Opinión

La sacralización de Daniela Vega

La sacralización de Daniela Vega La sacralización de Daniela Vega

"¿Acaso no es una mujer que vive en una sociedad democrática en la que nadie es intocable? ¿Entonces por qué se la resguarda como si fuera más frágil de lo que realmente ha resultado ser?".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Hay un problema grave en el nuevo progresismo. Es un enamoramiento de la figura de la víctima, como si quedarse revolcándose en las ofensas hacia estas fuera a lograr algo. Pareciera que a algunos los hace más felices quedarse en un lugar antes que lograr llegar a otro.

Esto lo digo porque la actriz Daniela Vega se ha transformado en una especie de figura sacra para cierto grupo de personas que quieren ser vistos como buenos, justos y progres. Cualquier referencia ordinaria sobre ella y su anatomía, no sólo es condenada, sino que también sirve para que algunos se paren en un púlpito moral que ya está repleto de gente.

¿Digo con esto que las bromas que se ríen de su condición de mujer trans son buenas o divertidas? No. No digo eso. Es más, me parece que la obsesión por sus genitales habla más de quienes hacen las bromas que de ella. Pero es importante ver cómo se reacciona ante estas. Es relevante no caer en una especie de sacralización de personas cuando se intenta defender su integridad, porque se las transforma en sujetos de cristal, tratando de cubrirlas con un manto de pureza que ningún ser humano tiene ni debería tener.

Por estos días toda lucha social ha sido reducida a una eterna competencia por mostrarse ofendido ante el otro. Cualquier mal recurso humorístico se transforma en algo más importante de lo que realmente es justamente por esta actitud. Tipos que no tienen ningún talento pasan a ser “irreverentes”, o eso es lo que creen, porque rompen con esta nueva beatería que no hace más que convertir a quien fue excluido en una especie de objeto de veneración.

¿Por qué no se pueden hacer bromas con Daniela Vega? ¿Acaso no es una mujer que vive en una sociedad democrática en la que nadie es intocable? ¿Entonces por qué se la resguarda como si fuera más frágil de lo que realmente ha resultado ser? ¿No es esto una demostración más de que algunos de quienes dicen enarbolar banderas de la pluralidad, y sobre todo la diversidad, no saben cómo lidiar aún con su persona? Eso parece, porque Vega, quien ha sido el objetivo de estos malos humoristas, no se muestra tan ofendida como sí lo hacen quienes dicen defenderla. Y esto tal vez se deba a que ella se acepta más de lo que lo hacen sus defensores.

Por lo expuesto es que, según creo, resulta urgente revisar las formas. Las causas de género no pueden tratarse como los fieles de una religión, ni podemos tratar a sus íconos como santitos. Porque lo que debería hacer el progresismo es poner en relieve la humanidad y la importancia de que una institucionalidad recoja sus derechos. Y eso no sucede cuando, quienes dicen velar por estos derechos, tratan a algunos como si fueran personas “especiales” y no las integran al panorama democrático.

Este nuevo progresismo, que dice enorgullecerse de estar cambiando cosas, no está haciendo más que perpetuar las diferencias con su actitud poco colaborativa con el debate pluralista. En vez de mover paradigmas, y salir a la conquista de una nueva sociedad que cambie de forma su universalidad, lo cierto es que se queda refugiado en individualidades y en las particularidades de muchos de sus integrantes. Y así no se logra nada. O más bien sí: se logra seguir en el mismo lugar siempre: en el de las víctimas que se sienten a gusto siéndolo.

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