Opinión

Día de la Matrona: cuánto hemos aprendido en este tiempo

La pandemia nos ha demostrado la necesidad de una salud pública universal que garantice a toda la población las mejores condiciones para recuperar su salud y la necesidad de un pacto social que ponga a la salud como pilar principal del progreso, invirtiendo con convicción en la equidad, porque hoy ha demostrado que es el único camino para llegar a tiempo.

"Como profesionales de salud hemos aprendido desde una trinchera impensada, con turnos eternos y precariedad de insumos". AGENCIA UNO/ARCHIVO
"Como profesionales de salud hemos aprendido desde una trinchera impensada, con turnos eternos y precariedad de insumos". AGENCIA UNO/ARCHIVO
Por:  Marcela Puentes

En la conmemoración del Día Internacional de la Matrona/ón es necesario reflexionar sobre lo aprendido a fuego este tiempo de pandemia. Desde hace un año y medio estamos viviendo momentos de incertidumbre, temor, soledad y desequilibrio corporal, psíquico y emocional. Nuestras vidas se han adaptado a condiciones que nunca pensamos, no sólo ligada a la enfermedad, sino a la precariedad de las economías familiares y la desprotección en el empleo. Salió a la luz una desigualdad indignante, que mostró el patio trasero de un país que se creía pujante. Esa realidad de pobreza que la élite no quería ver, el desamparo que se maquilló por años, que se disfrazó y ocultó en las tarjetas con intereses desmedidos, que se ocuparon para comprar mercadería, el pan de la mañana y la ilusión del acceso a los bienes, que con la crisis se fracturó y desmoronó por completo.

Como profesionales de salud hemos aprendido desde una trinchera impensada, con turnos eternos, precariedad de insumos y con el consiguiente “arréglatelas como puedas” contra un virus que recién está mostrando su real cara.

La primera realidad a la que nos vimos enfrentadas/os fue a la ocupación de protecciones personales, en donde el personal de salud debió ocultar sus rostros, sus ropas, cambiarlas entre usuaria y usuario en un ritual infinito que también ocultaba su temor y su propio dolor.

Aprendimos de la peor manera que nuestra mirada, nuestra sonrisa y voz son fundamentales para la atención integral. Muchas/os reconocieron que quien era atendido necesitaba ver un rostro humano detrás del disfraz, de la mascarilla y el escudo facial que los separaba. Intentamos de manera novedosa y sensible romper esa brecha en la atención, usando una foto que visibilizara quien estaba detrás de todo ese ropaje.

Entendimos que la vida y la enfermedad no depende exclusivamente de nuestras manos, intelecto, procedimientos y tecnología, muchas veces esta batalla se pierde indistintamente del esfuerzo realizado, de la tecnología utilizada y cariño entregado.

Comprendimos algo fundamental, que estaba siempre ahí, pero no todos alcanzaban a ver. Frente a nuestros ojos no tenemos pacientes, que esperan sin nombre e identidad, un número o un caso, en frente tenemos a personas con toda la complejidad y maravillosa individualidad que eso involucra, que era necesario reconocerles por su nombre, su historia y su propio valor.

También vivenciamos la importancia del amor de sus familias y también de nosotros, que los esfuerzos de tantas/os compañeras/os por acercar a las/os enfermos a sus hogares, eran tanto o más importantes como la mejor medicina. Reconocimos también que en tiempos de incertidumbre y aislamientos es fundamental la comunicación con las familias de las/os afectadas/os, que son ellas/os quienes viven la desesperación de no poder estar al lado de su ser querido y que el encierro en sus hogares sin información permanente es un calvario. Por eso no sólo nuestro esfuerzo se agradece, sino que amaina el vacío de la lejanía, del espacio en la mesa, de la duda acerca de si se podrán reencontrar nuevamente.

Otro aprendizaje que nos remeció fue la imposibilidad de tocar, abrazar y apapachar. Para muchos ha sido la peor de las ausencias. Hemos reconocido su relevancia para la vida, para el alma y el cuerpo, la necesidad vital de su cuota para sentirnos acompañadas/os y contenidas/os, entendiendo que la piel y el tacto son parte fundamental de la interacción del amor con otras/os. No sanan sólo las almas sino también el cuerpo, valoramos cómo el abrazo conecta nuestros corazones como nunca.

La pandemia nos permitió rehumanizarnos, entendiendo que el valorar a las personas es primordial para su recuperación, que mientras el sufrimiento del otro/a nos conmueva estamos en buen camino, mientras los ojos se nos humedezcan cuando sanan o ya no pueden más y dejan la vida, lo hemos comprendido todo.

También hemos aprendido mucho de la muerte, ese paso natural e inevitable que acompaña a la vida como una amalgama inseparable de la que nos cuesta hablar. Pensamos ingenuamente que a nosotros no nos pasará, que somos inmunes a ella. Que no llegará a nuestra puerta. Esta enfermedad nos ha dicho lo contrario, que todas/os estamos en riesgo, no sabemos cómo nos pegará, por más que nos cuidemos no hay certeza que no nos toque, por eso debemos decir mil veces “te quiero” por si mañana no estamos. Es probable que nunca estemos preparadas/os para la muerte, pero es bueno que tengamos un banco de cariño y buenos recuerdos que nos acompañen en momentos de pena y dolor en la pérdida de quienes amamos.

Además, nos ha demostrado la necesidad de una salud pública universal que garantice a toda la población las mejores condiciones para recuperar su salud y la necesidad de un pacto social que ponga a la salud como pilar principal del progreso, invirtiendo con convicción en la equidad, porque hoy ha demostrado que es el único camino para llegar a tiempo.

Las matronas/es hemos vivenciado, en primera persona, lo fundamental que es que el parto sea acompañado, que la mujer no puede estar sola en un momento tan trascendente, que el apego y colecho es primordial para la madre y su recién nacida/o. Cuando se les separó por temor al COVID, el dolor y la angustia les nublaron sus mundos. La lactancia materna exclusiva no sólo nutre el cuerpo, sino que el alma de ambos, y el cuidado cariñoso en esos primeros momentos es esencial. Intentar imaginar cómo nos hubiese gustado que atendieran a nuestras propias madres es una buena referencia.

Por eso, todo lo aprendido en este tiempo, debe ser la fuerza que siga movilizando a muchas y muchos para que todo lo recorrido, todo lo vivido no sea olvidado, sino que se convierta en la piedra angular de una salud de calidad, centrada en las personas, equitativa y, sobre todo, cada vez más cercana y humana.

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