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Opinión

¡No es no!

¡No es no! ¡No es no!

Por


Directora Escuela de Obstetricia y Neonatología UDP, y directora Escuela de Odontología UDP, respectivamente.

28 de Julio de 2020

¿Hasta cuándo en Chile nacer/ser mujer será un factor de riesgo frente el abuso, acoso, violencia intrafamiliar, violación y asesinato?

A nuestras niñas, desde pequeñas tenemos que enseñarles a desconfiar, a mirar siempre hacia atrás cuando caminan por la calle, cruzar a la vereda del frente si sienten que les sigue alguien, yendo a buscarlas a paso firme si se hace de noche por el miedo a que no regresen, a angustiarse cuando hace calor si decide salir en short, esperando que de algún auto, construcción o lugar cualquiera salga el acosador a manifestar su poderío.

¿Cuándo dejaremos de proteger a nuestras hijas?

De una buena vez, debemos dejar de ser cuestionadas por cómo nos vestimos, el comportamiento que tenemos, cuánto alcohol consumimos y tantas otras cosas que sólo se nos cuestionan a las mujeres. Tantas diferencias en nuestro quehacer cotidiano que también se expresan en diferentes condiciones, en relación con los hombres. Prácticamente no existe variable de análisis en que las mujeres no estemos en desventaja. Y nos preguntamos hasta cuándo.

¿Hasta cuándo sentiremos que siempre es nuestra culpa, que debemos ser y parecer respetables a los ojos de quien se ponga delante de nosotras? Un respeto vacío que a la primera de cambios se cuestiona y pone en duda nuestra historia, la interpreta, la invisibiliza.
¿Por qué no dijo cien veces más que no quería? ¿por qué lo siguió? ¿por qué le creyó? ¿por qué lo amó si era así? Hay que detener esta letanía que insistentemente, coercitivamente, las machucan hasta quebrarlas, a tal punto, que creen que es su culpa, lo merecen, se lo buscaron, fueron las que propiciaron y provocaron lo ocurrido.

Cambiar este final de la historia es posible, es necesario, es nuestro legado. Hay que comenzar por cuestionar las mayores responsabilidades en el cuidado y crianza de los hijos, mayores responsabilidades en las labores domésticas, mayores responsabilidades en el cuidado de adultos mayores y una larga lista de “mayores responsabilidades en…”.

¿Sólo por el hecho de ser mujer me corresponde, por obligación disfrazada de amor, este listado de tareas que no tiene ninguna base que no sea un mandato social? Mandato que le funciona de manera perfecta a un sistema económico que nos quiere en la casa cuidando gratuitamente, sin pensar, sin sentir y sin vivir.

¿Cuántas Nabilas, Antonias, Anaís tienen que haber en Chile para que la justicia actúe como tal? ¿Cuántas seguirán con miedo, calladas? y ¿a cuántas más no les creyeron ni creerán nunca y no obtuvieron ni obtendrán justicia?

Son tantos años de silencio y sumisión femenina, de aguante, de resistencia callada, de obediencia… Las esperanzas están puestas en que las nuevas generaciones puedan aportar a un país más justo con igualdad de derechos y condiciones entre hombres y mujeres, un país libre y sin violencia de género, un país inclusivo, sin tantos estereotipos y prejuicios.

Tenemos esperanza, que algún día se deje de cuestionar a las víctimas, que los procesos judiciales no estén llenos de trabas y que sean oportunos. Para que las mujeres abusadas puedan volver a respirar tranquilas. El delito nunca prescribe, viven con ese dolor, cuando pueden lograrlo, durante toda su vida, eso no cambia.

Ha pasado tanto tiempo, siempre igual, que casi nos acostumbramos a perder, a callar, a ceder, a esperar que la próxima vez nos toque justicia, nos toque lo que corresponde, seamos verdaderamente protegidas para poder vivir en paz.

Se acabó señores, se acabó. Se acabó la paciencia y la templanza del aguante. No estamos solas, nunca más estaremos solas, nos tenemos a nosotras, con esto nos basta por ahora.

No es suficiente, pero es un punto de partida, para un mejor país, por un futuro más luminoso, por las y los que vienen. Por niñas jugando fútbol, por niños jugando a las tacitas, en que cada uno decida, en libertad y sin miedo a ser cuestionados.

Los cambios vendrán sólo cuando tengamos como personas, instituciones y estado, el firme propósito de que las niñas y niños sean libres de florecer en donde quieran sin distinción y sobre todo sin miedo.

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