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Opinión

Tranquility Base Hotel & Casino de Arctic Monkeys, bienvenida adultez

Tranquility Base Hotel & Casino de Arctic Monkeys, bienvenida adultez Tranquility Base Hotel & Casino de Arctic Monkeys, bienvenida adultez

"Con eso los Arctic Monkeys manifiestan que no son una agrupación complaciente; inquietos y audaces proponen un rock que se transforma constantemente y su cabecilla se posiciona como el crooner del siglo XXI".

Bárbara Alcántara

Por


Periodista especializada en música. Instagram: chicarollinga

Era inminente. Arctic Monkeys entregó señales de mutación desde “Suck it and see” (2011), con melodías que los acercaron al pop y destaparon la capacidad compositiva de Alex Turner. Luego llegó AM (2013) donde afloró el rhythm and blues mezclado con poderosas guitarras rockeras.

Sumado a eso, el líder de la banda desnudó su transformación en su proyecto paralelo, The Last Shadow Puppets cuyo último EP, “The Dream Synopsis” (2016), fue determinante para el cambio de piel del denominado geniecillo del rock independiente, con las versiones que incluyeron de Jacques Dutronc y Leonard Cohen.

Precisamente con Cohen hay un punto de quiebre, el poeta e intérprete canadiense fue una influencia medular para “Tranquility Base Hotel & Casino”, dueño de letras redentoras, brutalmente honestas y seductoras que también evocan a Nick Cave y hasta al mismísimo Serge Gainsbourg, cuyo espíritu se paseó sin disimulo por el estudio de grabación en París, donde fue concebido gran parte del disco.

Al mismo tiempo, Turner leía la sombría novela “La broma infinita” de David Foster Wallace y escuchaba la banda sonora de la película de cine negro, “El silencio de un hombre” (1967) del francés Jean Pierre Melville. Ambos elementos fueron inspiradores para el hombre de treinta y dos años, quién reconoció en una entrevista con el sitio español Mondonosoro que también quiso insertar fragmentos de ciencia ficción, perceptibles en los sintetizadores old school que además le dan un toque tipo música popular italiana de los setentas.

El punto de unión de las once canciones es la reposada sensualidad, es un disco derechamente sexy, que se evidencia con teclados dramáticos, un piano protagónico y guitarras bluseras. Si eso se abraza con la profunda interpretación del hombre tras “Cornerstone”, tenemos una pieza de una elegancia insoslayable. Sus delicados arreglos convierten a la obra en un producto interesante y sofisticado, pero no se puede dejar de mencionar que pareciera ser un trabajo solista de Alex y no de los chicos de Sheffield.

Sin embargo, la firma del cuarteto está bien estampada y con eso los Arctic Monkeys manifiestan que no son una agrupación complaciente; inquietos y audaces proponen un rock que se transforma constantemente y su cabecilla se posiciona como el crooner del siglo XXI.

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