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Opinión

Votar con miedo

Votar con miedo Votar con miedo

"La campaña no se trata de esas promesas, se trata del miedo al otro y de la capacidad que ese relato terrorífico tenga de asegurar el voto".

Óscar Marcelo Lazo

Por


Neurobiólogo y Doctor en Fisiología. Investigador en el UCL Institute of Neurology. @omlazo

Muchos de nosotros pasamos varios meses sin saber por quién íbamos a votar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Y no por falta de convicciones políticas, más bien porque había buenas razones para no votar por cualquiera de los candidatos. Programas cada vez más vacíos, promesas sin bajada, rostros sin coordenadas políticas creíbles o rodeados de aliados absolutamente indeseables.

Fue una elección francamente difícil hasta el momento mismo de votar. Muchos me contaron, sorprendidos de sí mismos, que cuando se enfrentaron al voto no fueron capaces de llevar adelante lo que tenían planeado y cambiaron su decisión. Y eso es decir muchísimo. En general, se acepta que las opiniones políticas son de las más vigorosas y persistentes del comportamiento humano. Por eso, el cambio de voto a último momento solo se explica por falta de convicción o escaso anclaje emocional. Acaso no se trataba de una decisión definitiva. Probablemente había algunos candidatos por los que sentíamos gran aversión y no habríamos votado jamás, pero los demás nos resultaban hasta cierto punto indiferentes y quizás muchos fuimos permeables al clima emocional del entorno.

Cuánto de eso explica las sorprendentemente altas votaciones de José Antonio Kast y Beatriz Sánchez, la fuga de votos de Sebastián Piñera y la definitivamente escasa votación de la candidatura de Carolina Goic, no es seguro. Pero el cambio de voto en la cámara secreta es un fenómeno interesante en sí mismo.

Ahí se dirigen hoy las estrategias de campaña de Sebastián Piñera y Alejandro Guillier, a acentuar la aversión por el otro candidato. Para que no haya sorpresas, ni cambios de última hora, ni indiferencia desatada, los candidatos han apostado a una de las emociones más poderosas que los humanos somos capaces de experimentar: el miedo. Muchos partidarios de Alejandro Guillier han hecho campaña enfatizando que Piñera ha prometido desmantelar las políticas sociales desarrolladas por el gobierno de la Presidenta Bachelet. El propio Sebastián Piñera ha dicho que “Guillier se parece cada vez más a Maduro” y una proporción incomprensiblemente alta de sus partidarios ha hecho eco de la absurda tesis de que Guillier aspira a convertir a Chile en otra Venezuela. Con ello pasan a tocar uno de los sesgos cognitivos más sensibles: la aversión a la pérdida, la regla según la cuál le asignamos mucho más valor a algo que ya nos pertenece que a la idea abstracta de poseer algo nuevo. Cuando una candidatura amenaza con que perderemos algo que tenemos por nuestro, se activan toda clase de alarmas.

Piñera ha tenido que prometer continuar y hasta expandir la gratuidad de la educación superior. Guillier ha tenido que moderar a los sectores de más a la izquierda del conglomerado que lo apoya y consolidar una propuesta gradualista y económicamente cautelosa. Pero nada de ello les hará ganar nuevos electores, esas afirmaciones simplemente se convierten en las armas que sus partidarios usarán para desestimar las acusaciones de los otros. La campaña no se trata de esas promesas, se trata del miedo al otro y de la capacidad que ese relato terrorífico tenga de asegurar el voto.

El gran riesgo lo correrá el que se desespere y anuncie catástrofes tan descomunales, que termine arrojando el miedo sobre sí mismo. Guillier lo sabe y ha tratado de tomar distancia. Piñera ha insinuado un fraude en la primera vuelta que no solo es contrario a la evidencia, es también amenazar lo que el votante más valora. Y quizás con ello logre desincentivar el frágil voto voluntario, devaluarlo y ganar gracias a su votante duro. Pero por ahora esa amenaza brutal ha hecho reaccionar a Beatriz Sánchez y a muchos indecisos en contra de la candidatura de Chile Vamos, que parece haber transgredido ese sutil límite entre usar el miedo y dar miedo. Y acaso cruzar ese límite le cueste la elección. Quién sabe.

El miedo es irracional, vertiginoso. Lo procesamos antes con las vísceras que con el cerebro. Primero se acelera la frecuencia cardíaca y cambia el patrón de respiración, se vuelve corta, irregular. Se incrementa la atención al entorno, ante un eventual episodio de miedo, se contraen los músculos inferiores de la boca, que se curva hacia abajo, quizás se abran mucho los ojos y suban las cejas. Todo eso mucho antes de constatar que tenemos miedo. En el límite del terror acaso temblemos y estemos listos para escapar, no solo físicamente; también para evadir, para mantenernos lejos del peligro real o simbólico. Y entonces tal vez nos hagamos conscientes de que tenemos miedo, pero eso no significará que seamos capaces de abstraernos de esa emoción.

El miedo es importante. Cuenta la historia de la medicina acerca de una paciente llamada por sus iniciales S.M., y que nunca ha sentido miedo. Debido a una condición genética, sufrió un enorme daño bilateral en un núcleo del cerebro llamado amígdala que contribuye a la integración de las claves corporales y la consolidación de las memorias afectivas. Como consecuencia ha debido vivir en un mundo desprovisto de miedo, lo que la hace hipersociable, desinhibida, pero también la ha puesto en graves riesgos, habiendo sido amenazada de muerte en varias ocasiones, con arma blanca y de fuego, y casi fue asesinada como víctima de violencia doméstica. El miedo nos pone a salvo, nos hace reconocer aquello que racionalmente no logramos distinguir, pero no que no queremos cerca nuestro. Aquellas diferencias entre las alternativas que quizás no son visibles a simple vista, pero nos producen emociones muy diversas.

Pero las respuestas inspiradas en el miedo son gruesas. No saben de matices. No razonan. Se trata de defenderse peleando o de escapar a toda prisa.

Por eso es importante decirlo ahora: vaya a votar en la segunda vuelta. Incluso si encuentra que Piñera y Guillier son iguales, ambos traidores para la tradición conservadora de Kast, o ambos insuficientes en las reformas necesarias para el Frente Amplio y las candidaturas más a su izquierda. Si no logra decidirse, si se siente incómodo apoyando públicamente a uno u otro, vaya a votar y deje que su cuerpo le indique.

Enfrente el voto en blanco y tenga un poco de miedo, el justo y necesario. Y dé la pelea. O escape.

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