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Opinión

Todas las voces

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"La nuestra es una historia tremenda, una especie de asesinato en serie que afectó a una sola familia, que supo no sobrevivir, sino vivir y proyectarse. Somos frutos de ello".

Sergio España Ramírez

Por


Socio Subjetiva

26 de Marzo de 2019

Foto: Teatro de Magaly Ramírez con sus nietos y amigos (Buin, 2001)

Escribo por primera vez una columna personal. Lo hago desde el dolor y desde allí espero llegar a una reflexión más general, que involucre a otros, más allá de la empatía con mi dolor.

El pasado 20 de marzo Alia Trabucco Zerán presentó su libro Las Homicidas (Lumen, 2019) que analiza los casos de cuatros mujeres, de verdaderas malhechoras, de asesinas confesas, de seres al borde lo irreparable, pero que son cruciales para un feminismo que busque abrir el abanico afectivo de hombres y mujeres, señala la autora. Entre ellas se encuentra Teresa Alfaro, quien asesinó a nuestra abuela y 3 hermanos entre 1960 y 1963. Busca su motivación en las “evidentes tensiones de clase y género, consecuencia de lo cual se estableció una disputa en por los roles de madre, esposa, trabajadora y mujer entre la víctima (Magaly Ramírez) y la victimaria (Alfaro). Todo su análisis se basa en el fallo del ministro en visita Julio Aparicio del 5 de abril 1965. Ello, además de 13 notas de la prensa de la época, descartando cualquier entrevista a testigos o visita a la comuna en que ocurrieron estos crímenes (describe una casona que no conoce pero que está en pie y dista de esa definición). Para su elaboración teórica, cita sin embargo, 149 autores.

El análisis de Trabucco asume como evidencias un supuesto triángulo amoroso entre Sergio España, Magaly Ramírez y Alfaro (citando la crónica roja de la época); señala presiones continuas de ellos para que ésta abortara (teniendo la declaración de Alfaro como única fuente), relata la supuesta merma del prestigio profesional de nuestra madre (no señala fuente) y culmina afirmando que aún se encuentra viva (murió el 2 de abril del 2017).

En otros espacios he aclarado en detalles las omisiones y errores en que incurre Trabucco para sustentar una tesis.

Asumo más bien el desafío de la propia autora: dar voz a estas mujeres homicidas a quienes, cree, Chile quiso olvidarlas. ¿Qué llevó a una mujer de 24 años, de escaso nivel educacional, con dificultades de expresión, a envenenar a 4 personas, incluido un recién nacido de 16 días? Nuestra familia se ha preguntado lo mismo, en silencio, durante 6 décadas. Mis padres murieron con esa duda.

Pero este ejercicio de dar la voz a algunas mujeres no puede ser a costa de las voces de otras mujeres, las de las víctimas (mis hermanas, mi abuela, mi madre). Así Trabucco asume ese camino y –paradójicamente- termina yendo en el sentido contrario a una de las razones del feminismo: sumar voces, con todos sus dolores, superar prejuicios y hacerlas presentes, para construir demandas que puedan modificar condiciones materiales y simbólicas que han violentado muchas veces sus derechos y sueños.

En los mismos años en que ocurrieron los crímenes de Alfaro, y que Trabucco analiza en la búsqueda de su tesis, Chile vio cómo las consignas ideológicas en la práctica silenciaban las voces de los otros. Consignas que muchas veces se sostenían solo en la espesura de los libros y en no las voces de millones de personajes anónimos. De esta manera, el intento a toda costa de implantar ciertas categorías de análisis impide un diálogo; la crítica se vuelve difusa; y la auto convicción reemplaza la realidad. Ese el riesgo que observamos, desde el dolor, en el libro de Trabucco, pero que de alguna manera se expresa en otros ámbitos.

La nuestra es una historia tremenda, una especie de asesinato en serie que afectó a una sola familia, que supo no sobrevivir, sino vivir y proyectarse. Somos frutos de ello. Esta historia merece ser contada correctamente para efectivamente aportar a la lucha de las mujeres en asumir a plenitud sus roles.

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