Opinión

Decencia

Soñar con una transformación - ojalá rápida - para elevar nuestro estatus al nivel de los países que se rigen por la decencia básica es lo máximo que puedo anhelar. Entendiendo que la decencia es una obligación hacia los demás y la exigencia hacia los demás de ser decentes es un derecho.

Creo que para ello se necesita un nuevo, fresco, joven plantel de educadores que no solo influencien a la juventud sino también a los padres, a los apoderados. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Creo que para ello se necesita un nuevo, fresco, joven plantel de educadores que no solo influencien a la juventud sino también a los padres, a los apoderados. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Tomás Szasz

Una sociedad cuyas bases descansan sobre algo que podemos llamar decencia básica, es una sociedad sana, generalmente desarrollada o en vías de franco desarrollo.

¿A qué me refiero con la expresión “decencia básica”? A la intención o más bien la convicción del individuo de una sociedad que debe proceder en todos sus actos de la vida de manera decente. Eso significa que todas y todos consideran no solo normal, sino moralmente obligatorio que proceder de forma correcta, sin pretender engañar, entrampar a, o aprovecharse de otras personas, empresas o instituciones, es una cosa absolutamente natural e indiscutida.

Estas no escritas normas son producto de una larga tradición cultural, de un reconocimiento lógico de que ese proceder hace segura y simple la vida en general, que crea confianza en las otras personas, instituciones, empresas y autoridades. La decencia básica significa simplemente cumplir con lo convenido o prometido sin ambigüedades y sin cambiar las reglas del acuerdo al que se llegó. Así es la vida, el proceder; en una palabra la sociedad en países donde esa decencia básica prevalece. Claro que siempre hay excepciones; pero son excepciones, no reglas y generan consecuencias negativas para aquellas personas que infringen esa decencia básica.

Si yo te vendo un servicio a un valor de 500 Euros a entregar en 10 días, por la no escrita ley de decencia básica, te entregará el servicio en 10 días, tú me pagarás 500 Euros y todos satisfechos, ni siquiera agradecidos más allá de la cortesía, porque la transacción se desarrolló en forma normal, prevista y – repito – de acuerdo a la decencia básica. No es excepción: es la regla.

¿Dónde y por qué fallan las sociedades, los países como el nuestro? ¿Por qué seguimos estancados en los distintos grados de pantanos en los que nos encontramos, principalmente en Latinoamérica, y por qué no podemos salir de ellos? Por esta maldita diferencia cultural que existe entre la decencia básica y la indecencia tolerada. Por esa tácita aceptación, esa idea preconcebida de que la decencia es necesaria hasta ahí nomás; que la indecencia, el incumplimiento, la mentira, la excusa es aceptable cuando la persona quien los usa, lo hace por necesidad, o simplemente puede y decide hacerlo.

Nuestra vida está sujeta a la incertidumbre: nunca o muy pocas veces tenemos la absoluta certeza de que los compromisos u obligaciones que otras personas, las autoridades o el propio Estado confirmó y aseveró vayan a cumplirse, ya sea parcial o totalmente. Y este hecho lo tenemos aceptado, es parte de nuestras costumbres, cultura y tradición. Y la mayoría piensa igual respecto a las promesas y obligaciones que contrajo con los demás. Quid pro quo: me pueden engañar y yo también puedo hacerlo. Las promesas vanas, las obligaciones contraídas pero incumplidas, las mentiras y excusas que las siguen parecen ser un derecho natural. Y eso se llama indecencia, se llama corrupción (porque corrompe la relación entre los seres) y nos tiene atrapados en la mediocridad o algo peor.

Duele constatar que mientras los países “decentes” avanzan hacia una plenitud y felicidad, los nuestros no solo empeoran sino se transforman con cada vez más frecuencia en sociedades donde ya ni siquiera ese dejo de decencia importa. Más aún: ya la indecencia solo existe en los mandos, pues el pueblo en esos países solo trata de sobrevivir en una existencia gris y sin esperanzas.

¿Cómo podemos revertir todo esto? ¿Cómo podemos inculcarles, hacerles comprender, entusiasmar a las nuevas generaciones que la corrección, la decencia, el cumplimiento de lo acordado, el respeto al compromiso y a las otras personas forman una sociedad sana? ¿Tenemos acaso educadores capacitados en esa gigantesca tarea? ¿Tenemos maestros, profesores convencidos sobre esa verdad? ¿La verdad de la decencia?

Creo que lo básico es empezar desde abajo. Desde cero. Lo imprescindible sería tomar más un compromiso que una decisión que a partir de este momento la educación se basará en la honestidad. Que la decencia es una obligación hacia los demás y la exigencia hacia los demás de ser decentes es un derecho. Creo que para ello se necesita un nuevo, fresco, joven plantel de educadores que no solo influencien a la juventud sino también a los padres, a los “apoderados”.

Soñar no cuesta nada. Soñar con una transformación – ojalá rápida – para elevar nuestro estatus al nivel de los países que se rigen por la decencia básica es lo máximo que puedo anhelar. De pertenecer a esas sociedades en vez de ser lo que somos y de lo que estamos rodeados.

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