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Opinión

Políticos, no gerentes

Políticos, no gerentes Políticos, no gerentes

Un conductor político debe entender la realidad de su gente y para eso debe provenir de esa gente para darse cuenta de cuál debe ser su agenda para gobernar y allí aplicar sus ideas con imaginación.

Guillermo Bilancio

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Licenciado en Administración de la Universidad de Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ha realizado el curso de Postgrado en Estrategia y Dirección General en la Universidad de Buenos Aires.

La crisis argentina de los últimos días explica un fenómeno del que también hablamos en Chile: la respuesta a las necesidades de la gente deben partir desde la conducción política y no desde los niveles técnicos que desarrollan la gestión.

En Argentina, al poco tiempo de asumir su mandato, el presidente Macri dejó entrever que la inflación era un tema que lo tenía sin cuidado, considerando que contaba con el “mejor equipo técnico de los últimos 50 años”.

Hoy, tres años después, su gobierno pasa por el momento más difícil a causa de ese problema económico endémico que sacude a la Argentina en los últimos 50 años. Inflación, dólar incontrolable, ajuste tras ajuste y peligro de incendio general.

Pensar que la inflación es un tema técnico y no social, es un grave error si se pretende ser un político.

Es que un político es un conductor, que dirige a partir de la persuasión y desde la capacidad sensorial de percibir lo que le sucede a la gente. En cambio, actuar como un gerente implica recibir un mandato para mandar, con un lenguaje basado en instrucciones más que en la seducción para convencer.

Macri es un gerente general que dirige a sus gerentes en una empresa imaginada por él que es Argentina, pero se olvida que los accionistas son los ciudadanos que le exigen una agenda acorde a sus problemas. Y la economía es el problema…

Resolver desde la técnica, con dogmas preestablecidos sin pensar en consecuencias de quienes viven en un 35 % de pobreza que parece ampliarse, es de poca calidad política.

Porque la conducción política, que es un arte, exige imaginación para integrar ideas en busca de una solución a los problemas centrales que sufre la gente. Macri puso en su agenda el tema corrupción, obsesionado por su guerra con Cristina Fernández de Kirchner, y que parte de sus votantes aplaudió cegados por la grieta social imperante. Pero Macri pasó por alto que poco le puede importar a un ciudadano común la corrupción si no tiene posibilidad de llegar con sus ingresos a cubrir sus necesidades esenciales. Y peor cuando casi no llega a mediados del mes.

Un conductor político debe entender la realidad de su gente y para eso debe provenir de esa gente para darse cuenta de cuál debe ser su agenda para gobernar y allí aplicar sus ideas con imaginación.

Nada de eso está ocurriendo hoy en la Argentina. Hablar de la gente sin estar cerca de sus prioridades refleja la falta de sensibilidad de quien supone hacer política con cualidades gerenciales. Porque tocar timbres en las casas para preguntar sobre las necesidades y después desconocerlas es una simple fachada para ganar un puñado de votos.

Y en ese punto, Macri parece no entender que con esa actitud está hipotecando su deseo de reelección.

Es un buen ejemplo para trasladar a la realidad chilena, donde quien gobierna no debe confundir el rol de conductor político con el de un CEO que manda a partir de instrucciones.

El presidente no es un jefe, es un conductor. Un conductor que debe tener claro que la política es comprender para actuar y no aplicar técnicas predefinidas como en una gestión empresarial. Aquí, Piñera es el jefe…

Estamos escasos de estadistas. Porque preparamos gerentes en lugar de conductores políticos. Y un gerente compite con otros en busca de una razón única, en busca de la objetividad inexistente. Un político es comprensivo e independiente, en cambio un gerente es arrogante con la gente para detentar el poder y servil para con los dueños para poder sostenerlo.

Tal vez por eso cuesta tanto diseñar una visión país y trabajar para que esa visión sea compartida. Una visión compartida que termine con grietas inútiles.

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