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Lollapalooza 2019: la neoperegrinación

Lollapalooza 2019: la neoperegrinación Lollapalooza 2019: la neoperegrinación

"Invierten muchísimo más tiempo en grabar histories que en asistir a los shows, a menos que se trate de cualquier cosa no muy compleja como ritmos trap y harto auto tune (el odioso efecto que utilizan la sobrevalorada Paloma Mami, Gianluca y cuanto neo ídolo exista)".

María Fernanda Quiroz

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Periodista, columnista de música y cine. Twitter: @FeQuiroz

Viernes, doce del día, estación Los Héroes atestada, el personal con chaleco fluorescente grita como de costumbre, pero esta vez es para dar cauce a la horda de adolescentes de todos los portes, géneros, tallas y tendencias que se dirige a paso firme hacia la elipse del Parque O`Higgins o más bien, a Lollapalooza.

Para esta versión la moda no son las coronas de flores, sino brillantina en pómulos, pelo y donde se pueda. Eso y mucho short y bralette (lo que tradicionalmente conocíamos como un sostén de encaje) en niñas, jóvenes y representantes del género femenino que ya no se relacionan con el pudor e invierten muchísimo más tiempo en tomarse selfies y grabar histories, que en asistir a los shows que ofrece el festival. Esto, a menos que se trate de cualquier cosa no muy compleja como ritmos trap y harto auto tune (el odioso efecto que utilizan la sobrevalorada Paloma Mami, Gianluca y cuanto neo ídolo exista sobre la faz de esta tierra para maquillar la voz).

Dentro del parque las aglomeraciones nuevamente se intensifican, puntualmente en la entrada del Movistar Arena, lugar cerrado donde desde temprano la música electrónica no cesa y llena su capacidad en torno a una fiesta eterna en la que se pierde la noción del tiempo y la respiración.

La versión chilena de Lollapalooza definitivamente no es un festival de rock, menos un festival de música, sino que se ha convertido en lo que los expertos en marketing llaman “experiencia”. La experiencia de que tu dinero o tarjeta redbank por ejemplo, sean inútiles en todo el lugar, a menos que te acerques y hagas la fila en una caseta llamada “Cashless” para traspasar tu plata a la famosa pulsera de tela que caracteriza el evento y que esta vez, resultó ser realmente intransferible. Primero porque la persona que te recibía en el primer control siempre era hostil y se encargaba de ajustarla hasta poco menos de cortar tu circulación y segundo, porque el mismo código QR donde se cargaba el dinero, permitía validar si la pulsera ya había ingresado al recinto. Imposible colarse, pero posible sentir que de repente todo tu poder adquisitivo dependía de tu muñeca.

Lolla también logra convertir un lugar que normalmente es cualquier lugar en algo bonito, cool y caro. Cualquier sándwich o porción de comida no bajaba de los seis mil pesos en promedio,  una bebida: mil pesos, aunque en realidad costaba dos mil pesos, porque no te la vendían si no comprabas un vaso plástico con el logo de Lolla. ¿En qué punto coincide esta exigencia de consumir plástico con la campaña “Residuo Cero” que incentivaba a los asistentes a disminuir la huella de carbono y reciclar responsablemente su basura (latas y plásticos) en los containers que correspondía?

Independiente de esta inconsistencia, cada tramo recorrido ofrecía algo diferente para hacer, mirar o escuchar, dando posibilidad a la coexistencia de realidades paralelas en un mundo cuasi perfecto donde todos se paseaban con sus mejores outfits, eran responsables con el entorno e incluso reflexionaban sobre el consumo temprano de alcohol.

La presentación de “Los Tres”, fue sin duda una de las más esperadas el primer día, en especial, si consideramos el reciente trasplante de hígado de Álvaro Henríquez, a quien vimos muy concentrado, pero más bien “desanimado” y estático, sobre todo si los comparamos con un incombustible Ángel Parra, a quién muchos nos escapamos a escuchar literalmente al otro extremo del parque. Por motivos que desconocemos, la producción lo hizo tocar casi al mismo tiempo que su banda de origen.

Para que repasar lo lamentable de haber perdido treinta minutos del talentoso Lenny Kravitz, debido a problemas técnicos. Su voz seguramente era una de las mejores en los tres días (y que me perdone el vocalista de Greta Van Fleet, cuya imitación a Robert Plant de Led Zeppelin y Brian Johnson de ACDC es perfecta).

Increíble fue escuchar fuerte y temprano a Fiskales Ad Hoc, a quienes no sólo debemos mencionar por su polémico video, sino que por su tremenda consecuencia y perseverancia para hacer punk rock en uno de los países más neoliberales de Sudamérica. Mientras ellos sonaban, Joe Vasconcellos admitía sentirse un poco nervioso y se preparaba para lo que fue una de las muchas antesalas que tendrá el aniversario número veinte del disco “Vivo” y que se celebrará el próximo 24 de noviembre en el Movistar Arena.

El hip hop de Bronko Yotte, la música tribal de Newen Afrobeat y el pop industrial de Rubio, fueron algunos de los sonidos chilenos “poco conocidos” pero dignos de destacar y recomendar. Lo mismo en relación al reggae clásico de  Ziggy Marley, la onda disco de Parcels, el bossa nova de Caetano Veloso, el indie de Interpol y el funk rock de Kamashi Washington, estos últimos, una hermosa revelación en lo que fue una extenuante e intensa neoperegrinación cultural llamada Lollapalooza 2019.

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