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Opinión

Un trozo de tela sobre las piernas

Un trozo de tela sobre las piernas Un trozo de tela sobre las piernas

"Nada de eso transforma a la mujer en objeto, salvo que quien la observe crea, al igual que el presidente, que nuestros cuerpos están ahí para 'mantener la atención' de un otro, y no que somos personas".

Karen Denisse Vergara Sánchez

Por


Periodista e investigadora en temáticas de género y violencia

“Vamos a aplicar el viejo y sabio principio de la minifalda, que tiene que ser lo suficientemente larga para cubrir lo fundamental y lo suficientemente corta para mantener la atención”, esa fue otra de las “anecdóticas” frases del presidente Sebastián Piñera, esbozadas, cómo no, en un acto de desarrollo comunitario, en un evento oficial, validando una vez más la intencionalidad de hacernos sentir un objeto, similar a los comentarios que en innumerables ocasiones ha realizado hacia la primera dama, Cecilia Morel, los cuales pasan camuflados entre las bromas del matinal de turno que busca retratar una realidad caústica sobre las relaciones de pareja, disfrazadas de “amor”.

¿Cómo podemos creer en políticas de gobierno que ayuden a prevenir la violencia hacia las mujeres si el primer representante del país no es capaz de medir sus palabras? ¿Podemos creer en la efectividad del trabajo conjunto en prevención de violencias y femicidio si seguimos escuchando bromas acerca de nuestra ropa y de nuestra “reputación” cargadas de morbo? Aún resuena en mi mente, y en la de muchas mujeres aquella frase infame “Vamos a jugar un juego: todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos”.

Minifaldas hay de lana, algodón y spandex. Las hay ajustadas, tableadas y vaporosas. Algunas llevan cierre, otras botones o simplemente se estiran hasta contornear las caderas, y pueden estar manchadas de sangre, tierra, incluso semen. Otras tienen manitos de chocolate estampadas por donde bordean los muslos, restos de témpera o presentan una arruga como acordeón en el trasero, de tanto ir sentadas en la micro y la oficina, nada de eso transforma a la mujer en objeto, salvo que quien la observe crea, al igual que el presidente, que nuestros cuerpos están ahí para “mantener la atención” de un otro, y no que somos personas.

Cuidado con estos discursos que bromean con nuestro cuerpo en un país donde aún no tenemos pleno derecho sobre él. Donde aún hasta las tres causales de aborto han sido la piedra de tope de muchas mujeres derivadas, tramitadas, pasadas a llevar por el sistema que quiere seguir decidiendo por ellas.

Pero cuidado, también, que ahí van las mujeres con minifalda, siendo mucho más que una pedazo de tela que revela un poco de carne. Esas faldas van por ahí construyendo historias, negocios, familias, y algún día alzarán la voz, cansadas de que el mandatario de turno sienta que tiene un poco de poder para decidir sobre la moral y el morbo en que las encierra. Se ha dicho en innumerables ocasiones: las herramientas del amo no desmontan la casa del amo. Estoy de acuerdo, la pregunta ahora es ¿qué hacemos?

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