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Opinión

Por qué odio el Festival de Viña del Mar

Por qué odio el Festival de Viña del Mar Por qué odio el Festival de Viña del Mar

“Viejo cuma” , “preservativo” o “caeza e pishi” son más que una “talla”, son frases que contienen una ideología que apunta a la falta de educación de nuestro pueblo chileno.

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Periodista, columnista de música y cine. Twitter: @FeQuiroz

28 de Febrero de 2019

He renegado del Festival de Viña del Mar desde que me convertí en una adolescente, sin embargo y por motivos estrictamente profesionales, me he visto en la obligación de revisar al menos lo ocurrido durante estos días.

La obertura

Es impresentable el uso del playback en un evento que intenta garantizarnos desde sus inicios y en toda su cobertura mediática, la presencia de los más grandes artistas de Latinoamérica y el mundo. No podemos hacer un homenaje al inigualable Lucho Gatica, sin al menos escuchar cantar desde el corazón y el alma a quienes lo homenajean (tal cual él lo hacía). Acá es cuando el intento de dueto entre Yuri y Gatica no funciona, se ve plástico e insuficiente, porque incluso desde su versión envasada, el “Rey del Bolero” sigue siendo  insuperable.

Aunque el playback nos resguarda de las desafinaciones o problemas para llegar al tono que podrían haber sufrido Denisse Roshental o Francisca Valenzuela, nos quitó la posibilidad de escuchar la voz internacional de la jazzista chilena Claudia Acuña, a quien jamás han invitado al Festival con un show propio y a quien probablemente, el monstruo no habría reconocido con facilidad.

Nombro a @deniserosenthaly @ franciscamusic porque aunque cantan bien, no son ni serán grandes voces. De hecho y luego de pensarlo un rato estoy sorprendida, ya que personalmente habría invitado a Mon Laferte, a quien generalmente desprecio, pero cuenta con la pasión y el registro vocal que requería este homenaje.

Dictadura musical

Que el público tal vez no sea capaz de reconocer la voz de Claudia Acuña (ni envasada, ni en vivo) nos indica la poca variedad de estilos musicales que caracteriza la programación diaria del Festival de Viña del Mar y a la vez, representa el acceso limitado a contenidos musicales (y por cierto culturales) con el que cuentan los chilenos.

La visita de “Faith no More” en  1991 debe dejar de ser una anécdota y estilos más complejos como los que interpreta Acuña (Jazz) o Benjamín Walker (Trova y Folclor) deberían dejar de estar relegados a oberturas y competencias.

¿Por qué las personas que somos amantes de la música tenemos que familiarizarnos y conformarnos únicamente con Reggeatón o ver “DE NUEVO” a Rafael, Yuri y Chayanne? ¿Acaso no iríamos más de veinte mil personas a ver a Depeche Mode, Roger Waters o a Iron Maiden si vinieran a la Quinta Vergara? ¿Tan poco paga Claro por empapelar todo el festival y la antorcha con su logo?

Falta música, pero sobra humor  

La ausencia de una parrilla musical más alternativa me han hecho ser parte del grupo de personas que no ve los shows, pero si se interesan por el humor. En este sentido, Felipe Avello no sólo ha sido la mejor rutina hasta el momento, sino también un caso de estudio para la comunicación de masas.

Lo que no logran nuestros músicos porque no los invitan, si lo pudo lograr Avello, cuya mayor gracia es transmitir potentes mensajes políticos y éticos en palabras sencillas y riéndose de si mismo, quien a su vez es un espejo de la sociedad chilena. “Viejo cuma” , “preservativo” o “caeza e pishi” son más que una “talla”, son frases que contienen una ideología que apunta a la falta de educación de nuestro pueblo chileno,  que “conjuga mal” y en definitiva no sabe hablar, a las nulas políticas educación sexual que Avello contrapesa con un incesante “hay que usar preservativo” y que finalmente incentivaron a medio Chile a denostar públicamente al presidente de los Estados Unidos en Instagram. Si eso no es poder de masas, no sé que es.

Lo que pasó con Jani Dueñas justamente es el reflejo de nuestro subdesarrollo y una sociedad miserable. Pifiar a los pocos minutos de que comenzara su stand up, sólo demuestra la infinita falta de educación del “monstruo”, a quienes básicamente nunca se les enseñó a ver un espectáculo con respeto, ni mucho menos a escuchar.

Aplaudo que se incluyera a Dueñas, cuya rutina dista del humor chabacano que por años ha sido el sello de este Festival. Su relato es simplemente una invitación lúcida a reflexionar con humor sobre cómo envejecemos las mujeres, por ejemplo, y lo que el monstruo no soporta es que los hagan pensar o se les enseñe una nueva palabra, porque lo que esperan y a lo que están acostumbrados es a reírse a carcajadas de la señora guatona y sin autoestima que tan bien retrata un Dino Gordillo en evidente y permanente condición de sobrepreso.

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