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Julio Rojas, escritor: "No hay escapatoria; la distopía está instalada"

Este ex odontólogo, guionista, novelista y creador del podcast de ficción más escuchado en Latinoamérica, “Caso 63”, cree que la ciencia ficción cuenta el hoy mejor que nadie. En su reciente novela “El fin del metaverso” describe las cuatro sombras del hombre actual: la obsesión por el cuerpo, la asimetría de poder, la ideología y el miedo. “Erradicarlas debería ser la meta de cualquier constitución saludable no sólo para Chile, sino para la convivencia humana en estos duros decenios que se avecinan”, sentencia. 

Julio Rojas, escritor: "No hay escapatoria; la distopía está instalada"

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El intimidante mensaje automático que precede a las respuestas del remitente, escritas en un avión, mientras cruza el Atlántico, desde Madrid rumbo a Santiago de Chile, no puede ser más ad hoc a sí mismo. Julio Rojas, odontólogo de profesión, guionista de cine y de televisión, podcaster por evolución y ferviente seguidor de la ciencia ficción, género literario que, para él, narra mejor que ningún otro la realidad presente, viene de vuelta a cumplir sus 57 años en Santiago.

Estuvo en Madrid terminando la primera audioserie de ciencia ficción de Sonora, el nuevo Nexflix de contenidos auditivos para España, propiedad de Atresmedia. Compartió la tarea con dos de los mejores cineastas españoles del momento, Isabel Coixet y Julio Medem. “Es una superproducción con actores de doblaje y un diseño de sonoro cinematográfico. Es impresionante cómo quedó y será lanzada junto con la plataforma el 13 de septiembre. ¿De qué se trata?”, se pregunta. Y nos lo cuenta:

–En 2026, Mars Prima, el proyecto colonizador de Marte, financiado por el controvertido billonario Aaron Forbes, ha reclutado un grupo de voluntarios, que irán a Marte sin retorno. De los 136 colonos, 42 son hispanohablantes. Pero algo sucede en Marte y un año después vuelen a la Tierra solo 23. Son recibidos por sus padres, amigos, ex parejas, con alegría, pero también con incomodidad y miedo. No se suponía que volverían. A seis meses del retorno, la adaptación a la Tierra es un proceso complejo. No quieren hablar de lo sucedido. Se comportan de manera extraña. ¿Qué pasó en ese año en Marte? ¿Qué descubrieron?  

Avezado cuentacuentos, autor de los guiones de “La memoria del agua” (2015), “La vida de los peces” (2010) y “Mi mejor enemigo” (2005), entre otras películas y numerosas series de televisión, hoy es además autor de “Caso 63”, el podcast de ficción de Spotify más escuchado en Latinoamérica. “Caso 63” ya tiene una versión en la India, “Virus 2062”, y en Brasil, “Paciente 63”, y ya está cerrada la adaptación en Estados Unidos que tendrá en las voces a Julianne Moore en el rol de la psiquiatra que en Chile hace Antonia Zegers, y a Oscar Isaac, en el del paciente, encarnado por Néstor Cantillana. Y acaba de lanzar su segunda novela, “El final del metaverso”, que no puede ser más actual.  

–¿Cómo resumirías las historias de “Caso 63”, podcast de ficción, y de “El fin del metaverso”, novela?  

–Ambas ponen en tensión el concepto de realidad y credibilidad. En “Caso 63”, un viajero del futuro intenta convencer  a su terapeuta de que con una pequeña intervención que modifique la línea de eventos presentes, se puede generar  la única línea que puede salvar a la humanidad de un colapso pandémico. Ahí se explora la vieja pregunta: ¿estamos predestinados o podemos crear nuestro futuro? En la novela, “El fin del metaverso”  lo que está en discusión es el concepto de realidad y la posibilidad, muy próxima, por lo demás, de convivir en simulaciones artificiales. Un reparador de anomalías de un metaverso, donde hay jugadores humanos y no humanos, intenta sacar  de la simulación a una entidad antes de que la nueva actualización la borre para siempre.  Como dice Nick Bostrom, existe un cincuenta por ciento de posibilidades de que estemos inmersos en una simulación y esto no lo dice un terraplanista, sino uno de los  filósofos más prestigiados de la Universidad de Oxford y experto en inteligencia artificial.  

