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Opinión

La abstrusa negociación política

La abstrusa negociación política La abstrusa negociación política

Los distintos sectores políticos se reunieron a negociar los posibles mecanismos de cambio constitucional y decidieron entre ellos eliminar alternativas, sin recurrir a la ciudadanía. Quizá los políticos no se han dado cuenta que, para gran parte de esta, han perdido representatividad.

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Director Magíster en Filosofía Universidad Alberto Hurtado

28 de Noviembre de 2019

Bienvenido el futuro cambio de Constitución. La actual, por ejemplo, hace que la política esté parcialmente sometida al mercado y eso, entonces, hace que los trabajadores y consumidores sean mucho más susceptibles a abusos de parte de empresas.

Además, la actual constitución, de concepción antidemocrática, limita la participación política de ciertos individuos, dada la asociación, de parte de sus creadores, de estos con el comunismo, promoviendo así injusticias políticas. De hecho, estos y tantos otros abusos e injusticias sufridos por muchos a través de las décadas han logrado que la clase política en Chile finalmente pierda su capital político.

En los ojos de gran parte de la ciudadanía, los representantes electos ya no la representan. La Constitución entonces ha contribuido a la presente crisis social y política y esto es razón suficiente para que amerite ser cambiada. Y, no sorprendentemente, gran parte de la ciudadanía parece estar solicitando tal cambio.

En este tipo de crisis de representatividad política, hay una manera de cambiar la constitución que con seguridad no incrementaría el actual descontento social: dándole el poder de cambio a la ciudadanía. Hoy por hoy, a demasiada gente le da lo mismo lo que quiere, por ejemplo, el PS, la UDI o Evópoli.

Sin embargo, los distintos sectores políticos se reunieron recientemente a negociar los posibles mecanismos de cambio constitucional y decidieron entre ellos eliminar alternativas, sin recurrir a la ciudadanía. Quizá los políticos no se han dado cuenta que, para gran parte de esta, han perdido representatividad; después de todo, muchos parecen haber mostrado bastante ceguera en el pasado. Quizá se han dado cuenta pero no les preocupa; después de todo, algunos parecen haber mostrado bastante arrogancia en el pasado. O quizá lo han advertido subconscientemente pero no pueden asimilarlo; después de todo, miembros de élites tienden a aborrecer el fracaso. Y ya sea ceguera, arrogancia o autoengaño, esa ineptitud de la clase política también debería cambiar ya que solo puede exacerbar la actual crisis.

Hora bien, la situación sería peor aún si ni siquiera se habría llegado al “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, al cual la mayoría de los partidos políticos han adherido (aunque discordias ya han emergido en relación a lo que realmente ellos entienden que han adherido). Sin embargo, el acuerdo, como se ha señalado, limita las alternativas de cambio constitucional, aunque no todos los detalles de estos mecanismos han sido fijados.

Por ejemplo, se ha acordado que tan solo dos tipos de órganos podrán llevar a cabo los cambios, en particular: una convención constitucional integrada solo por miembros especialmente electos para el efecto o una convención mixta constitucional integrada por miembros especialmente electos para el efecto y parlamentarios en ejercicio.

Dado esto, cualquiera sea el tipo de convención favorecido, todos sus miembros serán, antes o después, electos.

Ahora bien, el diablo está en los detalles y dependiendo de la naturaleza (a ser determinada) del proceso de selección de candidatos y financiación de las campañas para las elecciones, una mayor o menor probabilidad existirá de que la convención se aproxime a un fiel reflejo de la ciudadanía y no de la élite política: una clase acomodada que vive una realidad muy distinta a la mayoría.

Si lograr ese fiel reflejo de la ciudadanía hubiese sido una prioridad, se podría haber optado por un sistema aleatorio, internacionalmente probado en el dominio político, de asignación de miembros. Estos serían asignados al azar teniendo los cuidados necesarios para que las distintas categorías demográficas (por ejemplo, de genero, etnia, edad, educación y clase económica, entre otras) sean adecuadamente representadas. Dado que gente de distintos trasfondos demográficos tiende a tener distintas perspectivas e intereses, las diversas posiciones de la ciudadanía también serían representadas. De esta manera, se obtendría una versión del país en miniatura.

Y a no ser que adoptemos un tipo de postura epistocrática (en la cual solo los intelectualmente más capaces pueden gozar de la autoridad necesaria para tomar decisiones políticas), en vez de una democrática, o que pensemos que gran parte de la ciudadanía (esa ciudadanía disconforme con los abusos e injusticias y que participa en manifestaciones y cabildos) no posee las competencias básicas necesarias para la tarea, como ser la de adquisición crítica de información (dado que nadie puede ser un experto en todo) y la de deliberación razonable de posiciones (dado que los acuerdos no deben ser producto de la manipulación o negociación), no debería existir escrúpulo alguno en relación al grupo aleatoriamente asignado.

De hecho, la mayor heterogeneidad de perspectivas e intereses que asegura este sistema también, como es sabido, promueve un resultado epistémicamente superior, ya que equivocaciones podrían ser más fácilmente corregidas en la deliberación y sesgos y prejuicios anulados, entre otras cosas.

Por lo tanto, la anterior aleatoriedad le podría entregar una mayor legitimidad a la nueva Constitución pero lamentablemente los políticos, en su negociación, eliminaron, quizá por ceguera, arrogancia o autoengaño, la alternativa.

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