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Opinión

Los hijos del NO

Los hijos del NO Los hijos del NO

"Los hijos del NO aprendimos que la vida es más compleja y tiene más vueltas que un simple grito de guerra. Fue lo más importante que aprendimos de nuestros padres. Fue eso lo que al fin y al cabo conmemoramos. Presten atención".

Alexis Ceballos

Por


Empresario, Ignaciano y Militante PDC

Dos semanas han pasado desde la conmemoración del Plebiscito de 1988 y el triunfo del “NO”, convertido prácticamente en una marca país. Todos los partidos de la izquierda y la centroizquierda lo celebraron, además de un centenar de organizaciones de la sociedad civil. Hasta la derecha instalada en La Moneda y los nuevos cachorros de la vida política chilena, los frenteamplistas, quisieron aprovechar la fecha para obtener réditos políticos de sus discursos e imaginarios usando ese gran evento, a estas alturas ya no político, sino social y cultural de poco más de la mitad de un país que se propuso acabar con la siniestra dictadura militar de ese personaje demasiado conocido como para volver a mencionar.

El 5 de Octubre pasado sirvió por trigésima vez para que todos sus exprotagonistas volvieran a la palestra de los medios a decir algo, aunque fuese agobiantemente repetitivo, como dicen algunos, encapsulados en el tiempo y el espacio. La cobertura fue total.

Sin embargo nadie, o muy pocos, repararon en otros igual o casi tan importantes como ellos. Me refiero a toda esa generación, a la cual pertenezco, y es aquella que podría denominarse hoy como los hijos del NO. Fuimos miles que el 5 de octubre de 1988 salimos a las calles arrastrados por nuestros padres a celebrar algo que no entendíamos muy bien de qué se trataba, pero que sabíamos que era algo bueno. Tenía que serlo. Por algo el júbilo era gigantesco y generalizado y los adultos hablaban con la parsimonia de quien ha cambiado la historia, o al menos la propia historia.

Con los años aprendimos de qué se trataba el tema, especialmente nosotros, esa generación que nacimos en dictadura, fuimos criados durante esa transición y nos volvimos adultos en democracia. Puede haber sido, probablemente, más complejo de lo que aparentemente hoy se ve. Complejo en el sentido que de repente se abría un mundo nuevo. De los ochenta a los noventa se produjo un cambio radical en nuestras vidas donde cambiaba velozmente su forma de mirar y entender el mundo, abriéndose nuevos horizontes, pero a su vez con esa cuota de miedo lógica de haber vivido una situación traumática, que queda marcada como un tatuaje en la piel, que es normal y entendible. Vivimos en carne propia el exitismo rampante casi obligatorio en nuestras vidas, donde no se nos toleraban errores, provisto por esa nueva realidad donde el neoliberalismo y el capitalismo inundó nuestras vidas sin posibilidad de réplica.

De la mano con ese nuevo crecimiento aparecieron cosas que en nuestra infancia no existieron: celulares, internet, avances tecnológicos que no siempre entendimos pero que aprendimos a incorporar de forma gradual, desde luego, de una forma más lenta que el resto de paises desarrollados. O quizá hasta más rápido. Nos tocó vivir cambios en los paradigmas históricamente tradicionales con vértigo, que a ratos cortaba la respiración. Políticamente, nuestra generación se enfrentó a una historia de cierta sobriedad gracias a la imagen de Presidentes como Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos cuya elegancia y capacidad de situarse en su lugar, no creerse dueños de la verdad y al mismo tiempo transmitir una imagen casi paternalista nos dio una certeza y seguridad de vivir en un país donde existía un orden y una seriedad administrativa. En ese sentido fuimos a todas luces una generación privilegiada. Tuvimos jefes de Estado caballeros que luego repetimos con una mujer, Michelle Bachelet, que acabó en Naciones Unidas querida y respetada por la comunidad internacional.

Treinta años después de aquel plebiscito vivimos en un país que no es perfecto para nada y por el cual como todo el resto de ciudadanos de mayor y menor edad deseamos lo mejor, con mucho por mejorar y avanzar. Pero justamente, por haber crecido en transición y vivir inmersos en una democracia, es que nuestras prioridades han cambiado. Si bien hemos de agradecerles a nuestros padres habernos regalado con mucha valentía el regreso a la Democracia, digno de todos los homenajes, deben entender también que los tiempos han cambiado, y que las preocupaciones son otras. Se repite hasta el hartazgo, pero no parecen escuchar. De esa manera las urnas se los han llevado cual río se lleva al sapo.