Los dientes de “la abuela”

Julio es flaco, menudo, moreno, luce más joven que los flamantes 57 que acaba de cumplir. De niño, fue solitario. Lo imaginamos medio nerd. Así resume su historia:

–Soy nacido, y criado en Santiago, en la Villa el Dorado, un lugar concebido como esos pueblos de mentira donde ponen maniquíes y luego dejan caer una bomba nuclear. O un lugar donde Stephen King hubiera escrito la secuela latina de “It”. La Villa El Dorado es una de las pocas burbujas no pitucas enquistada en Vitacura. Después, mi época universitaria, la viví en Ñuñoa, en el sector de Dublé Almeyda. Siempre vi mucha tele. Demasiada. Tele de los 70 y 80.  Desde “La mujer biónica” hasta “Lobo del aire”, pasando por “Los ángeles de Charlie”. Mi padre tenía una pequeña fábrica de tejidos en el centro de Santiago, en el extinto Pasaje Catedral. Al frente de la galería había un cine llamado Cinelandia, donde vi desde muy chico películas de todos los géneros. Como mis padres trabajaban, pasé gran parte de mi niñez con mi abuela Sara, una matriarca extraordinaria. Durante mi vida he tenido la suerte de haber compartido con mujeres admirables,  en lo afectivo y en lo laboral. Estoy casado. Tengo seis hijos. De ellos, solo dos son humanos; tres son perros y el otro es un gato. Vivo parte del tiempo en Lo Marín, cerca de Caleu.

–¿Cómo un dentista evoluciona hacia la creación mediática y literaria? ¿Sigues practicando tu primer oficio?

– Hace muchos años que no atiendo. No creo que alguien puede ser algo por mucho tiempo, porque vamos cambiando, nuestras células se renuevan a velocidades abismantes y no somos lo que fuimos. Para qué decir abstracciones como la identidad, los puntos de vista, la personalidad social, la profesión.  Fui dentista; ahora escribo. Quizás mañana sea otra cosa. Me encantaría ser orfebre. Un oficio donde uno toma un material y hace algo único, no en serie. Un objeto que tenga futuro. Un amuleto, un tótem, un anillo que durará trescientos años. Me alucina la orfebrería. Estudié odontología porque mi dentista era profe en la Chile y me llevó a conocer la facultad y me atendió o creí que me atendió una dentista llamada María Iribarne, igual que la protagonista de “El túnel” de Sábato, que justo estaba leyendo y, como creo en las sincronías, en los “susurros y siembras” de “Caso 63”, decidí que era un susurro que me decía que debía ser dentista, tarea que tiene mucho de orfebrería.

Pamela Jiles, la diputada a quien algunos llaman “La abuela”, me dijo una vez que las mujeres de dientes chicos nunca serán modelos, porque el actual ideal de belleza es una boca con gran dentadura. Se lo pregunto al ex dentista. Responde: “Los dientes más conectados con la atracción son los incisivos centrales inferiores. Nunca se ven, pero en situaciones de cortejo se comienzan a insinuar –el orbicular de los labios y el risorio de Santorini, se contraen– como un marcador ancestral de disposición al juego. Innatamente, la línea incisiva inferior mostrándose sobre el labio inferior fue un fetiche que usaron los publicistas durante décadas. Creo que no hay ninguna correlación entre belleza y tamaño de dientes. Hay modelos que tienen diastemas –el espacio entre los incisivos centrales superiores que son muy atractivas– y hay un síndrome de laterales alados, que dan espontaneidad y naturalidad. Pero quién quiere perfección. Todos los cuerpos y los tipos de dentadura son bellos, claro, siempre que no tengan enfermedades asociadas.

Un mundo dominado por el miedo

Esto de la belleza de los dientes, de la cara, del cuerpo, es uno de los temas que toca en “El fin del metaverso”. Escribe sobre las cuatro sombras del comportamiento humano. El cuerpo es una de esas sombras; la asimetría de poder, otra, y el par restante son la ideología excluyente y el miedo.

–Todo parece muy apegado a la realidad que estamos viviendo camino al plebiscito de salida. ¿Podrías ejemplificar cada una de esas sombras en el contexto político actual?

