que no haber vivido para tener el beneplácito de esta nueva ciudadanía que está demasiado preocupada de buscar víctimas y no de resolver los problemas? Me parece que lamentablemente sí. Que la gente merece vivir solamente si es que no lo ha hecho suficiente o si es que la vida que lleva hasta el momento es lo suficientemente sana para que cumpla con ciertos estándares.

Henríquez no es un buen rostro para una multitienda. No da réditos comerciales su historia porque, si es que no aparece con un discurso de arrepentimiento, mejor que no hable. Puede dar malas señales y hasta dar a entender que el placer es bueno.

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