Opinión

Cumbre democrática

Más allá de la cumbre misma y de sus resultados directos, importa que los ciudadanos tomemos conciencia de lo que significa e implica una democracia. La crisis de representatividad que estamos viviendo en Chile y en buena parte del mundo, es una oportunidad para reformar, adaptar y cambiar los aspectos deficientes del sistema.

Esta cumbre, organizada por Biden, será la primera de dos y 110 países han sido invitados, entre los cuales se encuentra Chile. TWITTER/THEWHITEHOUSE
Esta cumbre, organizada por Biden, será la primera de dos y 110 países han sido invitados, entre los cuales se encuentra Chile. TWITTER/THEWHITEHOUSE
Por:  Juan Pablo Glasinovic

El próximo 9 y 10 de diciembre, convocada por Estados Unidos, se realizará una cumbre mundial por la democracia, en formato virtual. Este encuentro fue un temprano anuncio del presidente Biden, ya durante su campaña y que se explicitó en febrero de este año. Su origen, aparte de las propias convicciones de Biden, está en la propia inédita crisis que experimentó y sigue experimentando Estados Unidos con una sociedad en extremo polarizada y con un presidente – Trump – que no quiso reconocer su derrota e incluso procuró torcer el resultado. A esto se suma una serie de episodios de intervenciones externas encubiertas contra el sistema democrático estadounidense, así como contra otros países, para intentar incidir en los resultados, básicamente mediante la manipulación informativa.

Esta cumbre será la primera de dos y 110 países han sido invitados, entre los cuales se encuentra Chile. Nuestra concurrencia será en el medio de una polarizada y decisiva campaña de segunda vuelta presidencial, que mucho dirá sobre nuestro derrotero democrático futuro.

La convocatoria parte de la premisa que la democracia y los derechos humanos están amenazados en todo el mundo. Los sistemas democráticos se enfrentan a graves desafíos desde dentro y fuera de sus fronteras. La desconfianza de los ciudadanos y la incapacidad de los gobiernos para lograr un progreso económico y político equitativo y sostenible han alimentado la polarización política y el ascenso de líderes que están socavando las normas e instituciones democráticas. En todo el mundo, la escasa capacidad del Estado, el tenue estado de derecho, la gran desigualdad y la corrupción siguen erosionando la democracia. Al mismo tiempo, los líderes autoritarios traspasan las fronteras para socavar las democracias -desde la persecución de periodistas y defensores de los derechos humanos hasta la injerencia en las elecciones-, al tiempo que siembran la desinformación para afirmar que su modelo es mejor para los ciudadanos. Los actores hostiles exacerban estas tendencias manipulando cada vez más la información digital y difundiendo desinformación para debilitar la cohesión democrática.

Ante ese complejo panorama, ratificado por distintos índices y encuestas que muestran el ascenso de regímenes autoritarios e híbridos (tienen algunas características democráticas como elecciones regulares, pero no se dan las premisas para una real competencia y van perdiendo libertad), y el decaimiento de los regímenes democráticos, la administración Biden-Harris se ha propuesto levantar una bandera que estiman es consustancial a la identidad de su país, como es la democracia, y que consideran que es el único sistema de gobierno que puede conciliar la libertad y dignidad de las personas con el desarrollo de sus sociedades. Esto además en el contexto de un cambio de era, en una transición hacia un nuevo sistema internacional y bajo la amenaza de una gran crisis ambiental.

El presidente Biden estima que la humanidad vive una encrucijada histórica y que su derrotero dependerá en buena medida de la forma de gobierno que predomine. Si es la democracia y todos los valores que la sustentan, hay espacio para la inclusión y la cohesión de las sociedades, con cambios graduales pactados por mayorías. Al contrario, los regímenes autoritarios y totalitarios solo responden a los intereses de quienes gobiernan.

En buena parte a partir de esta condición, Biden quiere recuperar el liderazgo de Estados Unidos fundado en un sustento valórico, como lo fue durante la Guerra Fría. Consciente de que está perdiendo terreno frente a China en materia económica y tecnológica, espera retener el elemento de legitimidad internacional que le otorga la democracia, lo que sigue siendo un gran factor movilizador y aglutinador en materia de alianzas internacionales.

Los temas de la próxima conferencia son: a) La defensa contra el autoritarismo, b) la lucha contra la corrupción y c) la promoción y respeto de los Derechos Humanos.

El anfitrión quiere que esta instancia, que congregará a representantes gubernamentales y de la sociedad civil, genere frutos concretos. Esto se obtendría a través del anuncio de acciones y compromisos específicos para llevar a cabo reformas internas significativas e iniciativas internacionales que promuevan los objetivos de la cumbre. Esto es sin duda lo más complejo. ¿Qué nivel de exigibilidad y qué tipo de seguimiento se dará a los anuncios que allí se hagan? Considerando el número y diversidad de participantes, lo más realista es que se adopten lineamientos generales, los que eventualmente podrían ser posteriormente implementados a nivel individual. Por eso desde ya se han considerado al menos dos cumbres y la participación de entidades de la sociedad civil, de manera de presionar a las partes a demostrar avances concretos.

Sin perjuicio del evidente riesgo de que la conferencia se quede en simples declaraciones, comparto el propósito del presidente Biden, considerando la actual coyuntura. Creo que es oportuno y necesario establecer un diálogo institucional específico entre las democracias, al menos para hacer frente a una multiplicidad de los actuales desafíos, muchos de ellos nuevos en su naturaleza o de una intensidad mucho mayor. Si los gobiernos autoritarios se coordinan para protegerse y destruir o debilitar a los regímenes democráticos, ¿por qué no deben hacerlo los gobiernos democráticos? Además, y cómo ya se manifestara, la magnitud de lo que está en juego impone apoyarse. El tipo de gobernanza es decisivo y repercute en una multiplicidad de temas que inciden directamente en la calidad de vida de las personas, su nivel de libertad y la paz social.

Algunos podrán cuestionar que se cree un foro ad- hoc para esto y que podría haberse aprovechado otra organización como la propia Naciones Unidas. Acá la respuesta es evidente: Estados Unidos quiere arrogarse el liderazgo en esta materia y es el convocante. Eso le permite invitar a discreción, lo que no podría suceder en otro foro. Cuba, Nicaragua y Venezuela no fueron invitados evidentemente.

Más allá de la cumbre misma y de sus resultados directos, importa que los ciudadanos tomemos conciencia de lo que significa e implica una democracia. La crisis de representatividad que estamos viviendo en Chile y en buena parte del mundo, es una oportunidad para reformar, adaptar y cambiar los aspectos deficientes del sistema. Y para que el sistema sea viable, la participación es esencial y debe crecer. Por eso no hay que tenerle miedo a abrir más canales ciudadanos y debe aprovecharse la tecnología y las redes sociales para complementar otras instancias más tradicionales. Es indicativo que el partido con más militantes actualmente en nuestro país se haya formado y se coordine principalmente a través de Facebook, y que un candidato presidencial salió tercero sin participación presencial en la campaña. Son casos al menos para estudiar.

Finalmente y para concluir, estoy convencido de que el reencantamiento con la democracia y su recuperación vendrá principalmente de la mano de los gobiernos locales. Es ahí donde las personas tienen menos distancia con la autoridad y tienen la capacidad más inmediata y tangible de evaluar su desempeño y de incidir en su curso. En tiempos de gran incertidumbre como el actual, concentrarse en el buen gobierno local puede ser la ruta lógica para aspirar a tener instituciones nacionales más probas, representativas, eficaces y eficientes.

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