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Opinión

Las 3 apuñaladas

Las 3 apuñaladas Las 3 apuñaladas

"Eran mujeres presas. Estaban todas presas. Dentro o fuera del hospital todas estamos presas manos de lo que decidan otros por nosotras".

Leslie Power

Por


Psicóloga Clínica

Hace años trabajé en la Unidad Feto Alto Riesgo (FAR) de un hospital en Santiago. Mi trabajo consistía en realizar intervenciones en crisis a mujeres que estaban hospitalizadas bajo el diagnóstico de “embarazo de alto riesgo” como por ejemplo, riesgo de aborto espontáneo, depresiones, mujeres con crisis de pánico u otro trastorno emocional por embarazos producto de una violación. Además de mujeres con riesgo de morir por embarazo.

También trabajé con mujeres que cursaban un embarazo inviable, con alto riesgo de morir en el ultimo trimestre, en el parto o algunas horas después de nacer. Atendí a reclusas atadas a la cama que se les hospitalizaba, cuando padecían de alguna complicación durante la gestación. En las camas, pasillos, salas de reuniones clínicas, salas de partos, capillas de ese hospital vi de todo y aprendí, en poco tiempo, que hay personas buenas y que hay personas malas, y muy malas de las que recuerdo cada una de sus caras.

A las reuniones clínicas asistían ginecólogos, obstetras, psiquiatras, dos psicólogas, asistente social y ahí se decidía qué hacer con qué paciente. En esas reuniones, estaban los buenos y los malos, las luces y las sombras y el poder lo tenían ellos, los médicos, que decidían si aplicaban oxitocina sintética a la embarazada a la que le suplicaba no esperar hasta el fin del embarazo para parir al hijo que moriría si o si. Y ahí estaba yo con los ojos abiertos, escuchando unas conversaciones de luchas de poder y de decisiones sobre la vida de las mujeres, sus destinos, sus biografías, sus historias de vida, sin tomar el peso de lo que todo esto constituiría para ella misma, quien estaba absolutamente invisibilizada, y para la dinámica familiar y social completa. Eran mujeres presas. Estaban todas presas. Dentro o fuera del hospital todas estamos presas manos de lo que decidan otros por nosotras.

Los no empáticos quienes no hacían nada con la mujer violada, ni con la que se le moriría el hijo durante el embarazo o parto o horas después, versus los empáticos, que hacían. Entonces, comencé a detectar los deseos de mis pacientes y desde ahí mis intentos por cambiar a la paciente de médico. Digo paciente, porque acá no hay una embarazada sana, hay una mujer que padece un problema de salud y debemos comenzar a comprender que la salud es orgánica, es decir, lo que nos ocurre a las personas cuando sufrimos es una reacción neuro químico hormonal y que ocurre en las neuronas que no sólo están en el cerebro, también en el corazón y en otras partes del cuerpo como en el sistema digestivo y otros. Esa mujer por derecho humano requiere ser atendida como un mínimo derecho ético.

Recuerdo a varias mujeres, hoy hablaré de dos, una de ellas la de jardinera azul, quien contaba cual presa sus días de condena. Su hijo con múltiples mal formaciones moriría luego de nacer. Trabajábamos la elaboración del duelo desde el quinto mes, pero su mirada se anclaba en las ansias del séptimo mes. Su médico le había prometido inducirle el parto antes para terminar con el calvario. No sabemos por qué no se pudo. La acompañé hasta el parto, ya que parte de mi trabajo consistió en el acompañar, lo que hoy se llama “doula” y le sostuve a su hijo en mis brazos hasta que a los 20 minutos mientras la “cerraban” de la cesárea, su hijo dejó de respirar. Escribo “cerraban” porque eso fue una carnicería que hasta hoy todo retumba en mi cabeza. La vi varias veces después del trauma de ese parto y de la violencia obstétrica a la que fue sometida.

Si hoy tuviera los años que tengo, me encargaría de meter preso a esos médicos. Fueron para mi unos terroristas, la apuñalaron, insultaron, ni un cuidado, menos pensar que esas cicatrices jamás cerrarían, porque día a día el trauma seguiría vivo.

La segunda, la de la falda morada, me pidió ayudarla a escribirle un diario de vida a su hijo que moriría en el parto, ¡que puñalada de la vida! Pensé y sentí. Su médico de cabecera le dio la posibilidad de inducir el parto antes de la semana 40, sin embargo, en el trabajo que realizamos juntas, ella decidió que quería parirlo y que muriera. Así fue. Nació por cesárea, luego de un trabajo de parto espontáneo a las 40 semanas y 5 días. La acompañé, a ella y a su hijo, quien murió.

La tercera mujer que recuerdo, la del chaleco ancho, fue una mujer de 28, pero que representaba menos, delgada, baja, de cara redondita, muy blanca, pelo castaño claro y algunas pecas, violada por su pareja, de la misma edad, ambos padres de una hija de dos años. Habían salido a comer por ahí cerca de la casa mientras una vecina cuidaba de la hija de 2 años, tomaron algunas copas de vino, discutieron fuerte por una “suerte” de infidelidad que él le reconoció. Ella para poder dormir tomó un alprazolam. Al día siguiente fue a baño y se da cuenta que por las piernas corre semen. En la segunda entrevista que tuve con él, reconoce los hechos. Ella no quiere ese hijo.

El tampoco lo quiere. Apuñalada, debe continuar el embarazo y no para de vomitar.

Aprendí que las mujeres estamos presa porque nuestra salud depende de los hombres médicos, por lo que es muy difícil que la políticas públicas cambien, ya que para eso se requiere dos elementos básicos:

1.- GARRA de las y los que luchan, gritan, pintan, marchan, informan para que los congresistas se agarren de lo que les conviene y se la jueguen.

2.- Profesionales de a salud que dejen sus cómodas consultas clínicas y sus libros, para llegar al Congreso a educar a quienes trabajan para nosotros.

Como ya dije hay de los buenos y de los malos, los empáticos y los no empáticos, aquellos que aún no comprenden que lo que hace persona a un feto, lo que lo humaniza, es el deseo materno. Y lo que nos hace persona a los adultos es la capacidad comprender la subjetividad del otro y respetarla. Si no somos capaz de hacerlo, demos un pie al costado, porque significa que consideras a la mujer como cosa y eso es perverso, lo que es absolutamente violento. Puñaladas.

Hay tanto más. Tantas puñaladas.

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