Con la apertura de lo digital no han podido dominar una agenda pública pasando por alto a los ciudadanos, menos a sabiendas de lo que ocurre en el resto del mundo. Las continuas negaciones de la clase política chilena por motivos morales o religiosos a acciones que garanticen efectivamente una mejor calidad de vida para todos, además de la inercia del poder por el poder los ha golpeado en las urnas. El derecho al aborto, a la identidad de género, al matrimonio homosexual, la adopción homoparental, la eutanasia, la apertura de fronteras a la inmigración, la despenalización de la marihuana o la equidad entre hombres y mujeres son temas presentes muy fuertes donde ya, aunque quieran, no pueden mirar hacia arriba, tampoco por encima del hombro. Los hijos del NO, quienes hoy llevamos en la práctica las cuentas corrientes y quienes firmamos los contratos, crecimos en un mundo donde esos temas ni siquiera eran temas de discusión. No existían. Estaban vetados, representaban un tabú, nos fueron negados. Y como tal es natural que hoy queramos que nuestros hijos y nosotros mismos tengamos la libertad de elegir si lo deseamos o no. Porque… ¿por qué no? Ningún país de los que hoy Chile mira con admiración se ha caído al suelo por garantizar a sus ciudadanos la posibilidad de elegir.

Hoy por hoy Chile tiene deudas con sus hijos. Y esas deudas tienen relación con el bienestar de los ciudadanos. ¿Cómo acabamos con la inequidad?, ¿Por qué aún tenemos pobres?, ¿Por qué aún mantenemos un modelo productivo y fabril basado en la explotación de nuestro patrimonio nacional natural, cuando somos probablemente uno de los países más ricos del mundo en lo que a naturaleza se refiere?, ¿Por qué tenemos un millón de chilenos con ansiedad y 850.000 personas con depresión?… son preguntas gruesas, importantes, que todos nos debemos hacer. Los hijos del NO nos hacemos esas preguntas, válidas. Y los hijos del SI tengan la seguridad que también se las hacen.

La Democracia es un sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho de ese mismo pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes (basta hacer una búsqueda rápida en internet para los más jóvenes o abrir un diccionario a los más viejos). La Democracia es también Libertad. La libertad de elegir. Y para que un pueblo tenga democracia, también un Estado, que sea decente, tiene que asegurarles a sus ciudadanos esa posibilidad de elección. Es un bien que ni la extrema derecha ni el comunismo aceptan como doctrina. Jamás lo han aceptado.

El mayor peligro de la democracia es que demos la democracia por hecho. Obviamente ya no es como antes, cuando pensábamos que después de Hitler nunca más existiría un nuevo partido de extrema derecha, y así y todo asistimos hoy a la probable elección de Jair Bolsonaro como próximo presidente de Brasil dentro de una semana, que debemos catalogarlo como lo que realmente es: un fascista. Pero la democracia no corre peligro, lo podemos manejar y en Chile está más establecida de lo que todos creemos.

Los chilenos hemos tenido una historia donde existen marcadas diferencias entre izquierda y derecha que, sin embargo, entre todos, hemos sido capaces de mantener un relativo equilibrio para la estabilidad de nuestra Democracia, nuestro valor más preciado, con una inmensa e importante voluntad y capacidad de diálogo. En eso debiésemos estar tranquilos, después de treinta años, de que ni la izquierda ni la derecha ni los partidos del centro chilenos jamás lo aceptaríamos. No después del trauma en el que al menos nuestra generación, los hijos del No, nacimos y crecimos.

Respecto a los nuevos izquierdistas, los frenteamplistas, nacidos y crecidos en Democracia plena con esa ansiedad tan normal y válida de cambiar el mundo, parecen no entender mucho al respecto. Las acusaciones constitucionales contra el Ministro de Salud y los ministros de la Corte Suprema fueron rechazadas; ahora la destitución de Jorge Abbott fue desestimada. Es hora de que el Frente Amplio se baje del pony y que sus parlamentarios comiencen a tener un poco de seriedad. Los hijos del NO aprendimos que la vida es más compleja y tiene más vueltas que un simple grito de guerra. Fue lo más importante que aprendimos de nuestros padres. Fue eso lo que al fin y al cabo conmemoramos. Presten atención.

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