Violencia y democracia

La violencia debe ser rechazada en cada espacio de la esfera pública, desde organismos del Estado como la Convención Constitucional o el Congreso hasta las asociaciones de la sociedad civil, pasando por los gremios y organizaciones estudiantiles si se quiere preservar la libertad y dignidad de las personas.

Por:  Columnista

Señor director:

La violencia, como fenómeno, pero también como instrumento de dominación, tiene por finalidad la imposición de las valoraciones y pensamientos del victimario sobre las víctimas. En el momento que esta se constituye como el principal catalizador de los movimientos políticos radicales, el mesianismo político, junto con sus ensoñaciones revolucionarias, termina por dicotomizar radicalmente los espacios de deliberación anulando así la posibilidad de consensos libres.

Al ser la política aquella actividad de la sociedad dirigida a organizar sus diversidades necesita de un ámbito deliberativo en el que la violencia sólo representa su antítesis. Ninguna democracia liberal puede consentir y a la vez sobrevivir con el fenómeno de la violencia en el corazón de sus instituciones.

Según Hannah Arendt allí donde la violencia es “señora absoluta”, no solo callan las leyes, sino que todo y todos deben guardar silencio. A este silencio se debe que la violencia sea un fenómeno marginal a la esfera de la política, puesto que a medida que las personas somos seres políticos, estamos dotados del poder de la palabra. Es por esta razón que la violencia debe ser rechazada en cada espacio de la esfera pública, desde organismos del Estado como la Convención Constitucional o el Congreso hasta las asociaciones de la sociedad civil, pasando por los gremios y organizaciones estudiantiles si se quiere preservar la libertad y dignidad de las personas.

Martín Durán, 

Fundación para el Progreso Concepción

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