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Opinión

Una desafección histórica del votante chileno: las tardías reformas

Una desafección histórica del votante chileno: las tardías reformas Una desafección histórica del votante chileno: las tardías reformas

"El Gobierno actual, con sus errores, dificultades y también con sus pecados, buscó acometer la ingente tarea de transformar el país y mientras sus logros constituyen una materialidad para muchos, la sociedad en su conjunto permanece inmóvil".

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Economista y director de la Escuela de Sociología de la U. Academia de Humanismo Cristiano.

Recostado sobre un neumático, bajo el sol que calcina implacable un peladero de tierra, el personaje observa con los ojos entrecerrados a un funcionario que, de pie frente a él y vestido impecablemente, intenta en vano transmitirle la preocupación del nuevo Gobierno local por la situación de los pobladores y la necesidad de establecer un diálogo. El personaje escucha en silencio y luego, mientras le observa alejarse, replica: “…Tuvieron tanto tiempo y ahora recién se acuerdan de los ‘locos’, ahora que nos volvimos ‘locos’.”

Este pasaje de la película “Caluga o Menta” de Gonzalo Justiniano reflejó dramáticamente en 1990 el deterioro social que habían experimentado los jóvenes de los sectores populares tras finalizar la dictadura. Sobre esto, que se presentó como una expresión de marginalidad social, revisitado en el presente, nos pone frente al fenómeno político de la desafección.

El día después de una nueva elección presidencial, nos asalta una interrogante difícil de resolver. ¿Cómo el Gobierno más transformador de la historia de la transición chilena, ha enfrentado abrumadores obstáculos para transmitir su legado? El inventario de las transformaciones señaladas es largo y entre las más importantes, está la tributaria, las del sistema educacional y carrera docente, el acuerdo de unión civil, el fin del sistema binominal y la despenalización del aborto en las tres causales. A lo cual se suma el inicio del proceso constituyente.

Desde distintas vertientes se puede alegar que resultan insuficientes frente a los imperativos de equidad y desarrollo de nuestra sociedad, lo que sin duda es verdadero. Sin embargo, constituyen innegables avances, más aun considerando los obstáculos que han debido sortear estas iniciativas, originados no solo en la derecha opositora, sino también en sectores de la propia coalición gobernante.

La variable clave que los entendidos manejan a la hora de analizar los resultados electorales, es la participación. Al tomar como variable relevante de participación a los votantes en las elecciones presidenciales anteriores, sobre el universo de las personas que tenían edad para votar, el resultado es desolador.

1989 = 87,6%
1993 = 84,8%
1999 = 69,0%
2005 = 63,5%
2009 = 59,2%
2013 = 50,9%

Si lo vemos en términos de las personas habilitadas para votar (el padrón electoral) en 1989 había 7,56 millones, lo que aumenta el año 2013 hasta a 13,15 millones. Sin embargo, al observar los votantes en el mismo periodo, en 1989 encontramos 7,16 millones de votos emitidos, frente a los 6,70 millones del año 2013. Es decir, mientras los que pueden votar aumentaron un 74%, durante el periodo, los que votan efectivamente se redujeron un 7%.

En el deterioro continuo de la participación destaca el año 1999 en que hubo 1,83 millones de nuevas personas en edad de votar respecto a la elección anterior, pero lo hicieron efectivamente 111 mil menos, lo que implica una pérdida de participación de 16 puntos. El otro hito importante es en la última elección del 2013 en que se perdieron 8 puntos de participación, pero en el contexto del voto voluntario.

Empeora notablemente el escenario, la distribución territorial del abstencionismo. Mientras en Vitacura la abstención no supera el 25%, en La Pintana llega al 80%. En casi treinta años el sistema político no fue capaz de convocar nuevos electores y por el contrario, parece haber perdido incluso una parte de los que ingresaron en 1989. Pero, ¿qué pasó en 30 años que ha provocado este colapso?

Me atrevo a pensar que el fin de la dictadura desató los anhelos de justicia y libertad largamente constreñidos por una violenta exclusión, los que; sin embargo, debieron ser relegados mientras los nuevos gobiernos buscaban hacer ‘buena letra’ frente a los ‘mercados’ y los llamados ‘poderes fácticos’. Así, la promesa del ‘crecimiento con equidad’ terminó, por el contrario, alimentando la brecha distributiva, al tiempo que la justicia y reparación vino a cuenta gotas.

En ese continuo de deterioro de las expectativas, el triunfo de Ricardo Lagos en 1999 marca una inflexión. Aparece como la última oportunidad para torcer el destino de una sociedad cada vez más excluyente y en que la prosperidad de unos pocos que aplaudían los logros macroeconómicos, contrastaba con la agobiante sensación de inequidad del resto.

Era el momento de proponer la reconstrucción del sistema tributario para inyectarle justicia distributiva, de promover una sociedad de derechos, de terminar con el sistema binominal y avanzar a una nueva constitución. Todo en un contexto en que el mundo exploraba tímidamente nuevas formas de progresismo. Ello no ocurrió y las razones, si las hay, ya no importan. La respuesta a esa ausencia, fue el masivo repliegue de los electores. La desafección.

El Gobierno actual, con sus errores, dificultades y también con sus pecados, buscó acometer la ingente tarea de transformar el país y mientras sus logros constituyen una materialidad para muchos, la sociedad en su conjunto permanece inmóvil. Mientras los analistas de ayer se preguntaban ¿por qué los jóvenes no se inscriben?, hoy se interrogan con la misma escasa utilidad ¿por qué la gente no vota?

Como una pista de baile que se vacía paulatinamente a medida que la madrugada se acerca, resaltan los estertores de bailarines esperpénticos que no pueden desplegar sus ‘estilos’ cuando la pista está más concurrida. “…Tuvieron tanto tiempo y ahora recién se acuerdan de los ‘locos’, ahora que nos volvimos ‘locos’.”

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