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Opinión

Primera jornada de Lollapalooza 2018, un viernes histórico

Primera jornada de Lollapalooza 2018, un viernes histórico Primera jornada de Lollapalooza 2018, un viernes histórico

"¿Y donde estaban los adultos? A pesar de las altas temperaturas, estaban a la espera de uno de los grandes números que ha pasado por la historia del festival en Chile".

Bárbara Alcántara

Por


Periodista especializada en música. Instagram: chicarollinga

Javier Casalla vuela por los aires colgado de su violín que aúlla en el escenario, el violinista de Bajofondo lidera la comparsa compuesta por músicos argentinos y uruguayos cuyo gran creador, Gustavo Santaolalla se muestra dichoso por la respuesta de la audiencia. La fiesta del fin del verano ha comenzado.

Mientras Luciano Supervielle y compañía homenajean a Cerati con “El Mareo”, los clásicos de Los Jaivas bañan las colinas de uno de los escenarios principales, la mítica agrupación nacional entregó un show sólido y emocionante que dio paso al dúo alemán Milky Chance donde su público, mayoritariamente compuesto por adolescentes se convirtieron en protagonistas al corear todas las canciones que los hombres tras el disco “Blossom” (2017) interpretaron. Un pop rock correcto y bien ejecutado, pero sin mayores matices y emociones.

Al mismo tiempo y en una dimensión paralela, la noche eterna del escenario electrónico recibía a los adolescentes que no estaban en Milky Chance, los guardias de seguridad vociferaban que la cancha estaba desbordada mientras la multitud se movía como si fueran un solo ser. El DJ australiano Thomas Jack convirtió en una rave al único recinto cerrado del festival este año (lo que pasa en el Arena es un fenómeno digno de ser estudiado individualmente).

¿Y donde estaban los adultos? A pesar de las altas temperaturas, estaban a la espera de uno de los grandes números que ha pasado por la historia del festival en Chile. David Byrne apareció en escena con un cerebro en sus manos; se trataba de un presagio porque llegó decidido a hipnotizar con su vanguardia, sentido del humor y originalidad. Once músicos llevaban sus instrumentos colgados en sus cuerpos, percusiones y teclados incluidos, lo que les permitía absoluta movilidad a través de un escenario donde colgaba una cortina de cadenas que simulaban una habitación. Un lúdico cuerpo de baile acompañó un setlist amable —de trece canciones, siete eran de los Talking Heads—. Byrne, vestido con un traje gris y descalzo al igual que sus acompañantes, dejaba la vara alta por su calidad de voz, singularidad y legado. Después de ese show, lo que vendría sería difícil de superar o igualar.

Pero no. La caminata hacia el otro escenario y los acordes de “Nobody else will be there” de The National inmediatamente transformaban el estado anímico. La nostalgia se apoderaba del lugar, al igual que en Lollapalooza 2011, la sobria e inspirada tristeza de los estadounidenses eran perfectos para el momento en que cae el sol. El vocalista Matt Berninger se mostró mucho más imponente que el 2011 y su interpretación grave, emotiva y catártica tuvo momentos altos en canciones como “Bloodbuzz Ohio” y “I need my girl”. Los ganadores del Grammy por mejor álbum de música alternativa por el reciente disco “Sleep well best” (2017) perforan con su energía melancólica que se podría definir con una palabra portuguesa: “saudade”.

Llegaba el turno de James Murphy. La bola de espejos ya estaba en el centro del escenario junto a la orquesta electrónica LCD Soundsystem, los planos cenitales de las pantallas transparentaban la ingeniería maquinal desplegada por los de Nueva York. Impresionante. Los sonidos de clásicos como “Daft Punk is playing at my house”, “Call the police” o “All my friends” se colaban como bombos a través de los oídos para llegar a los sesos. Su líder se impone, se contorsiona y se le ve poseído por los beats que se extendieron por una hora y media e incluyeron un histrionismo electrónico que demostró que las máquinas también rujen.

Por último, la magnitud se dejó ver con Pearl Jam, las 80.000 personas que llegaron hasta el Parque O’Higgins corearon fieles las veinticuatro canciones que eligieron para su segundo show en Chile. Lo de anoche fue algo masivo versus lo del martes que apeló a la intimidad de sus seguidores más devotos. Los discursos fueron parecidos, el vino era de la misma calidad y los éxitos se repitieron al igual que su histrionismo. Eddie Vedder y sus secuaces saben cómo complacer a sus audiencias, aunque sea dos veces en una semana con una cantidad de público que marca records en nuestro país. Pero no es por eso que la jornada de ayer pasará a la historia del festival; no cabe duda que lo más recordado será la genialidad de Byrne y los magníficos LCD Soundsystem. Mis reverencias.

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