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Educación

Las universidades y el poder de atracción

Las universidades y el poder de atracción Las universidades y el poder de atracción

"Si queremos existir en el mapa durante un siglo lleno de narrativas, debemos empezar a pensar cómo transmitimos nuestra propia narración. Si una de las vías es la exportación de nuestra educación, entonces la iniciativa del Estado es esencial".

Francisco Díaz Candia

Por


Cientista Político UC. Políticas públicas, estudios interdisciplinarios y teoría social.

A comienzos de diciembre pasado fue anunciada la instalación en Chile de un centro internacional de la Universidad de Tsinghua, acaso la más importante gestora de la élite intelectual, política y empresarial de China. La noticia no obedece a un hecho aislado, sino que se enmarca en una estrategia de promoción intelectual, lingüística y cultural que involucra la creación y financiamiento de cerca de 1100 salas de colegio y más de 500 sedes del Instituto Confucio alrededor del globo. Es que los del país asiático tienen muy claro que la manera más duradera de influenciar a otro país, no es a través de las armas, el comercio o la coerción, sino que a través del “poder blando” o poder de atracción.

Acuñado por primera vez en 1990 por el teórico estadounidense Joseph Nye, el término “poder blando” podría definirse como la capacidad que tiene un país de moldear las preferencias y decisiones de otro actor internacional a través de la atracción, sin utilizar ningún tipo de presiones: puesto en simple, es la capacidad de liderar y hacerse emular en otras partes del mundo. De acuerdo a un informe de la Cámara de Lores del Reino Unido del año 2014, el poder blando implicaría: “Persuadir a naciones, líderes y poblaciones para que confíen en la gente de un país y en su gobierno; sientan simpatía respecto de su posición y experiencias; compartan sus normas y valores; entiendan sus intereses y aspiraciones, y valoren su contribución a la comunidad internacional”. Históricamente asociado a la cultura y comunicaciones, pocas veces se ha advertido cómo el área de educación superior transnacional, puede contribuir en la proyección del poder blando de un país.

Los programas de Educación Transnacional (TNE, por sus siglas en inglés) son aquellos en donde el estudiante, sin salir necesariamente de su país de origen, recibe una educación certificada por una universidad extranjera.
Esto incluye a aquellos alumnos que toman programas a distancia; a aquellos que, en convenio con una institución local, estudian parcial o totalmente en el propio país, pero cuyos grados son “validados” por una universidad extranjera (como las doble titulaciones) y aquellos en donde la persona estudia en un campus que la casa de estudios extranjera tiene en el propio país (los llamados “Brand Campus”).

En los programas de educación transnacional los estudiantes pueden acceder al conocimiento generado en otras latitudes, familiarizarse con distintos valores y aprender buenas prácticas que consideren dignas de emular en sus propios países. Así, un estudiante de un país con una industria vitivinícola incipiente podría tomar un posgrado dictado por una universidad chilena para beneficiarse de los conocimientos y prácticas generados en un país que es potencia en el área y de paso, comprobar la calidad de nuestro sistema universitario.

De ahí que la capacidad de “exportar” nuestra educación superior puede constituirse en una herramienta para proyectar nuestro poder de atracción. Un informe publicado el 2017 por ResPublica, un think tank británico, indica que la educación terciaria juega un rol clave al momento de demostrar al mundo que un país valora la producción de conocimiento avanzado. Según el mismo estudio, el carácter apolítico de las universidades les daría la capacidad de alcanzar públicos a los que los gobiernos y la diplomacia formal no llegan.

Sin ir más lejos, en la propia China existen dos campus internacionales relacionados con universidades emblemáticas del Reino Unido: la Universidad de Nottingham Ningbo y el campus Xi’Jiaotang-Universidad de Liverpool. El primero está orientado a replicar el ambiente y la educación liberal propia del sistema universitario británico; de hecho, hicieron una copia del edificio original que tienen en Nottingham ¡Y hasta de la laguna que tiene el campus! El campus Xi’Jiaotang – Universidad de Liverpool, en cambio, busca ser un espacio enfocado a impartir educación científica de alta calidad y a producir investigación tecnológica a partir de la transferencia de conocimiento y un diálogo, de igual a igual, entre las academias china y británica. Estos dos ejemplos dan cuenta de la diversidad de objetivos que pueden perseguir estos proyectos. Y también de sus potenciales riesgos.

Según un artículo del especialista Nigel Heleay aparecido el 2015 en la revista Higher Education, los planes de educación transnacional involucran una serie riesgos para los planteles derivados de la cantidad de convenios involucrados, el número de actividades a realizar en conjunto y la asignación de responsabilidades y grados de autonomía de cada socio. Dado que la educación transnacional es una actividad que sirve a la proyección de nuestro poder de atracción, resulta fundamental contar con el compromiso del Estado a fin de superar estos costos de transacción y coordinar la transmisión de un mensaje común. El propio informe de ResPublica citado anteriormente recomienda, para el caso del Reino Unido, implementar instancias de coordinación entre los plantes y las carteras de asuntos exteriores, educación, comercio, ciencia y tecnología.

Quizás nuestro sistema universitario no sea tan prestigioso como el británico, pero no veo razón para no hacer algo similar. De hecho, cada vez que decimos frases como la anterior (“Chile debería hacer como tal país”) estamos siendo influenciados por el poder de atracción de otros. Es evidente que una de las vías por las cuales nos llega esa influencia es a través de la gente que ha recibido educación en ese país. Si queremos existir en el mapa durante un siglo lleno de narrativas, debemos empezar a pensar cómo transmitimos nuestra propia narración. Si una de las vías es la exportación de nuestra educación, entonces la iniciativa del Estado es esencial; estoy seguro que el interés de nuestras universidades no escaseará.

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