Opinión

Efectos del plebiscito chileno en América Latina

Aunque la mayoría de los chilenos no pretendemos ser ejemplo para nadie, es innegable que, en la coyuntura latinoamericana actual, se seguía con mucho interés lo que estaba pasando en nuestro país.

Volviendo al contexto general, el apabullante triunfo del rechazo introduce varias interrogantes, especialmente para la izquierda latinoamericana con directa incidencia en la gobernanza. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Volviendo al contexto general, el apabullante triunfo del rechazo introduce varias interrogantes, especialmente para la izquierda latinoamericana con directa incidencia en la gobernanza. AGENCIA UNO/ARCHIVO

El macizo resultado del domingo pasado no solo ha tenido efectos sísmicos en Chile, también ha tenido un fuerte impacto en el exterior y particularmente en nuestra región de América Latina. Aunque la mayoría de los chilenos no pretendemos ser ejemplo para nadie, es innegable que, en la coyuntura latinoamericana actual, se seguía con mucho interés lo que estaba pasando en nuestro país.

Esa coyuntura se caracteriza por una revitalización de la izquierda, la cual copa buena parte de los gobiernos de la región, y que ha manifestado su voluntad de hacer cambios estructurales. Por ende, la consecución de estas transformaciones en un país (y que mejor que partir por una constitución), será un aliciente para lo otros, con una suerte de efecto dominó.

Entendiendo que seguirá abierta la discusión y análisis de lo que sucedió, especialmente porque estamos a una semana de su ocurrencia, es posible sin embargo extraer ciertas observaciones y conclusiones en relación con nuestra región, que corresponden naturalmente a mi visión personal.

En primer lugar, dos de nuestros tres vecinos, sin duda que respiraron aliviados. En el caso de Argentina, se publicó en el diario La Nación (uno de los principales medios nacionales) una columna del senador Miguel Ángel Pichetto, quien fuera compañero de lista de Mauricio Macri en las últimas elecciones presidenciales, y de Patricia Bullrich, líder opositora y probable candidata presidencial, ambos expresando su satisfacción por el triunfo del rechazo, al mismo tiempo que su preocupación por la alternativa del apruebo, especialmente en lo que se refería al plurinacionalismo y su derivada de autonomía indígena, la que derechamente consideraban una amenaza no solo para la relación bilateral, también para la integridad territorial argentina.

En el caso de Perú, buena parte del espectro político también respiró aliviado, y uno de los periódicos locales, Perú 21, puso de portada “Chile le hizo el pare al comunismo” (seguramente escucharon la majadera consigna del presidente del Partido Comunista Guillermo Teillier, de que el plebiscito para ellos era “la madre de todas las batallas”). Con la estruendosa derrota de la propuesta constitucional, al menos por un tiempo y según esos sectores, se le pone una lápida a la posibilidad de replicar el ejercicio chileno. Ello fue levantado al inicio de su gobierno por el presidente Castillo, pero sin éxito, y de haber triunfado el apruebo hubiera quizá revitalizado esa demanda, funcional además para salir del paso de su complejo escenario político y judicial.

En Bolivia, el ex presidente y fallido dictador Evo Morales, lamentó profundamente el resultado, tanto por su sesgo ideológico, como porque se frustraba una posibilidad de acceder al océano Pacífico redibujando la geopolítica, precisamente por las autonomías territoriales indígenas, que abrían la puerta para una “aymarización” de parte del litoral norte. Recordemos que Morales creó una confederación de pueblo indígenas de América del Sur denominada RUNASUR, cuyo propósito declarado es romper los moldes nacionales para unir a los pueblos originarios. Antes intentó hacer una reunión estratégica en Cusco, a la que 11 ex cancilleres y vice cancilleres peruanos rechazaron con una carta abierta, por “amenazar la soberanía del país”, obligando al presidente Castillo finalmente a objetar la sede. Con esto se cae su estrategia indigenista vecinal (sin perjuicio de que persistirá en el intento).

En Brasil, el resultado ha sido una inyección de optimismo para la candidatura de Bolsonaro, que aunque sigue entre 10 y 12 puntos debajo de Lula, con esto confía en la posibilidad de una ofensiva contracultural y que triunfe el silencioso “Brasil profundo” (que asume votaría por él). Para Lula, el más probable vencedor, la derrota del apruebo y por lo tanto de la izquierda, introduce al menos un factor de ansiedad y surge el cuestionamiento de si son válidas y vigentes las principales banderas de la izquierda latinoamericana actual.

En el caso de Ecuador, la postura de muchos analistas y columnistas ha sido de que Chile evitó sabiamente entrar en una dinámica similar a la suya, que a su juicio ha sido desastrosa, especialmente por la permanente inestabilidad política en la que viven (recordemos que Ecuador y Bolivia tienen constituciones inspiradas en la carta fundamental chavista y con la consagración del plurinacionalismo).

