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Opinión

Protestas en Hong Kong: China en la encrucijada

Protestas en Hong Kong: China en la encrucijada Protestas en Hong Kong: China en la encrucijada

"Hong Kong, dada su situación institucional excepcional, puede ser una vitrina de experimentación única para estudiar y evaluar nuevas formas de interacción entre el mérito y democracia en la arena pública".

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Cientista Político UC. Políticas públicas, estudios interdisciplinarios y teoría social.

3 de Septiembre de 2019

El 1 de julio pasado una turba de manifestantes irrumpía el pequeño parlamento autonómico de la ciudad. Entre gritos e ideogramas garabateados con spray, dos elementos llamaban la atención en la escena: primero, el despliegue de la bandera de la era colonial británica. Segundo, la edad de los manifestantes: probablemente muchos ni siquiera habían nacido al momento del traspaso del territorio a China, 22 años antes. Gente manifestándose con una bandera que no es la propia en nombre de una era que no conocieron habla o bien de un gran error, o bien de un sentimiento de indignación potente.

Las protestas se iniciaron el primer semestre de este año a raíz de proyecto de “Ley de Extradición”, una iniciativa impulsada por el gobierno local que, según sus detractores, permitiría trasladar al continente a personas en donde quedarían en manos del sistema judicial continental, dominado por el Partido Comunista, aboliendo de facto la autonomía judicial de la cual debería gozar el territorio hasta el 2047. Según el esquema “Un País, dos Sistemas”, Beijing supervisaría las relaciones exteriores y manejaría la defensa local. Los hongkoneses, por su parte, continuarían disfrutando de libertades civiles heredadas de la época colonial y aseguradas por un poder judicial independiente basado en la tradición anglosajona. No se trata, por tanto, de una rabieta generacional o de un malestar ordinario. Los jóvenes de Hong Kong protestan contra un sistema judicial que consideran poco transparente, poco confiable, y asociado con un sistema político que les parece cada vez más ajeno.

Buscando apuntalar un ambicioso plan de reestructuración económica y social para su país, la administración Xi se ha visto en la necesidad de reconcentrar el poder a nivel central a fin de evitar cualquier tipo disenso. En esta línea, la paulatina restricción a la autonomía de Hong Kong se sumaría al recrudecimiento de la represión que ha vivido la etnia Uigur en los últimos años y con el acuerdo firmado con el Vaticano en 2018, el cual se espera tenga como consecuencia calmar a la disidencia católica del país. En este esquema de apaciguamiento, la ex – colonia es poco funcional. Al no estar controlada totalmente por el Partido Comunista, el territorio ofrece una suerte de burbuja dentro del país para incubar y proyectar el disenso.

La salida fácil sería la represión pura y dura. Pero un Tiananmen 2.0 sería una decisión poco inteligente; la ciudad sigue siendo una joya que China necesita preservar. La mayoría de la inversión extranjera directa en el país aún corre a través de la región autónoma; muchas empresas chinas se establecen en Hong Kong para lanzarse al mundo, y viceversa. Muestra de ello es que cerca de 85.000 ciudadanos estadounidenses se encuentren radicados este territorio. De hecho, debido a que Estados Unidos trata al territorio como un país aparte en temas de exportación y regulación económica, las empresas occidentales y locales han podido circunnavegar las barreras de la presente guerra comercial a través de la ex – colonia. En resumen, China se ve enfrentada al dilema de limitar la influencia política de Hong Kong sin afectar su utilidad económica. Una manera de salir al paso de esta coyuntura es continuar con el plan de degradación progresiva de su autonomía; o puede intentar hacer lo mismo, pero de manera constructiva.

En su libro de The China Model Daniel A. Bell, politólogo canadiense de la Universidad de Tsinghua, argumenta a favor de la meritocracia como posible modelo de desarrollo político para este país. Según Bell, por su historia y tradición confuciana este país contaría con una suerte de ventaja comparativa en la identificación, promoción y desarrollo de liderazgos basados en el talento y el mérito por sobre la elección popular. En tiempos en que las naciones occidentales batallan por equilibrar legitimidad democrática y experticia profesional en sus sistemas de gobernanza el aporte de la experiencia milenaria china sería fundamental. Y Hong Kong, dada su situación institucional excepcional, puede ser una vitrina de experimentación única para estudiar y evaluar nuevas formas de interacción entre el mérito y democracia en la arena pública.

En 1618 Nurhaci, un líder tribal de la lejana frontera noreste inició una rebelión contra el gobierno central de la dinastía Ming. Lo que empezaría como un descontento social derivaría en la creación del imperio Manchú, el cual perduraría hasta comienzos del siglo XX. Como antes hicieran los mongoles y después los propios comunistas, la caída – y reemplazo – de los grandes imperios chinos usualmente ha iniciado en sus periferias. Y el gobierno de Beijing lo sabe muy bien; terminar pronto y de manera más o menos limpia con la crisis de Hong Kong es fundamental para su propia supervivencia política.

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