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Opinión

Recuperar el alma

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"¿Será Trump el último espasmo de una sociedad estadounidense en retirada y Biden el presidente de transición hacia una sociedad más plural? Y de triunfar Biden, ¿logrará generar un clima de diálogo y de acuerdos para acometer los gigantescos desafíos en el horizonte?"

28 de Junio de 2020

La carrera por el sillón presidencial de la nación más poderosa de la tierra, Estados Unidos, sigue su curso, a pesar del COVID19 y sus efectos. El martes 3 de noviembre sabremos quien será el nuevo gobernante de ese país. Siendo la principal potencia mundial, nunca ha sido indiferente quien detente la presidencia de los Estados Unidos y, en la coyuntura actual, el resultado parece más relevante que nunca.

Ya conocemos al presidente Donald Trump. Cuando inició su anterior campaña en las primarias republicanas, como un “outsider” recién incorporado a las filas del partido, prácticamente nadie le daba posibilidades. Y terminó venciendo contundentemente a todos sus adversarios y, de paso, controlando el partido. Su éxito, que se inserta en una serie de eventos de los últimos años que han descolocado las predicciones de expertos y sorprendido a la mayoría, constituye un fenómeno de análisis del cual se seguirán extrayendo lecciones en los próximos años. Su promesa de “drenar el pantano”, en alusión a la captura del poder por los políticos de Washington, sin duda que tocó una fibra en parte importante del electorado que sentía que el status del país no se condecía con sus propias condiciones. Fue un grito de protesta y furia contra un estado de cosas, bajo la percepción de la existencia de una desconexión entre la política y las necesidades reales de la gente.

En distintas partes del mundo durante estos años, las personas votaron o tomaron opciones que alteraban radicalmente las circunstancias (Brexit, Bolsonaro, López Obrador, solo por mencionar algunos casos). Las explicaciones que se dan para este patrón de conductas, van desde una reacción al modelo de globalización, hasta una severa crisis de la democracia representativa, pasando por razones domésticas de hastío con la prolongación en el gobierno de ciertos partidos o alianzas.

En el caso de Estados Unidos, la política del país venía experimentando un creciente antagonismo y polarización. El Partido Republicano en particular, venía derivando hacia posiciones más extremas de derecha, una de cuyas tempranas manifestaciones fue el Tea Party, movimiento interno que promovía, entre otras cosas, una reducción del Estado y la rebaja de impuestos. Este grupo consideraba también que el país venía debilitándose y que había que regresar a sus raíces. La irrupción de Trump con su lema “make America great again” se dio en ese contexto y aceleró el proceso de transformación del partido, pasando a ser controlado por las posturas ideológicas más duras.

Aunque ganó con menos votos a nivel nacional que su rival (en atención al sistema indirecto del Colegio Electoral), dejó en evidencia que había un segmento relevante de la población que se sentía marginado del progreso del país.
Durante todos estos años, Trump ha procurado complacer a este grupo. Tempranamente abandonó la negociación del TPP y forzó la renegociación del NAFTA, entre otros acuerdos, para equiparar condiciones que consideraba lesivas para la industria estadounidense, bajo una mirada mercantilista. Abandonó asimismo el Acuerdo de Paris para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, de manera de no imponer cambios sustantivos a su matriz industrial, e impulsó una guerra comercial con China, que persiste hasta ahora.

Desde la perspectiva económica, sus 3 primeros años fueron gloriosos. Heredó un ciclo muy positivo del presidente Obama (aunque no quiera reconocerlo), y factores locales como una reducción de impuestos y un contexto internacional favorable, siguieron empujando la economía con un récord de generación de empleo. Con esto, sus posibilidades de reelección parecían imbatibles y sus diatribas permanentes contra cualquiera que se le cruzara en el camino, así como el recurso a todo tipo de artimañas políticas que hace rato rompieron los estándares mínimos del pudor (incluso para el “pantano” que dijo drenaría), eran toleradas en función de sus resultados económicos.

Pero la aparición de un “virus chino” vino a cambiar radicalmente el panorama. Quien hasta hace unos meses se reía de esta nueva “cepa de resfrío” y aseguraba que su impacto sería muy menor, está viendo como todos esos supuestos se han derrumbado y el país no solo enfrenta una pandemia con su secuela de muertes, sino también una contracción económica sin precedentes. Esto amenaza sus posibilidades de reelección.