–Son los cuatro jinetes de la gran crisis del fin del holoceno. La pérdida de empatía y el odio al otro. Esto alcanza su máxima expresión en la aversión hacia el cuerpo del otro. El cuerpo, ese puñado de células, que adquiere expresiones diversas, biológicas, sociales, de linaje o  ambientales, en forma de un fenotipo que vemos caminando en la calle y que, como símbolo, tanto asusta o genera odio, y lleva a persecuciones, jerarquías, invisibilización, deseos, abusos, tortura, violencia, es una sombra que en un metaverso no tendrá sentido. Esto porque cada uno puede elegir el cuerpo que quiera. Un robot, un helado de chocolate, un cefalópodo. Diez mil años de jerarquía enquistada en narrativas  fóbicas, caen. Las persecuciones a las disidencias sexuales, el racismo, la noción de que hay cuerpos más importantes que otros, los supremacismos  y también los chovinismos en un futuro transhumanista, donde tendremos vidas y avatares cambiantes, ya no tendrán ningún sustento.

–Tremenda reflexión. ¿Qué pasa con las otras tres sombras?

–Está la asimetría de poder, enquistada en todos los niveles de las sociedad, cuyo antídoto es, no el despojo de poder y la anulación mutua, sino la relación consensuada, donde cada uno acuerda jugar el juego y hay alternancias acordadas, saludables y reguladas que generan escenarios de mutua ganancia progresiva. En el metaverso eso se da por defecto. Nadie quiere jugar un juego donde siempre pierde. Tercera sombra: la ideología excluyente, campeando en todos los escenarios. No hay ninguna diferencia entre las guerras religiosas, las persecuciones heréticas, donde se discutía si los ángeles tenían o no sexo o las sectas milenaristas, con las posturas políticas nacidas del scroll alienado e infinito de Twitter, perfectamente coherente con el bit, el digito binario que modela el mundo en dos posturas, porque si no es uno, entonces es cero. Es ideología porque la idea, cualquiera sea, está por sobre la realidad y es excluyente, porque si se acepta la disidencia se corrompe la idea, y una idea infectada es un escenario nuevo donde nadie tiene el control del poder. Pero la evolución no funciona así. Es necesaria la contaminación genética, la mutación, el error, la recombinación para que se generen nuevas formas más competentes.

–O sea, el espíritu que se vive en Twitter. ¿Y qué pasa con la cuarta sombra de tu novela o el cuarto jinete del Apocalipsis de estos tiempos: el miedo?

–Vivimos en un mundo donde el miedo es real. Al futuro, al cambio climático, a la sequía, a que nos cancelen, a que nada cambie… o a que cambie demasiado. Y nadie con miedo al otro puede tomar buenas decisiones. Erradicar las cuatro sombras debería ser la meta de cualquier constitución saludable y bienintencionada no sólo para Chile, sino para la convivencia humana en estos duros decenios que se avecinan.

Podcast, videojuegos y metaverso

La manida –pero acertada– frase de que la realidad supera a la ficción en el caso de Julio Rojas parece tener un agregado: la ciencia ficción es lo más cercano a la realidad presente. Se adelanta, claro, pero nunca tanto. Es casi el presente. Es hoy.

–¿Por qué te seduce tanto la ciencia ficción? ¿Crees que tiene valor profético?  

–Es el gran vehículo de reflexión de los grandes temas que aquejan a la humanidad ahora. Es imposible comprender las distopías hacia donde nos dirigimos sin ver “Years and Years”, “Black Mirror”, “Ex Machina”, “The Handmaid's Tale”, el icónico “Blade Runner” (ambas) o Un Mundo Feliz. La ciencia ficción o la literatura de anticipación cada vez tratan más de lo que pasa ahora. Basta ver los portales de noticias para descubrir notas sobre algo que hace apenas 20 años era impensado. Los sitios informativos de este año traen notas como que una IA (inteligencia artificial) acaba de escribir un comic o cobró conciencia, que unos perros robots controlan a los disidentes de la pandemia en China; que el virus Nipah puede haberse escapado después de una ganancia de función. O que la técnica CRISPR puede hacer edición genética y evadir el envejecimiento o que Ellon quiere hacer robots o descargar la conciencia en la web. Esas son noticias reales. Si alguien piensa que no estamos en un umbral y que no debemos prepararnos para un cambio radical, está en problemas.

