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Ricardo Palma Salamanca: “Desde el día de mi liberación me prometí no volver al encierro”

"Decidí, en esta promesa, no cometer el más mínimo error que permitiera a mis persecutores dar con mi paradero. Fue mi mayor tesoro, nunca supieron nada de mí. Me sumergí tan profundo en los estratos de la tierra que no pudieron ver ni siquiera una huella. Dejé todo atrás, dispuesto a convertirme en un fantasma que nadie pudiera ver".

Ricardo Palma Salamanca: “Desde el día de mi liberación me prometí no volver al encierro”
Por 11 de Enero de 2019

El Comité Pro Asilo de la Familia Palma-Brzovic relanzará este sábado el libro “El Gran Rescate”, escrito por Ricardo Palma Salamanca y donde relata la fuga de la cárcel de Alta Seguridad en 1996.

La actividad, que se realizará en la Fiesta de los Abrazos, busca recaudar dinero para su defensa en la Corte de Apelaciones de París, la cual entregará el próximo 23 de enero su sentencia por la solicitud de extradición del “Negro”.

Y para la ocasión, el propio Palma Salamanca escribió un nuevo prólogo para su obra, que fue dado a conocer por La Tercera, y del que reproducimos un extracto:

“Escribí este libro después de haber sido parte de una operación de rescate. Tres personas más y yo volamos como desterrados del infierno. Cadáveres excomulgados. Retornados de la muerte, a la cual nos prometimos jamás volver. Fuera de todo orden ideológico, la cárcel es el espacio donde el hombre deja de ser hombre para convertirse en una amalgama de resistencias diarias, que va perdiendo poco a poco lo humano. Dejas la humanidad propia y te conviertes en una corteza adjetiva. Antecedente indiscutible para tratar de salvar a un hombre. Un hombre que se salva, salva a la humanidad completa. Si salvamos a los hombres, salvamos a la humanidad. La humanidad se salva por un hombre. Un hombre salvado es el epílogo de lo humano. Nos salvamos. Esto quiere decir que en un hombre habita la humanidad completa.

Mil ochocientos veinticinco días de encierro, la fuerza implacable de un Estado en contra de sus trofeos humanos, colgados en plazas públicas como ejemplos de lo que no se debía hacer. Resistimos por nosotros mismos, no por grandes causas ni cambios epocales. Resistimos porque amábamos estar vivos, a pesar del encierro. Ahí sentimos miedo, apreciamos el peor rostro de la traición. Experiencias para ver y comprender la vida desde la zona de los peligros, las ausencias y las pérdidas. Actos y promesas de una acción. Fue la época que nos tocó vivir, para muchos un espacio sin vuelta atrás. Pero el testimonio sigue acá, tan vivo como lo humano que quedó de nosotros y se potencializó en un coro de voces. La larga noche del encierro nos permitió ver con mayor intensidad la hermosa mañana de la libertad.

1996, diciembre 30. No recuerdo la hora exacta ni la temperatura del color de la luz del día. Llegó un helicóptero sobre el espacio aéreo de la Cárcel de Alta Seguridad, un delfín gigante y alado, que flotaba sobre nosotros. Esa impresión quedó grabada a fuego en mi memoria, que debe combatir con mil imágenes del pasado reciente. Épocas lejanas que la ola de la memoria comprimió en un solo proyectil de emociones.

Desde ese día, en que la vida y los hombres permitieron que el relato de mi existencia pudiera continuar, me prometí jamás volver a vivir una experiencia de esa magnitud. No fue una consigna política ni una arenga heroica, sino simplemente un compromiso con la vida de no someterla a esa oscuridad. La vida merece ser dignificada y transitada desde el respeto, éste es un valor imperativo. La oscuridad es tan brillante como la absoluta inseguridad de nuestros destinos. Desde el día de mi liberación me prometí, con una férrea voluntad, no volver al encierro. En él había dejado gran parte de mi juventud.

Mil ochocientos veinticinco días resistiendo la prepotente maquinaria de humillación de un Estado enfurecido. Decidí, en esta promesa, no cometer el más mínimo error que permitiera a mis persecutores dar con mi paradero. Fue mi mayor tesoro, nunca supieron nada de mí. Me sumergí tan profundo en los estratos de la tierra que no pudieron ver ni siquiera una huella. Dejé todo atrás, dispuesto a convertirme en un fantasma que nadie pudiera ver. Viví muchos años con la contradicción epistemológica de arrancar mi propia vida antes que retornar al encierro. Lo reflexioné en las mañanas de muchos años y nunca creí tener el valor para hacerlo. Ese tipo de experiencias me permitían afrontar los días con mayor entereza. Ver el sol cada mañana, sentir el viento sobre mi rostro o tocar la suave textura de una flor provocaban en mí un sentido absoluto. Yo estaba libre y vivo. El encierro me permitió reflexionar sobre la importancia del único valor humano en esta tierra: nosotros mismos para nosotros. Y me di cuenta de que yo era el mejor regalo de mí. Mi vida la dediqué a cuidar la vida, la mía y la de mis cercanos más próximos.

Y en este estado sublime de reconocimiento me trasladé por muchas partes del planeta, conociendo a seres increíbles. Y pude constatar que nuestro mundo es el real depositario del universo. La vida se convirtió en el más grande de mis bienes y la trashumancia una herramienta permanente. Iba en todas direcciones sin encontrar una específica, hasta que apareció en el radar la hermosa tierra prometida: México, tierra donde la imposibilidad es posible. Y ya cansado de caminar por las veredas de la tierra, asenté mi cuerpo sobre sus desiertos. Había llegado a mi hogar, al sitio del río y la evidencia de su furia.

Pero la historia vuelve como el afluente sobre sus dominios, y una mañana desperté en París, Francia, el centro de Europa, sin saber a dónde ir. La historia volvía, pero esa es otra historia. Tengan aquí pues la saga de la libertad física de cuerpos sometidos que dejaron de serlo. Una hazaña humana, simplemente”.

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