Opinión

Comparando incendios

El incendio ocurrido en diciembre en el sur despertó la solidaridad y gatilló una campaña llamada “Levantemos Castro”, pero más allá de las ayudas, el tema de fondo -al igual que en Laguna Verde- es la precariedad y el déficit de viviendas en el país. 

En Chile, viven 81.643 familias en 969 campamentos. AGENCIA UNO/ARCHIVO
En Chile, viven 81.643 familias en 969 campamentos. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Ximena Torres Cautivo

“Lucidez transitoria” le llama certeramente el psicólogo y director social del Hogar de Cristo, Paulo Egenau, al espanto ciudadano frente a la tragedia que da cuenta de la pobreza y de la desigualdad. 
Hace unos años hasta discutió en un seminario con el periodista Mirko Macari, quien, haciendo ostentación de cinismo (¿o realismo?), dijo que esa veleidad en la sensibilidad criolla era connatural al ser humano y que siempre una tragedia noticiosa iba a superar y a hacer olvidar a la anterior, y que no era tarea periodística hacerles seguimiento a esos casos. 

La lucidez frente a situaciones como la muerte de Lisette Villa, la niña que falleció bajo la protección del Sename, o la de Ámbar Cornejo, la niña asesinada por su padrastro, y que había hecho numerosas denuncias que daban cuenta del riesgo en que vivía, duran lo que marca el rating televisivo. Los posteriores desenlaces apenas suscitan el interés y a lo más sirven para hacer una nota resumen, repitiendo las imágenes más truculentas y espectaculares de la historia. 

En el caso de las tragedias masivas, como los incendios en poblaciones y campamentos, en que “el mono” en vivo “da jugo” hasta que todo se reduce a cenizas, el “seguimiento” del asunto es prácticamente inexistente. Quemado, pasado, parece ser la lógica, aunque hay más y menos énfasis y sutilezas en el tratamiento de la noticia. 

El reciente incendio en el campamento Laguna Verde, ubicado en los desérticos cerros costeros de Iquique, donde se concentra una mayoría de migrantes bolivianos, según consignó la prensa de Bolivia, dejó a más de 200 familias sin vivienda. Pese a lo impactante de la negra humareda y de la destrucción total de la precariedad en que viven esas personas, la tragedia en Laguna Verde generó menos interés que la ocurrida en diciembre en Castro, Chiloé, que destruyó 120 viviendas. Casas de mejor factura e infraestructura que las precarias construcciones del campamento nortino, sector de difícil acceso y prácticamente sin servicios básicos. El incendio ocurrido en diciembre en el sur despertó incluso la solidaridad y gatilló una campaña llamada “Levantemos Castro”, pero más allá de las ayudas, el tema de fondo en ambos casos revela la precariedad y el déficit de viviendas en el país. 

En Chile viven 81.643 familias en 969 campamentos, según el Catastro Nacional de Campamentos hecho por Techo y Fundación Vivienda en 2021. La migración irregular en el Norte Grande los ha incrementado, porque los extranjeros que llegan necesitan un techo, por precario que sea. Cualquiera que haya andado recientemente por esos resecos parajes, por esa ciudad que recuerda una guerra ganada en su hermosa calle Baquedano y en las del centro histórico, es un abarrotamiento de improvisación urbana y habitacional. Y ni hablar del enorme Alto Hospicio, donde se fueron a instalar en la generalizada modalidad de “tomas” desde hace décadas y que sigue vigente en todo su entorno, los que no cabían en Iquique, la urbe con las viviendas nuevas más caras del país. 

Si el nuevo gobierno asumiera una tarea en serio, una sola, la de la vivienda, y no reaccionara como lo hace la ciudadanía acicateada por la prensa frente a las tragedias sucesivas, como la de Laguna Verde, con iniciativas parche, reemplazaríamos esa inútil lucidez transitoria por la dignidad permanente que otorga contar con una vivienda y una ciudad humana para todos.  
 

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