Por el lado del Partido Demócrata, el candidato Joe Biden, de 77 años, ha tenido que recorrer un arduo y accidentado camino para consagrarse como el representante de su partido. Partió débil, a pesar de ser el favorito para los expertos (su derrota se hubiera sumado a la tendencia de los cambios imprevistos), pero logró sobreponerse (incluyendo acusaciones de conductas inapropiadas con mujeres y el intento de Trump de anularlo por supuestos negocios turbios de uno de sus hijos en Ucrania) y vencer al popular senador Sanders. Pero cuando ello ocurrió, la diseminación del coronavirus impidió su despliegue en terreno y lo dejó en un segundo plano, frente al protagonismo presidencial. Trató de adaptarse a las circunstancias, haciendo intervenciones remotas desde su sótano, lo que causó las burlas de Trump y de los republicanos, que asimilaron eso al nivel de su política.

Pero otra circunstancia vino a abrirle definitivamente la oportunidad de triunfar en los comicios: la muerte de George Floyd. La muerte de este afroamericano por abuso policial fue una chispa que incendió la pradera y caló hondo, especialmente en las minorías y en los jóvenes. Biden se sumó inmediatamente a los que condenaron el hecho, al mismo tiempo que llamaba a no recurrir a la violencia para protestar, mientras que el presidente Trump atizaba los ánimos, centrándose en la represión de las protestas.

Actualmente Biden está 10 puntos arriba de Trump en las encuestas (51% contra 41%) y lo supera en 3 de los 4 estados que le dieron la victoria en 2016. 75% de los negros lo apoyan y entre las mujeres está 22 puntos arriba de Trump. También lidera entre los hispanos. Trump solo lo aventaja levemente entre los blancos. Si no comete grandes errores y Trump no logra enderezar el timón económico y sanitario, o mostrarlo como una peor opción para salir de la crisis, debiera ser el vencedor.

Su lema es “recuperar el alma de la nación” y su propósito es sanar al país del estado de división creciente en el cual se encuentra. Donde Trump busca imponerse, él quiere consensos, lo que implica dialogar y ceder. Busca recuperar los valores del país que el actual mandatario ha corrompido con su propuesta rupturista y divisoria.

Sus 36 años como senador (fue electo a los 29 años) por el estado de Delaware y sus 8 años como vicepresidente de Obama (“el mejor vicepresidente de la historia del país” según el mismo Obama), le dan una amplia experiencia del gobierno y del mundo, en momentos en que se requerirá de mucha pericia para salir del atolladero.

Además de su experiencia en las más altas esferas del poder estadounidense, si hay algo que caracteriza a Biden, es su resiliencia. El mismo día que fue electo senador por primera vez, perdió a su esposa en un atropello junto a su hija de 1 año. Quedaron heridos sus 2 hijos, logrando sobrevivir. El mayor, Beau Biden, carismático y con una auspiciosa carrera política, murió en 2015 de un tumor cerebral a los 46 años. Antes de morir le hizo prometer a su padre que seguiría trabajando por el país, aspirando a la presidencia (esto quedó en sus memorias póstumas “Prométeme Papá”).

Biden debe nominar a su vicepresidente y ha anunciado que elegirá a una mujer antes de la convención que lo consagre formalmente como el candidato demócrata. Dijo que la candidata contará con capacidades y fortalezas donde él tenga debilidades. De triunfar esta dupla, sería la primera vez que una mujer llega a la vicepresidencia del país.

¿Será Trump el último espasmo de una sociedad estadounidense en retirada y Biden el presidente de transición hacia una sociedad más plural? Y de triunfar Biden, ¿logrará generar un clima de diálogo y de acuerdos para acometer los gigantescos desafíos en el horizonte?

Desde el otro lado del continente, le deseo el triunfo señor Biden. Comparto con usted su convicción de no renunciar nunca a tender puentes, de llegar a acuerdos con los rivales políticos, especialmente en tiempos de polarización y de culto a la pureza ideológica. E pluribus unum (de muchos, uno) uno de los lemas de su país, nunca ha tenido más sentido.

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