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Opinión

Este país necesita más carteros

Este país necesita más carteros Este país necesita más carteros

"Cuando a un Ministro de Educación no le importa lo que ocurre en las escuelas que son de su absoluta incumbencia y cuando otro Ministro de Finanzas recomienda sacar dinero del país, ambos están más cerca del personaje del General Behtlehem que de los jóvenes carteros de la película".

Félix Ángulo Rasco

Por


Doctor en Filosofía y Letras. Investigador Centro de Investigación Educación Inclusiva U. Católica de Valparaíso

El rostro verdadero del canalla no se ve hasta que lo usa
(Otelo, Acto II, Escena I).
W. Shakespeare

Durante la celebración del día de la Enseñanza Chile, el nuevo ministro de Educación declaró a la CNN que “todos los días recibo reclamos de gente que quiere que el ministerio le arregle el techo de un colegio que tiene goteras, o una sala de clase que tiene el piso malo. Y yo me pregunto: ¿por qué no hacen un bingo?”; añadiendo, con ese resabio neoliberal de los de su casta, que por qué tiene él, todo un Ministro de Educación, que arreglar el techo de un gimnasio escolar… “la gente no se hace cargo de sus problemas, sino que quiere que el resto lo haga”; es decir, la gente no puede acudir a su Ministro de Educación, porque los problemas de las escuelas del país, y especialmente las escuelas municipales, no son su problema. Si esto lo hubiera dicho cualquier ministro de educación durante la dictadura de Pinochet habría sido casi una consecuencia de la dictadura de mercado que se impuso en Chile, durante cerca de 17 años, pero dicho en una democracia –como pretende ser la chilena- no muestra más que el desdén hacia el otro –el pueblo- y la falta de lo que podríamos considerar sentido de estado y lo que es peor aún falta de sentido de servicio público.

Recuerdo una de las varias películas fallidas de Kevin Cosner The Postman (1997). En un escenario post-apocalíptico, lo que queda de sociedad vive en grupos aislados, sin leyes, autopistas e incomunicados. En este contexto reina una banda/ejército de delincuentes capitaneados por un sujeto –antiguo vendedor de fotocopias- que se hace llamar General Bethlehem, que vive amenazando, saqueando los poblados y cobrando una especie de impuesto. De entre sus prisioneros escapa un vagabundo que después de encontrar una furgoneta de correos, decide vestirse con las ropas de cartero y llevar un saco de correspondencia a la población más cercana. El falso cartero tiene la virtud de traer esperanza a la población en la que se refugia; la gente recibe las cartas (que debió recibir hace años) de sus familiares y amigos y amigas de otras poblaciones. El impacto es tan potente que los jóvenes comienzan a juntarse y espontáneamente crean el nuevo servicio postal reconstituido. Poco a poco jóvenes, hombre y mujeres, de otros poblados se unen al servicio postal naciente que haciendo honor a su nombre, utilizan caballos para llevar de un lado a otro las cartas y las noticias. El General Behtlehem se siente amenazado por el servicio postal y decide atacar; el enfrentamiento es inevitable y, al menos en la película, el General es derrotado.

¿Pero por qué se sentía tan amenazado el general? Porque un servicio postal – al igual que los ferrocarriles – crea un NosOtros, como indica el filósofo Ricardo Espinoza. El nosotros, el común, es una amenaza a un ejército de saqueadores y delincuentes que vive, justamente de la desunión, del aislamiento, del individualismo. Es en él, es decir, en el individualismo neoliberal, en el que, por emplear las palabras del Ministro de Educación, te tienes que hacer cargo de tus problemas, en donde la rapiña puede ejercerse, la competencia atroz y siempre desleal, el egoísmo y en el que prospera lo que Bauman ha denominado con tanto acierto adiaforía, esa ceguera moral por la que situamos ciertos actos o su omisión fuera del universo de obligaciones morales.

Cuando a un Ministro de Educación no le importa lo que ocurre en las escuelas que son de su absoluta incumbencia y cuando otro Ministro de Finanzas recomienda sacar dinero del país, ambos están más cerca del personaje del General Behtlehem que de los jóvenes carteros de la película. Ambos son representantes públicos y se supone que representan a un país, Chile. Por ello, cuando al primero no le afecta lo que ocurre en las escuelas del país, ya sean problemas de infraestructura o cualquiera otros; y cuando el segundo, recomienda, como si fuera un pirata financiero, guardar sus ganancias fuera, probablemente en paraísos fiscales, se sitúan al margen del estado, y lejos, muy lejos, de sus responsabilidades públicas. No estamos frente a representantes de una nación ni miembros de una estructura institucional; hablamos simple y llanamente de aparceros del Capitalismo Hacendal, de un grupo de vendedores, de comerciantes a los que sólo les interesa el lucro, que desprecia el común, el nosotros y la nación. Y todo ello sin resentimiento o mala conciencia moral. No existe en ellos responsabilidad pública alguna, ni, por su puesto, lealtad a Chile, aunque es muy posible que ambos ministros celebren las próximas fiestas patrias con banderas, himnos, pompas y circunstancias. Pero este país no necesita de estos vendedores hacendales; lo que Chile necesita y con urgencia es de carteros.

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