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Opinión

Reducción de parlamentarios: la venganza del gobierno contra un Congreso opositor

Reducción de parlamentarios: la venganza del gobierno contra un Congreso opositor Reducción de parlamentarios: la venganza del gobierno contra un Congreso opositor

Lo cierto es que en el sector gobernante no entienden de qué se trata una República, confunden gobernar con administrar una empresa.

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

3 de Junio de 2019

Era una ocasión especial la del sábado recién pasado. Era una Cuenta Pública fuera de lo normal, ya que iba a ser en horario prime y todo cambiaba. Ya no había personas vestidas para un evento matinal, sino de noche, de gala, con más colgajos las mujeres y más corbateados los hombres, como amerita esa República que tanto queremos conservar en las formas y no así en el fondo.

El Presidente era el más feliz. Llegaba al Congreso con toda la pompa republicana, con todos los símbolos que nos hacen sentirnos más democráticos, más legalistas y guardianes de “lo que se puede hacer” en materia institucional. Piñera era el jefe de Estado, no el personaje que llevaba a sus hijos a hacer negocios a una gira presidencial, ni el multimillonario que no paga sus contribuciones hace treinta años. Eso no parecía importar, ya que la banda que cubría su cuerpo parecía un escudo para esa figura tan cuestionada.

Cuando entró al hemiciclo, los aplausos se sentían con fuerza. Señoras curiosamente entusiastas se acercaban a Piñera como si fueran sus fanáticas. Parecía una buena puesta en escena para dar un mensaje de popularidad y cariño hacia el mandatario que no se ve por ningún lado. Era convertir a un especulador y apostador en un estadista, como si sus ojos estuvieran puestos en intereses más amplios y a largo plazo que su personalidad eternamente transitoria.

Cuando comenzó su discurso, toda esa pompa cayó por su propio peso. Piñera comenzó a hablar de seguridad y delincuencia como quien hace una cuenta pública en una alcaldía. Todos sus eslóganes de corto alcance eran aplaudidos por un oficialismo que creía estar ante la presencia de un gobierno transformador, pero ciertamente eso no sucedía. Solo se trataba de poner énfasis en cosas que no lo necesitaban. Urgía poner en pantalla muchas cosas chicas para que no se notara la ausencia de grandes. Había que instalar la idea de gobierno gestor, para así no hacer notar el vacío de política en muchos de los anuncios.

Y es que la política es molesta para quienes creen que el ejercicio del poder se basa solamente en imponer ideas y vestirlas de acuerdos. Eso quedó más que claro en tal vez el anuncio más revelador del espíritu de este gobierno. El que busca reducir parlamentarios y limitar su reelección. Mientras el Presidente contaba la iniciativa, ministros y parlamentarios de derecha gritaban ¡sí se puede!, mostrando su rabia hacia el ejercicio público de manera pocas veces tan clara. Parecían twitteros indignados en vez de miembros fundamentales para llevar a cabo el funcionamiento político de un país.

La razón de esto es simple: por más que les guste toda la majestuosidad republicana, lo cierto es que en el sector gobernante no entienden de qué se trata una República, confunden gobernar con administrar una empresa, y se vuelven locos cuando un Congreso con mayoría opositora no hace lo que ellos quieren. Por eso es que esto lo ven como una reducción de personal. Como una empresa que necesita lograr utilidades arriesgando personas, debates, conversaciones y cuestionamientos. De lo contrario lo habría reinado la felicidad en las filas opositoras. Parecía que estuvieran sacándose un peso de encima, pero sobre todo aplicando una venganza nada de sutil debido al fracaso de una mala estrategia de acuerdos, la que pretendía imponer sobre qué se podía o no acordar algo.

Lo preocupante de esto, aparte del populismo expresado en esa iniciativa legislativa, es que el anuncio presidencial concuerda bastante con una sensación ambiente que transmite no solo el desconocimiento del funcionamiento de una democracia liberal, sino también las ganas de algunos de que las instituciones públicas funcionen según la lógica privada. Y eso es sumamente peligroso.

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