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Opinión

Votar por miedo

Votar por miedo Votar por miedo

Si bien cabe suponer que los derechos constitucionales más básicos no deberían correr riesgo, si hay otros artículos protectores de políticas dañinas que están en riesgo.

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Ingeniero Civil Industrial. En Twitter: @artiagoitia

7 de Septiembre de 2020

Judith Shklar nació en 1928 en Riga, Letonia, en una familia judía de influencia alemana. Con la segunda guerra mundial, y la invasión nazi de su país, su familia debió huir para evitar el holcausto letón que terminó con sólo 3.500 judíos vivos de 60.000 que habían antes de la invasión. La huida de su familia los llevó a vivir en Canadá y a Judith a doctorarse en Harvard en 1955. Su pensamiento político quedó marcado por su historia personal.

Primero huyendo por salvar su vida de los nazis y después observando su patria bajo la dictadura comunista. Ella observó la crueldad, la política sostenida sobre el odio, el poder abusivo de quienes lo detentan sin control.

Peor aún, pudo ver la corrupción de las promesas de un mundo mejor, pudo ver como ese hombre que llegó a reivindicar el orgullo alemán se convirtió en un monstruo que asoló toda Europa continental matando a judíos y otras etnias, estableciendo una tiranía sólo comparable con la que se consolidaría en URSS. Pudo ver cómo se corrompía la cultura alemana, a la que pertenecía su familia, la patria de Hegel y Nietzche, de Mozart y Beethoven, de Goethe y Schiller.

Vio también, terriblemente, que cuando un grupo puede hacerse de un poder sin contrapesos, aún en una de las naciones más cultas del mundo, podía desplegarse la barbarie en total libertad.

En 1989 escribió su libro “El liberalismo del miedo”, en él Shklar plantea un liberalismo distinto a otros. En lugar de lo que sería el liberalismo de los derechos de las personas (Locke) o un liberalismo de la eficiencia que se gana con la libertad económica y de expresión (Mill) ella plantea un liberalismo del miedo.

Para ella es más claro saber lo que se debe evitar que lo que se debe hacer. Se debe evitar que un déspota llegue al poder, que la crueldad se ejerza desde el estado, que un grupo someta al resto. Su liberalismo es uno que busca desde el miedo al mal, construir instituciones donde eso no sea posible.

Es un liberalismo en el que aprender de la historia y evitar los errores del pasado, es más importante que la esperanza en un futuro mejor. Para Shklar aprender de la historia vale más que las promesas, más que la confianza. Su liberalismo es negativo, le importa más evitar el mal que promover el bien.

La buena institucionalidad está marcada por el miedo a la barbarie y a la repetición de los errores de la historia. La buena institucionalidad, probablemente el mejor ejemplo es la constitución de los EEUU, busca que nadie pueda tener el poder de hacer el mal, dañar a otros, adueñarse del estado y usarlo para sí o su ideología. Las mejores institucionalidades, siguiendo a Shklar le temen al mal y buscan protegerse de él.

Las buenas institucionalidades buscan impedir que la crueldad se pueda ejercer desde un poder sin contrapeso, buscan que los derechos humanos no se puedan violar sin pagar, busca que la institucionalidad impida hacer el mal o simplemente hacer mal las cosas. Una buena institucionalidad es aquella que permite a los distintos gobiernos desarrollar sus programas, que pueden tener las mejores intenciones, pero no les permiten el error ya conocido ni el abuso ni el aprovechamiento. La buena institucionalidad protege a los ciudadanos de los impulsos totalitarios o demagógicos de los gobiernos.

Siguiendo a Judith Shklar, una buena institucionalidad se basa en un miedo racional a repetir los males de la historia.
En una cultura machista el miedo es mal visto. El miedo es el espacio de los cobardes. Los hombre no tienen miedo, los hombres no lloran.

Temer al mal y buscar evitarlo no es cobardía, es anticiparse, es saber que existe el riesgo que lleguen al poder incompetentes o inmorales, personas propensas al abuso, personas que buscan su bien y no el común. Temer a un futuro peor es el modo de anticiparse y evitarlo.

Vamos a decidir si Chile cambia su constitución y con ella el grueso de nuestra institucionalidad. Me parece que debemos votar con miedo. Un voto que sólo considera lo positivo que puede venir es ciego a que las cosas pueden salir mal. Un miedo racional buscar evitar que ocurra.

La constitución chilena se ha elaborado tomando en cuenta algunos problemas históricos de Chile y el mundo. Después de su etapa pinochetista, donde la constitución reflejaba el deseo de la perpetuación de quienes la escribieron (esos artículos ya fueron eliminados en democracia), la constitución actual, la constitución reconstruida en democracia, tiene numerosos artículos que buscan impedir políticas dañinas.

