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Opinión

Manco Piñera y sus amautas

Manco Piñera y sus amautas Manco Piñera y sus amautas

"Así como el primer gobierno de Piñera se instaló aupado por un delirio gerencial de 'hacer en seis meses todo lo que no se había hecho en 20 años', hemos observado un primer semestre de segundo mandato marcado por el delirio incaico".

Carlos Fuentealba Varela

Por


Periodista y militante de Revolución Democrática.

Sebastián Piñera ya era candidato presidencial en 2016, cuando viajó a Lima para reunirse con el entonces todavía presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynsnki, su ex socio en Exalmar. Por aquellos días, se destapó un escándalo por su conflicto de intereses durante el diferendo con Perú, en que el Tribunal de La Haya determinó la entrega de 22 mil kilómetros cuadrados de mar a nuestros vecinos del norte.

Además de contener las acusaciones, Piñera se dio tiempo en aquel viaje para una aseveración que los chilenos nos tomaríamos con humor, como otra “piñericosa”. Ante una radio limeña, el mandatario aseguró ser descendiente del antepenúltimo emperador Inca, Huayna Capac, cuya hija se habría casado con un español que vino en expedición a Chile con Pedro de Valdivia, de apellido Echenique. “De ahí desciende, generación tras generación, la familia de mi madre (Magdalena Echenique Rozas)”, explicó.

Nadie imaginó entonces que Piñera se tomaría su delirio incaico tan a pecho y se instalaría en el gobierno del modo que los emperadores incas lo hacían.

Como bien relata Mario Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras”, los incas hacían de la gestión del pasado el objeto central de su política. Cuando asumía un emperador, tras la muerte del anterior, lo hacía con toda una casta de intelectuales que se conocían como amautas. La sabiduría de estos hombres de gobierno se empeñaba principalmente en convertir la ficción en historia; su misión era rehacer la memoria oficial, corregir el pasado para justificar el presente, atribuyendo las hazañas y logros de sus predecesores a la gestión contemporánea.

Así como el primer gobierno de Piñera se instaló aupado por un delirio gerencial de “hacer en seis meses todo lo que no se había hecho en 20 años”, hemos observado un primer semestre de segundo mandato marcado por el delirio incaico. El gobierno ha desplegado una nueva casta de amautas para suspender el ejercicio histórico y poner en su lugar un relato obsceno en el que Mauricio Rojas luchó por la emancipación de los pobres del campo y la ciudad; Andrés Chadwick fue un allendista y Lucía Santa Cruz tiene la altura cívica para curar un Museo de la Democracia.

El presidente – o Manco Piñera, más bien- se ha dado el lujo de actualizarnos un 11 de septiembre con algunas visiones que parecían ya superadas: que el gobierno de Allende transitaba “un camino rechazado por la mayoría” (que por alguna de esas inexplicables paradojas democráticas se imponía en las elecciones) y que “muy pocos creían a esas alturas en la posibilidad de una salida democrática” (no serían tan pocos si los golpistas se apuraron para no llegar a un plebiscito).

En sus disquisiciones sobre historia oficial, literatura y amautismo, Vargas Llosa asegura que “la mejor manera de definir a una sociedad cerrada es diciendo que en ella la ficción y la historia han dejado de ser cosas distintas y pasado a confundirse y suplantarse la una a la otra, cambiando constantemente de identidades como en un baile de máscaras”.

En tiempos tan convulsos, entonces, se vuelve necesario reclamar en nombre del amautismo y del socialismo chileno, pensamientos ricos y profundos, que no merecen un circo tan pobre, con naranjas de mentira. Pero sobre todo, es imperativo resaltar que este once de septiembre fue el más masivo de los últimos años; que el pueblo chileno no se traga tanta mentira y que se planta firme junto a su memoria histórica, esa que trascendiendo ideologías y sistemas de gobierno, ha sabido resistir a los embates imperiales desde los tiempos del Inca.

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