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Opinión

Más que un afiche

Más que un afiche Más que un afiche

"Si la educación sexual –no la meramente sanitaria, sino que la afectiva- fuera igual para hombres y mujeres, muy probablemente la Bomba 4 y sus similares habrían perdido su valor hace tiempo".

Yasmin Gray

Por


Abogada, Actualmente cursando el Magister en Pensamiento Contemporáneo de la UDP.

Hace unos días, vi pasar por Twitter el comentario de un hombre que confesaba que, durante su adolescencia y juventud, el tratar a las mujeres de forma respetuosa -porque así había sido educado- le valió en un sinnúmero de ocasiones ser objeto de burlas por sus pares, que lo trataban de ‘poco avispado’ e incluso cuestionaban su orientación sexual. Pero que después de haber pasado por todo ello, se alegraba de que el tiempo le diera la razón, ya que varias de las conductas que él se negaba a tener con alguien del sexo opuesto y que sus amigos y compañeros consideraban “normales”, son aquellas en las cuales habrían incurrido varios de los personajes públicos que últimamente han sido señalados como perpetradores de abuso y acoso sexual.

Más allá de la discusión, ya presente en todas partes, de qué utilidad tiene dar a conocer hechos como éstos después de mucho tiempo de acontecidos, si son reales, o de la presunción de inocencia que se merecen los perpetradores –en circunstancias de que es muy difícil dudar de la veracidad de los hechos cuando es un grupo numeroso de mujeres el que denuncia a una misma persona- el relato de aquel tuitero da luces sobre algo no menor: el cómo se educa a los hombres, desde pequeños, para interactuar con los mujeres. Piense en la última vez que a su hijo o sobrino pequeño le preguntaron si tenía una –o más de una-polola en su colegio o jardín infantil. También en la edad que tienen los varones la primera vez que ven pornografía, que les regalan un afiche de una chica en paños menores y poses sugerentes –como la recientemente extinguida “Bomba 4” del diario La Cuarta- o los llevan a un prostíbulo para su “debut masculino”. Después, ya entrada la adolescencia, se les estimula a que tengan el mayor número de parejas posibles, y que a su vez, intenten todas las proezas sexuales que les sea posible hacer, no importando, muchas veces, si ello pasa a llevar la integridad u honor de sus pares mujeres, las que, como contrapartida, son conminadas a tener una conducta recatada y casi virginal, so pena de sufrir el oprobio de su círculo, incluso de sus congéneres, si imitan el comportamiento que a los varones se les aplaude.

Frente al cuestionamiento que desde la vereda femenina se le hace al significado que tiene en sí un afiche de la Bomba 4 como regalo a un chiquillo púber o verlo colgado en la pared de un negocio cualquiera, muy probablemente nos contestarán que las revistas para chicas adolescentes traen también, en ocasiones, afiches del mismo estilo en que figuras masculinas posan con el torso desnudo. Pero esa respuesta en realidad carece de contundencia cuando la pregunta es por qué un mismo comportamiento –el ejercicio de la sexualidad humana- es celebrado en un sexo y condenado en el otro, habiendo hecho ya alusión a los ejemplos anteriores. Y visto así, es que teorías como la que esbozó la antropóloga norteamericana Gayle Rubin en su ensayo “The Traffic of Women”, donde se refiere a la visión del hombre que, producto del tabú del incesto, tiende a ver a las mujeres como mercancía intercambiable salvo a las que forman parte de su familia, no parecen tan disparatadas, tomando en cuenta lo natural que ellos consideran tratar de “maraca”, “puta” u otros epítetos similares a las mujeres en general.

Si la educación sexual –no la meramente sanitaria, sino que la afectiva- fuera igual para hombres y mujeres, muy probablemente la Bomba 4 y sus similares habrían perdido su valor hace tiempo. Pero a la luz de lo que solemos ver y leer todos los días, faltan generaciones completas para que haya una toma de conciencia real en cuanto al respeto de la integridad y dignidad de la mujer.

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