Si bien cabe suponer que los derechos constitucionales más básicos no deberían correr riesgo, si hay otros artículos protectores de políticas dañinas que están en riesgo.

Algunos ejemplos

Entre estas protecciones está el Banco Central autónomo, éste permite tener una política monetaria independiente del gasto del gobierno y prohíbe el financiamiento del gobierno con emisión. Esto protege a la población de la inflación que fue la norma en el mundo hasta los años 80.

De ahí en adelante si el gobierno quiere gastar tiene que tener recursos reales para hacerlo. En Venezuela y Argentina sus bancos centrales no son autónomos y tienen las dos inflaciones más altas del mundo. La autonomía del Banco Central es apoyado por la mayoría de los chilenos, pero no todos, en recientes mociones, una presentada por el senador Pizarro y otra por los senadores Elizalde, Allende y Montes se pedía autorizar el financiamiento del gobierno por parte del BC bajo circunstancias especiales.

La constitución establece que toda expropiación de bienes privados debe ser compensada con una retribución justa. Esto es esencial para la protección del los bienes de cada persona e indispensable para que se desarrollen inversiones. En el último tiempo ha habido numerosas iniciativas de ley tendientes a permitir una expropiación sin compensación apropiada.

Están los intentos por declarar el agua como bien público licitable periódicamente, con lo que la posibilidad de desarrollar agricultura en terreno propio se supedita a una decisión administrativa del gobierno de turno. También está el proyecto de ley que busca expropiar los fondos de pensiones.

La constitución impide a parlamentarios iniciativas de ley que impliquen gasto público. Esto garantiza que el gobierno pueda hacerse responsable de que el gasto público esté financiado. En el último tiempo ha habido una gran cantidad de iniciativas de ley que conllevaban gasto público que fueron vetadas por inconstitucionales.

También se establece la preponderancia de la constitución. Por eso los cambio constitucionales exigen cuórums especiales y las leyes pueden ser reclamadas ante un tribunal constitucional. La constitución se ha construido en base a un razonable temor a que prácticas demagógicas reiteren errores históricamente superados.

En caso de aprobarse el proceso de una nueva constitución, sólo entrarán en ella los artículos que tengan más de 2/3 de aprobación. Si cualquiera de los grupos que presentaron las propuestas mencionados más arriba logra un 34% de los votos, podrá sacar de la constitución la autonomía del BC, la protección a la propiedad privada, la exclusividad del ejecutivo en el gasto público o los cuórums constitucionales o cualquier artículo importante para prevenir o proteger.

Dicho de otro modo, hay un riesgo importante, no sabemos como se compondrá ni como votará la convención constituyente, de que las normas que nos protegen de errores que se cometían en el pasado, queden fuera de la constitución.
Mucha gente mira todo este proceso con la esperanza en alguna capacidad positiva y generadora de bien en la nueva constitución.
Me parece más razonable una meta más modesta, mantener la protección constitucional contra las tendencias abusivas de la clase política.

Mantener la actual constitución

Por un miedo razonable a la desaparición de esa protección que refleja el aprendizaje de décadas de historia, me parece preferible seguir con la actual constitución, esa que partió con una constitución autoritaria, que fue transformada en una democrática durante 30 años de vida democrática.

Por supuesto, si tal como ha ocurrido en el pasado, hay acuerdo mayoritario por cambios, que se sigan haciendo. Partir con una nueva constitución que surja de una convención que le de a un tercio de sus miembros la posibilidad de vetar cualquiera de los artículos protectores es un riesgo innecesario y, con bastante probabilidad, nos hará retroceder.

La discusión pública ha estado dominada por una imagen romántica y poética del cambio de constitución, “la casa común nacida en democracia”. Sabemos poco de lo que se quiere, votaremos sin saber qué viene ni qué proponen los que quieren otra constitución.

Es difícil no ser escéptico de esa inocencia que cree que todo será para mejor. Temer a ese cambio a ciegas me parece lo único racional.
Ese temor me lleva al convencimiento que la mejor opción es el rechazo.

El rechazo nos dejará con una constitución legitimada democráticamente, sin tener que pasar por el riesgo de eliminar los artículos que nos previenen de los errores dañinos del pasado.

La vida y obra de Judith Shklar, y también la historia de Chile, nos hace imposible pensar, como la gente que propone aprobar, que no hay riesgo de que Chile vaya para mal. Por miedo, creo mejor rechazar.

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