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Opinión

Qué pena tu vida, Nicolás

Qué pena tu vida, Nicolás Qué pena tu vida, Nicolás

"Lo que leí en la revista Sábado es inaceptable, un abuso de poder grotesco, enfermo y propio de un ser despreciable que intenta usar su poder para obtener beneficios sexuales"

Francisco Méndez

Por


Columnista.

Podría comenzar esta columna con una gran declaración de principios, haciendo un reproche moral a las actitudes de Nicolás López. Podría también decir que lo que leí en la revista Sábado es inaceptable, un abuso de poder grotesco, enfermo y propio de un ser despreciable que intenta usar su poder para obtener beneficios sexuales. Y en parte eso vi, pero no a alguien siniestro o malvado, sino a un pobre tipo.

Sé que esto puede sonar algo benevolente, sobre todo en días en que bastantes luchan por parecer más buenos y justos que el de al lado, condenando cualquier comportamiento que se salga de ciertas reglas sociales. Pero eso me pareció notar mientras leía los relatos de las mujeres que fueron abusadas por López, ya que detrás de su actitud abusivamente insistente encontré a alguien que no sabía relacionarse con la gente sin hablar de sexo, sin mentir acerca de sus capacidades de conquista, y sin tratar de mostrarse como lo que varios de los que estaban a su alrededor sabían que no era, es decir, alguien que no había superado mentalmente la educación media.

Condenar los actos relatados es algo lógico, más aún en una sociedad que busca el respeto de las personas y las relaciones horizontales entre éstas. En vista de ello, no me detendré más ahí, sino en lo que llevó a que una persona de esa calaña llegara a ser un personaje relevante en la industria nacional.

López no es una casualidad. Sus columnas en la Zona de Contacto, desaparecido segmento de El Mercurio, el mismo diario que reveló su comportamiento, fueron el comienzo de una carrera que exaltaba la vida del perdedor, del joven que no veía a los “bacanes” del colegio como adversarios, sino como algo a lo que aspiraba ser. Y para eso había que hacer de todo, escalar, ser alguien o incluso filmar películas para que las mujeres, su gran objetivo, lograran tomarlo en cuenta por lo que quería mostrar que era.

Todo era posible. Los parámetros morales y éticos no eran relevantes cuando se estaba logrando lo deseado. Y eso los medios lo rescataban, le hacían entrevistas aplaudiendo su capacidad de no comprometerse con nada más que él mismo y sus ganas de seguir acumulando éxitos de taquilla. Cuando le preguntaban algo profundo, escapaba fácilmente, diciendo alguna tontera que pasaba por irreverencia o rebeldía, cuando lo cierto es que era el modelo del joven que el mercado buscaba para contarnos que ya no existían barreras para lograr lo que se quería.

Sus películas no eran malas, sino muy malas. Pero eso no importaba, total estaba llegando a otro público, a uno menos político, que buscaba menos historia reciente de Chile para así verse reflejado en malas copias de comedias norteamericanas. Por esta razón es que las críticas de expertos en cine le parecían al director un obstáculo e incluso decidió no someterse más a sus opiniones, no haciendo funciones de prensa. No quería que ser tocado ni enfrentado por quienes le pudieran decir algo que no quería escuchar. Su intelecto es tan frágil que cualquier intento de detener su filosofía del “todo vale” lo puede destruir.

Pero eso se le olvidaba cuando había quienes lo adulaban. Podría haber uno que otro amargado crítico que no entendiera su forma de trabajar. Sin embargo, había medios completos que le decían que lo había logrado; que había obtenido finalmente el estrellato sin nunca haberse aferrado a ningún valor trascendental ni macizo, ya que no existían. Y si aún quedaba algún vestigio de ellos en la sociedad, tomarlos en cuenta era de perdedores. Grupo al que ya no pertenecía.

Por esto digo que me encontré con un pobre tipo en las páginas del artículo de Sábado. Pero un pobre tipo que ha sido aleonado por los mismos que hoy recogen sus denuncias y rasgan vestiduras, porque si hay algo claro es que la mediocridad se vuelve peligrosa cuando se le da algo de poder. Y a Nicolás y su mediocridad le dieron algo de poder quienes hoy se quieren poner del lado del “bien” haciendo notas sobre sus brutalidades. Qué pena tu vida, pero así es el negocio.

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