Respecto de Colombia, tenemos el lamentable episodio del tweet del presidente Gustavo Petro, con la lacónica expresión “revivió Pinochet” al conocer los resultados, lo que constituye una ofensa para todos los chilenos y especialmente para los que votamos. Pero más allá de eso, el tweet refleja una visión de la izquierda latinoamericana, que se siente la legítima representante de la gran mayoría de la sociedad y por lo mismo, que está llamada a hacer profundas reformas. Y esa visión sufrió un quiebre en Chile o al menos una fisura importante.

Finalmente, y para cerrar el comentario por países, en Venezuela el dictador Maduro junto con lamentar el resultado, dijo que si el gobierno chileno se hubiera manejado de otra manera, hubiera triunfado. Por supuesto se refería a la manera chavista, esto es controlando toda la institucionalidad, incluyendo los órganos que rigen los procesos eleccionarios.

Volviendo al contexto general, el apabullante triunfo del rechazo introduce varias interrogantes, especialmente para la izquierda latinoamericana con directa incidencia en la gobernanza. En primer lugar, dejaría en evidencia que esta no está leyendo bien a la sociedad y que su supuesta representatividad supramayoritaria no sería tal. Esto se puede apreciar por ejemplo respecto de las identidades particulares, que ha sido una de las banderas que ha tomado con fuerza la izquierda actual (de género, étnicas, cultural, etc.). La propuesta constitucional que se rechazó tenía un componente identitario particular muy fuerte, anteponiéndolo al conjunto. Su derrota indica que, sin perjuicio de proteger la posibilidad de desarrollar estas identidades, deben estar supeditadas a conceptos y categorías mayores como la nación. Además, quedaría en evidencia que la ideología del indigenismo no comulgaría con la voluntad mayoritaria, entendiendo que somos sociedades profundamente mestizas que no queremos avanzar en esquemas estancos y excluyentes.

La desconexión con la voluntad mayoritaria quedó en brutal evidencia con los comentarios de muchos, incluyendo connotados políticos en las redes sociales en Chile, describiendo a los chilenos como “serviles”, “ignorantes”, etc, por haber rechazado la “oportunidad de mejorar sus vidas”. Hay acá una violenta paradoja de una izquierda que se dice comprometida con la democracia, pero que en definitiva no cree en el pueblo democrático.

Otro tema que hay que observar con atención, especialmente por la izquierda, es el de la violencia política. Lamentablemente, para grupos importantes de la izquierda chilena, esta es un medio válido. El problema es que una vez practicada y alentada, es muy difícil de extirpar y se extiende a otros ámbitos, como lo estamos viendo. Aparte de ser absolutamente contraria a la democracia, es uno de los factores que explicaría el triunfo del rechazo. La gente está harta de la violencia. Por lo tanto, si el gobierno de Boric no asume como corresponde esta dimensión con todo el rigor del Estado de Derecho y con firme voluntad política, seguirá pagando costos y sus fuerzas podrían tener una estruendosa derrota en las próximas elecciones.

Entonces, una lección de lo que ocurrió para la región es que la seguridad es una función primordial del Estado, que posibilita todo lo demás y ahí la izquierda tiene una ambivalencia no resuelta. Esa indecisión será cada vez más resentida en un continente que es de los más violentos del mundo y que hace ilusorio cualquier otro derecho si no se puede vivir en paz y sin temer por su integridad.

Otra derivada, y la última para no extenderme más, tiene que ver con la tradicional postura de izquierda de consagrar derechos y asegurar más recursos para los más desfavorecidos, pero sin asegurar la mayoría de las veces un ambiente propicio para el crecimiento económico. En esta propuesta constitucional como nunca se garantizaban derechos sociales, pero al mismo tiempo se limitaba severamente el rol privado en la economía y la gente parece indicar que sí quiere más derechos, pero en forma real y sostenible. Así como en materia de seguridad, la izquierda regional debe reflexionar sobre esta cuestión y entender que no hay redistribución viable ni progreso social sin un vigoroso crecimiento económico. Por eso el tema no debe ser visto como incompatible en sus programas de gobierno.

El gran desafío en estos tiempos turbulentos es interpretar, por la clase política, lo que anhela cada sociedad. El domingo 4 de septiembre, el Pueblo de Chile envió un potente mensaje. Hay que analizarlo con cuidado y traducirlo a un curso de acción. No me cabe duda que varios actores y gobiernos de la región ya tomaron nota de esto y seguirán pendientes de lo que ocurra en este Finisterre.
 

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