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Opinión

Kast, el falso republicano

Kast, el falso republicano Kast, el falso republicano

"El llamado Partido Republicano viene a representar, en Chile, a ese pinochetismo aguerrido que se aprovecha de los vacíos ideológicos de una transición que cuidó a sus representantes y les dio trabajo".

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Periodista, columnista.

10 de Junio de 2019

Finalmente, José Antonio Kast lanzará su partido político. Varios medios han destacado la noticia como la concreción de una nueva campaña presidencial del ex parlamentario, aunque es sabido que la anterior nunca se detuvo. Nunca dejó de ser candidato presidencial debido a que, al estilo de Donald Trump, ha usado sus redes sociales para atacar al adversario político y felicitar a los miembros de Chile Vamos que están más cercanos a sus ideas.

Cada paso para él es un peldaño para llegar a su objetivo. Y si no lo logra en las próximas elecciones, estará feliz por haber inscrito un nuevo referente de la extrema derecha en el país. Y de haberse apropiado de cierto sentimiento que estaba tomando fuerza.

No es poca cosa. El llamado Partido Republicano viene a representar, en Chile, a ese pinochetismo aguerrido que se aprovecha de los vacíos ideológicos de una transición que cuidó a sus representantes y les dio trabajo, pero les pidió que no hablaran tan fuerte, que no celebraran en voz alta la figura del tirano y que trataran de aceptar ciertas formas democráticas, para así conservar el fondo autoritario de la institucionalidad imperante.

José Antonio no quiso seguir aceptando esa “debilidad” discursiva de cierta derecha y se salió del ahora oficialismo para así defender esas ideas que, para él, debe tener toda República. Es decir, el corporativismo neoliberal, sumado a un estricto conservadurismo en materia valórica. Y lo hizo, como le gusta repetir, hablando “de frente”, como si decir las cosas que se piensan, aunque sean brutalidades, fuera algo así como una virtud que debemos aplaudir.

Esto es en contraposición al eterno eufemismo de la transición. La lógica transicional, y en lo que devino su relato, convirtió a los que no quieren cambiar el fondo institucional en sus guardianes, pero con un aspecto casi “rebelde”, como si fueran incorrectos ante la corrección de un progresismo que, aunque también diga querer cambiar lo acordado en los noventa, se quedó sin ideas grandes para adherir a miles de pequeñas. Quizá por el mismo miedo que tuvieron los criticados hombres que encabezaron el proceso posterior a la dictadura.

Pero detengámonos en lo verdaderamente esencial sobre lo que ha propuesto Kast con el nombre de su partido. Según da a entender, él quiere recuperar cierto orden que cree perdido, cierta cordura extraviada gracias a un ultra izquierdismo que vive solamente en su cabeza. Lo que no resulta curioso, sino digno de analizar.

En las premisas de su nueva trinchera política, el tío del líder de Evópoli no se diferencia en nada al sector gobernante. Todo lo que piensa o dice, siempre viene, supuestamente, desde lo concreto, alejándose de los fanatismos y las perspectivas dogmáticas, con tal de tratar directamente esos “problemas reales” que la teoría y la excesiva politización de los debates estarían dejando de lado. Y esto es el clásico relato ideológico: ver al ideologizado en la otra vereda sin asumir su manera de ver el mundo como algo más allá que “lo que debe ser”.

Debido a esto, sería bueno preguntarle directamente al eterno candidato cuál es el futuro que sueña; cuál es, exactamente, ese orden corporativista que cree perdido en un sistema como el actual, donde la “libertad” de las grandes corporaciones es la base del funcionamiento institucional. Pero, sobre todo, sería sumamente importante preguntarle qué es lo que entiende por sistema republicano. Qué reglas son las que definirían el accionar del país en su concepción de la vida republicana que su movimiento dice defender. Porque, aunque a veces cueste recordarlo, la República, en mayor o en menor medida, es una construcción colectiva. Y Kast y sus votantes, al igual que nuestra lógica sistémica, son lo contrario. Son el elogio a la destrucción de lo colectivo, salvo cuando la colectividad se manifiesta de manera despolitizada en el nacionalismo. El conveniente nacionalismo.

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