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Opinión

Fin a la Bomba Cuatro: el triunfo del pseudo progresismo

Fin a la Bomba Cuatro: el triunfo del pseudo progresismo Fin a la Bomba Cuatro: el triunfo del pseudo progresismo

"Este nuevo progresista quiere que las cosas no se vean, como aquellas antiguas familias de barrio alto ocultaban las relaciones de los hijos o los padres de las familias con las nanas".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Estoy bastante lejos de ser un defensor de La Cuarta y del estereotipo que construyó de “lo popular”. Siempre me ha parecido que la caricaturización que ha hecho del pueblo ha sido funcional a un relato; ha intentado contarnos que está integrado por personajes más que por personas, enalteciendo un lenguaje que sólo ronda en la mente de sus editores.

De popular este diario no tiene absolutamente nada. Sólo ha raptado uno que otro concepto de lo que alguna vez algunos de sus periodistas han escuchado o visto, para así pretender representar un sentir. Sin embargo, no lo logra. Ya que todas las sus secciones, incluida la Bomba 4, han servido exitosamente para construir y no así representar a un sujeto popular.

Pero el fin de este suplemento- en el que salían mujeres desnudas erotizando a quienes las observaban-, no parece el resultado de la reflexión al respecto de parte de la plana ejecutiva del medio. Es, al contrario, el triunfo de un nuevo moralismo “progre”-ojo en las comillas- que ha transformado la lucha colectiva del feminismo en una eterna victimización individual frente a lo que parece molesto.

Es como si de pronto las luchas por mayor visibilidad o transformación de las estructuras de poder hayan desembocado en una simple pataleta frente a lo que es molesto ante nuestros ojos. Esperando así que nada nos provoque ni nos cause siquiera una pequeña exaltación con la que pudiéramos perder nuestra compostura. Puesto que hay que combatir todo lo que pueda herirnos o calentarnos, para así evitar conocer el mundo tal cual es. Como si terminando con un suplemento se lograra realmente acabar con los conflictos sociales, ciertas prácticas humanas y las malas costumbres.

Desde el momento en que la izquierda empezó a avergonzarse de serlo y comenzó a dejar de lado las peleas estructurales por un pseudo progresismo, los combatientes sociales pasaron a ser víctimas, dejando así de ser actores. En vez de actuar y proponer, se dedicaron a mantener cierta moralidad disfrazada de cambios sociales. Comportándose igual a los padres conservadores de los que escaparon, pero con un tono más “chic” que hiciera creer que estaban cambiando algún paradigma social.

Por esto es que el feminismo chileno lo único que ha logrado ha sido censurar, condenar, pero nunca cambiar ninguna lógica social. No hay una batalla cultural, sino la constante intención de que las cosas no se vean, desaparezcan, como si al hacerlo ya no existieran las problemáticas.

Por lo mismo es que ante las declaraciones de Emeterio Ureta en las que reconocía usar su condición empresario para ejercer poder social y sexual sobre su secretaria, algunos prefirieron gritar, pedir que lo sacaran de la pantalla, pero nunca entender que esas declaraciones evidenciaban una realidad social.

Al nuevo progre no le interesa la realidad. Lo único que quiere es invisibilizarla, camuflarla con lenguajes que no causen daño. Al pobre no quiere llamarlo pobre, al vagabundo le esconde su verdad diciéndole que vive en “situación de calle” y no en la calle misma. Eso sería herirlo. Poder contarle eso que él ya sabe de sobra dulcemente.

Este nuevo progresista quiere que las cosas no se vean, como aquellas antiguas familias de barrio alto ocultaban las relaciones de los hijos o los padres con las nanas. Hacen como si el problema no existe invisibilizándolo. Tapándose los ojos para no ver lo que saben que existe. Y eso, lamento decirlo, no es ninguna proeza ni ningún avance como sociedad. Al contrario, es un estancamiento vestido con ropas de desarrollo.

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