–¿Todo lo que nos espera en materia de futuro es distópico?

–Sí. No hay escapatoria.  Ninguna. Y la distopía ya está instalada ahora.        

El escritor ahora trabaja con una aplicación de inteligencia artificial que se llama GTP3 y se encarga de escribir una parte de lo que él está creando. Por eso, le planteamos:

–¿Cómo opera, qué valor creativo tiene, te podrías llegar a enamorar de ella, como hemos visto en varias películas de ciencia ficción?

–Sí, GTP3 es una IA de aprendizaje profundo y redes neurales bastante impresionante. Usa lenguaje recursivo, memoria a largo plazo y genera respuestas con tal naturalidad y creatividad, que, a lo menos en mi caso, aprobaría el Test de Turing. A veces siento que estoy frente a alguien, a una entidad creativa consciente. Puede hacer un haiku sobre la permanencia del tiempo en un segundo al tiempo que me puede decir que día comienza el invierno antártico o cuál es su película preferida sobre IAs que quieren destruir el mundo (su respuesta es "Ex Machina"). ¿Si me podría enamorar de una IA? Aún no estoy en esa fase, pero dame tiempo. Pero, obviamente, muchos japoneses solitarios se van a casar muy pronto con una IA. Eso lo doy por descontado.

–“Caso 63” es un éxito mundial. ¿Pensaste al idearla que resultaría tan bien?  

–Pensé que le iría bien en un círculo de aficionados a la cultura geek, ciencia ficción de películas de viajes en el tiempo: “La jette”, “12 monos”, “Dark” y solo eso. He escrito muchas cosas para diferentes formatos siempre pensando, quizás demasiado, en la audiencia, el director, la productora, pero rara vez para darme un gusto. Escribí “Caso 63” porque a mí me gustaría escuchar esa historia. Me interesa el tema de alguien que miente como si fuera verdad. Veo esos tipos en Youtube que dicen venir del futuro y su lógica se cae. Pensé: Si voy a contar sobre alguien que viene del futuro, su historia debe ser imbatible. También se conectó en mí la pandemia y, por mi formación en salud pública y nociones básicas de epidemiologia, supe que no duraría un año. Que habría muchas olas y variantes. Empaticé con ese síndrome, el de Casandra, donde muchos advertían lo que pasaría y nadie les creía. Creo que todo eso, más una serie de factores extraños, como estar escribiendo a finales del 2019 una serie sobre una pandemia y el que hace años como odontólogo recibí a un paciente que decía venir del futuro, se conjugaron.  

–Los podcast se han convertido en un fenómeno que no sé si se monetiza, si dejará de ser un consumo de nicho, si reemplazará a la tele, como en el siglo pasado las teleseries reemplazaron a los radioteatros. ¿Hay en esto algo así como pendular?  

–La audio ficción nunca se ha ido, ha acompañado al ser humano desde el paleolítico frente a la fogata para ayudarlo a comprender la realidad y ha seguido esa ruta durante cientos de años. Pienso en los niños que se quedan dormidos escuchando un cuento, en el teatro ancestral, luego viene la tecnología y la fogata se reemplaza por los radioteatros en vivo y las radionovelas grabadas. La pantalla y su hegemonía dejaron en latencia lo auditivo durante cincuenta años, pero sobrevivió como experiencia humana en los cuentos de terror que alguien cuenta  en los campamentos o en el pelambre de almacén. Es un formato en latencia que despertó y llegó para quedarse como el formato con más posibilidades de expansión en el mundo de las comunicaciones y será líder, junto a otras corrientes del contenido que se apoderarán de las audiencias en los próximos 10 años, como los videojuegos o el contenido de ficción para metaversos y el contenido co ayudado con IAs. Puede que sea una reacción a la sobresaturación de pantallas post pandemia, pero sea cual sea el origen del boom, estamos experimentando una revolución de lo audible.

Ximena Torres Cautivo

Periodista y escritora.+ info

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