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Opinión

TVN

Cuando en los años 60 partió la televisión, el mundo era muy distinto. Lo que llamamos la esfera pública estaba restringido a la información y a los debates que se expresaban a través de la prensa escrita. Lo que se conocía, aquello de lo que hablábamos en común y, sobre todo, quienes hablaban, estaba todo contenido en esos medios. Se discutía con formas y contenidos mediados por la prensa, por sus medios, por sus voceros. La esfera de lo público se expresaba en una cantidad muy acotada de información. La audiencia de la esfera pública se limitaban a quienes podían acceder a la prensa, porque sabían leer, porque la compraban y les interesaba. Finalmente, a una pequeña élite.

La televisión venía a cambiarlo radicalmente. La televisión llegaría a los hogares, a los dormitorios, a la cocina, a todo el hogar. Ya no sería necesario saber leer para saber qué ocurría, bastaría encender la televisión. Por eso se planteó la preocupación por dar un “buen uso” de este nuevo medio. Se quería que entretuviera y educara. Para eso se entregaron las señales de televisión a Universidades y al Estado. Se tenía la idea de que un medio con esa capacidad de llegada y de impactar, no podía caer en “malas manos”.

Así era el mundo, así se quiso regular, así comenzó la televisión estatal.

Ahora ya no es así, hoy todo es muy distinto.

Por lo pronto, las universidades dejaron de mantener sus canales, ni la Universidad Católica, ni la UC de Valparaíso ni la Universidad de Chile, siguieron con sus canales. En algún momento la televisión perdió cualquier aspiración cultural o educacional. La televisión pasó a ser un negocio de crear audiencias para vender publicidad, y a las universidades no les interesó continuar. El modelo de negocio, para ser exitoso, debía sustituir la cultura por la entretención fácil, a veces vulgar, simplona y morbosa.

Así se fueron las universidades, no sólo por idealismo, también porque el negocio dejó de ser fácilmente rentable. La exclusividad de la televisión se perdió, primero con el cable y después con todas las alternativas digitales, desde servicios de suscripción por internet hasta redes sociales.

Pero el Estado, a través de su empresa TVN, no tuvo problema para mutar en este nuevo mundo, y sin problemas se asimiló hasta ser indistinguible de cualquier otro canal. No hay bien público provisto por TVN, es sólo otro canal más. No hay cultura, no hay valores distintos, sólo hay matinales ramplones, teleseries más o menos exitosas, programas juveniles, superficiales noticias y todo lo que conocemos. Nada muy bueno, nada muy culto, nada socialmente muy valioso. Peor aún, el cambio hacia la televisión como negocio de audiencias, desarrolló ese mercado de los “rostros”, los expertos en audiencias, los actores de malas/populares teleseries, anormalmente bien pagados.

Todo se justificaba porque estos “rostros” atraían al público y la audiencia y con ellos los ingresos publicitarios.

Eso lo justificaba todo, transmitían basura, pero ganaban plata.

Se acabó. La publicidad, a nivel mundial y en Chile, se movió a la mucho más focalizada y barata publicidad digital.

Hoy todos, menos un canal, pierden plata. El que más, TVN.

La televisión estatal ya no tiene como seguir justificando las transgresión a su misión original, sus sueldos desmedidos y la falta de originalidad. No da nada valioso y pierde plata, y no podemos olvidar, que perder plata del estado, es restar recursos valiosos para programas sociales.

¿Por qué seguir con eso?¿Por qué debemos financiar con cargo a menos gasto social las pérdidas de TVN?
El problema con TVN no es cuanto gana su director ejecutivo o sus muy privilegiados rostros, el problema es que lo que ganamos como sociedad por financiar esos privilegios es: nada.

Ser del Estado no transforma a TVN en un bien público, si su único aporte distintivo es aumentar el gasto del gobierno, es más bien un mal público.

Ya es el momento de ponerle el cascabel al gato y terminar con la TVN de los rostros, la televisión vacía y los sueldos millonarios.

A lo mejor todavía hay espacio para un canal más modesto, menos masivo, menos ramplón, pero más fino, más culto de más calidad.

Si no, mejor hacer como las Universidades y dejar que el Estado salga de la televisión.

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