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Opinión

Facho pobre: otra derrota de la izquierda

Facho pobre: otra derrota de la izquierda Facho pobre: otra derrota de la izquierda

"El facho pobre, ese que cree aplaude a la clase que lo ha subyugado por años, claramente que existe. Ahora la pregunta es de quiénes es la responsabilidad. A lo mejor es de todos. Nunca se sabe".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

El sólo hecho de decirle a alguien que es “facho pobre”, ya es casi como un delito, una falta de respeto con personas de estratos medios o bajos que disfrutan de este sistema desregulado, pretendiendo ser más de lo que son por medio de bienes.

Ellos son libres de hacer lo que quieran con su destino, dicen algunos circunspectos columnistas de la plaza. El mercado los ha hecho dueños de su vida y su futuro, por lo que caricarturizarlos no sería más que otra muestra del paternalismo de cierta izquierda.

Cuando los llamamos desclasados, un grupo de santones nos tildan de malas personas. Querer crecer y acceder gracias a objetos o estilos de vida no es ser arribista, sino que querer surgir y disfrutar del libre acceso que les da una tarjeta de crédito con la que pueden salir corriendo de lo que alguna vez fueron, para así poder comprar cierto estatus en cómodas cuotas.

Son la expresión misma de una curiosa libertad. O eso es lo que se repite hasta el cansancio. Por lo que cualquier mínima crítica sobre lo que son sus gustos, sus creencias neoliberales o sus objetivos, es clasismo y revelaría el desdén con el que el progresismo mira a quienes son el gran producto de estos años de triunfo cultural de la derecha.

Porque eso es lo que son estos sujetos a los que no se puede cuestionar: una creación a la que se intenta alejar de cualquier ventana que les haga preguntarse si es que las necesidades que tienen muchas veces no son más que invenciones ideológicas. Porque si es que alguien osa decir algo que los haga repensarse, entonces de inmediato es callado sutilmente, incluso desde la misma izquierda, ya que hacer notar cualquier derrota está mal visto.

¿No es acaso el “facho pobre” la gran muestra de que las ideas de izquierda perdieron frente a la creación de este nuevo sujeto popular que quiere escapar de lo que es? Todo pareciera indicar que sí. Pero no es bueno decirlo muy fuerte. Es mejor callar y no herir a esas personas que son un experimento social sin saberlo. Porque hacerlo es de clasistas, aunque quizás lo es más no provocarlos por su proveniencia de clase. Pero eso no se dice.

Quienes escudan a este “hombre nuevo” del neoliberalismo, no lo hacen por la defensa de las vidas de las personas que llenan malls y buscan entre sus pasillos cosas que muchas veces no saben bien si quiere. No. Lo hacen para seguir alimentando una ideología, un relato que no tiene que ver, como se dice mucho, con las necesidades de cierto ciudadano, sino con lo que este ciudadano cree saber que son sus necesidades.

¿Sé yo u otros columnistas qué es lo que necesita? No. No lo sabemos. Porque, aunque se crea lo contrario, las peleas ideológicas no consisten en saber “leer” a la ciudadanía, sino que politizarla o hacer todo lo contrario. Es decir: en crear realidades, mundos y, por ende, vidas que sepan desempeñarse en estos. Y eso es lo que este modelo ha hecho a la perfección.

Por lo tanto, ofenderse porque alguien constate una situación no es más que intentar silenciar el debate cultural sirviéndose de la moralina “buenista” de estos últimos años. Es la única manera para seguir desviando la atención de las brechas sociales y los antagonismos de clase que buscan superarse tontamente gracias al endeudamiento colectivo de la población.

El facho pobre, ese que aplaude a la clase que lo ha subyugado por años, claramente que existe. Ahora la pregunta es de quiénes es la responsabilidad. A lo mejor es de todos. Nunca se sabe.

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