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Opinión

¿Qué pasó con el malestar?

¿Qué pasó con el malestar? ¿Qué pasó con el malestar?

"Una gran interrogante acerca del destino del malestar en Chile parece ser, en suma, si las luchas que han impugnado hasta ahora la subsidiariedad del Estado, podrán disputar también estos campos (el valor de la libertad individual y la familia) a un discurso conservador que, hace largo rato, parece haberlos monopolizado".

Camilo Sembler

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Doctor en Filosofía y académico del programa de magister en praxis comunitaria y pensamiento sociopolítico. Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Durante las últimas semanas buena parte de la discusión pública en Chile ha girado en torno a una sola interrogante: ¿Qué pasó con el malestar? Si hace solo unos años un ciclo de movilizaciones puso en boga la idea del “malestar”, arrastrando al primer gobierno de la derecha elegido por vía democrática en 50 años a cifras históricas de desaprobación, ¿cómo entender ahora su retorno con el respaldo, además, de la votación más alta desde 1993? ¿Cuál fue el destino de aquel “malestar”? Dos interpretaciones se han ofrecido en las últimas semanas como respuesta a esta interrogante.

Una primera lectura ve en el resultado de la segunda vuelta la confirmación de una sospecha: la idea del “malestar” habría sido más una construcción teórica que un diagnóstico certero de la sociedad chilena, sus frustraciones y expectativas de cambio. Sesgados por sus posiciones ideológicas, muchos leyeron en el ciclo reciente de movilizaciones la expresión de un malestar profundo con la lógica neoliberal de modernización, así como la aspiración a una mayor injerencia del Estado en ámbitos claves de la seguridad social. A esta distorsión fruto de la “ideología” se agregaría además una incomprensión sociológica: el principal resultado de la expansión del mercado y el consumo sería precisamente la emergencia de unas “clases medias” que, aun cuando puedan tener grados importantes de insatisfacción, ven con todavía mayor recelo una política igualitarista que restrinja sus expectativas de autonomía individual (una amenaza de “paternalismo”, se ha insistido en los últimos días).

Este sustrato cultural explicaría, entonces, el retorno de la derecha. Con su promesa clave de vía una gestión más eficiente del Estado volver a dinamizar la economía (“Hoy en Chile tenemos un mal gobierno y un gran país”, repitió en innumerables ocasiones el hoy presidente electo), ésta habría conectado de mejor manera con aquellas aspiraciones profundas por mayor bienestar individual.

Una segunda lectura ha sugerido, por el contrario, una suerte de paradoja en la victoria de la derecha. Luego de la primera vuelta, su candidato se habría visto forzado a asumir banderas programáticas que hasta hace poco rechazaba abiertamente. La explicación de ello radicaría en que, fruto de las movilizaciones y la agenda reciente de reformas, ciertas “demandas sociales” se habrían instalado con fuerza en el horizonte cultural de los chilenos (se asistiría así, pese a la “derrota electoral”, a una “victoria estratégica”, como han sostenido sectores del actual gobierno).

Para observar las limitaciones de ambas interpretaciones, es conveniente volver a recordar el sentido más profundo de la idea de “malestar”. En efecto, se habla en general de “malestar” en las ciencias sociales para aludir a ciertas experiencias de insatisfacción, indisposición o molestia que, pese a su grado importante de aflicción subjetiva, resultan más bien imprecisas o difusas. El “malestar” se puede expresar así de múltiples, sutiles o incluso ambivalentes formas en la variada trama de las interacciones cotidianas y en la experiencia personal. Por ello, si bien es cierto que las luchas sociales y los conflictos políticos se nutren de esta capa más profunda de malestares cotidianos, igualmente cierto es que éstos tampoco se agotan en dicha dimensión. Por variados motivos (por ejemplo, mecanismos de dominación cultural) muchos “malestares” no alcanzan visibilidad pública, o pueden ser de difícil articulación incluso para los mismos afectados.

Visto desde aquí, la primera interpretación sobre el destino del “malestar” se evidencia en extremo unilateral. En rigor, es perfectamente posible que en el entramado cultural de una sociedad convivan aspiraciones de bienestar individual con una crítica de las desigualdades generadas por el mercado y respectivas exigencias de un mayor rol del Estado. Según el comentado estudio “Desiguales” del PNUD por ejemplo, hoy en Chile no solo se habría incrementado la percepción de injusticia en torno a las desigualdades en salud y educación, así como la opinión del necesario rol garante del Estado en estos ámbitos, sino también la idea del “esfuerzo individual” sería una clave indispensable para relatar la propia vida, las frustraciones y aspiraciones más sentidas. Y aún más interesante: esta valoración de la iniciativa individual y el esfuerzo personal (el “trabajar duro”) constituiría precisamente una de los soportes de la crítica cotidiana a la desigualdad social (los grupos altos son enjuiciados por heredar una posición sin esfuerzo, abusar de ella o restringir su acceso a otros sectores pese a sus esfuerzos).

La segunda lectura muestra también un grado importante de superficialidad al comprender el destino del “malestar”. Pues incluso asumiendo que se han instalado hoy en la discusión pública problemas hasta hace poco excluidos, convendría quizás más bien hablar de un desplazamiento de la disputa político-cultural que de una resolución definitiva. Si hoy distintos actores hablan de “gratuidad en la educación” o “crisis del sistema de AFP”, no está de más recordar que parte importante de la disputa política no radica simplemente en la contraposición de visiones del mundo alternativas, sino más bien en cómo a partir de ellas los sujetos logran “hablar de lo mismo, pero sin decir lo mismo” (parafraseando aquí una idea de N. Lechner). Hacia donde se conducirán las ideas de “gratuidad” o “reforma del sistema de pensiones” está, en suma, todavía en disputa.

Y en segundo lugar, resulta sin duda algo apresurado identificar transformaciones culturales profundas a partir de los resultados de una contienda electoral. Nuevamente vale aquí recuperar el sentido más profundo del “malestar”. Más allá de aquellas insatisfacciones ya articuladas en demandas políticas, ¿cuáles son los “malestares” que viven hoy los chilenos – por ejemplo – en sus barrios, en sus desplazamientos, en sus trabajos, al interior de sus hogares o en sus experiencias de intimidad? ¿Y cómo se relacionan los miedos y anhelos que aquí se forman con sus representaciones de orden y cambio, en fin, con sus opciones políticas?

Esto último abre una pista interesante. Mirado con atención, la retórica de la derecha esta vez no solo hizo alusión al crecimiento y la seguridad, sino precisamente al valor de la iniciativa individual y – sobre todo – a la familia. Poner a “la familia en el centro de la política social”, se lee en el programa presidencial. No es novedosa sin duda esta mención, pero sí el hecho de poner en relación el conjunto de “demandas sociales” de los últimos años con la familia y su destino. La familia (incluso más: cierta imagen tradicional de la familia) aparece como un campo especialmente relevante de gestión del malestar social. Hacia allá parece apuntar, entre otros, la anunciada creación del “Ministerio de la Familia y el Desarrollo Social”. Una gran interrogante acerca del destino del malestar en Chile parece ser, en suma, si las luchas que han impugnado hasta ahora la subsidiariedad del Estado, podrán disputar también estos campos (el valor de la libertad individual y la familia) a un discurso conservador que, hace largo rato, parece haberlos monopolizado.

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