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Opinión

Me duele Brasil…

Me duele Brasil… Me duele Brasil…

El pueblo brasileño en su mayoría quiere desterrar abruptamente el populismo de “izquierda” suponiendo que Bolsonaro va a imponer el orden. Pero en Brasil, el propósito escrito a fuego en su bandera es “orden y progreso”. ¿Bolsonaro es progreso?

Guillermo Bilancio

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Licenciado en Administración de la Universidad de Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ha realizado el curso de Postgrado en Estrategia y Dirección General en la Universidad de Buenos Aires.

La aparición de Jair Bolsonaro en la escena política de Brasil y su impacto regional e internacional, es parte de esta nueva era política del siglo XXI.

Pero más allá de la superficialidad de farándula respecto a los dichos y a la historia de Bolsonaro, hay algo más profundo y relevante que analizar.

Si bien parece preocupar sus conceptos sobre la inferioridad de la mujer, su discurso racista anti “negros” y anti aborígenes, su peligrosa posición favorable frente a la tortura y otras tantas barbaridades que lo califican como un xenófobo fascista, hay que analizar el fenómeno desde una perspectiva más amplia.

¿Por qué la gente se vuelca en masa a votar por un personaje duro y dictatorial, sin importar su violencia en el lenguaje y las consecuencias posibles del mismo?

¿Por qué la gente busca un justiciero, casi un “sheriff” que ponga orden a la supuesta decadencia social?

Un punto a evaluar es el desprestigio de la política como elemento fundamental para la resolución de problemas, algo que más que tener que ver con la política tiene que ver con la voracidad de los políticos y su aprovechamiento de poder para negociar con el otro poder que es el económico.

El otro punto, que deriva del anterior, es el absoluto descrédito a las instituciones, inclusive poniendo en duda las prácticas democráticas y de convivencia.

Vivimos una sociedad que niega la razón y busca la solución a la pobreza, a la falta de educación y de salud, a la falta de seguridad, a un modelo cuasi religioso sostenido en la fe de un relato de dudoso cumplimiento.

Busca un justiciero populista que destruya al populismo de la vereda de enfrente. Pero a ese justiciero se le tiene tanta fe, que hasta se le permite aplicar su propia justicia, y el resultado de esa situación todos la conocemos: Dictadura y más corrupción, que generará un nuevo movimiento populista generando un círculo reforzador negativo interminable.

Fujimori en Perú fue un populista justiciero, que negó y destruyó las instituciones por afirmar que eran corruptas, y finalmente él fue el más corrupto.

Chávez en Venezuela fue un justiciero populista que tuvo el apoyo incondicional para poner orden en un país devastado por la corrupción de Carlos Andrés Pérez y sus amigos. El resultado es el más desgarrador populismo transformado en una dictadura cruel y corrupta.

El pueblo brasileño en su mayoría quiere desterrar abruptamente el populismo de “izquierda” suponiendo que Bolsonaro va a imponer el orden. Pero en Brasil, el propósito escrito a fuego en su bandera es “orden y progreso”. ¿Bolsonaro es progreso?

Y ahí aparece su discurso medioeval que pone claramente en duda el progreso de una nación que es determinante para la vida económica, política y social de la región.

Ojalá su gente reflexione y la razón supere a la pasión, fortaleciendo instituciones democráticas en lugar de vivir pensando en la llegada de un Mesías.

Y Bolsonaro, se llama Mesías…

Me duele Brasil.

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